Resulta complicado imaginar cómo era la vida en este mundo traidor antes de que cada cual tuviera su cristal de color con el que mirarlo.

De lo que sí estamos seguros es que, si algo hemos aprendido de la humanidad a lo ancho de los últimos siglos, es que no hemos aprendido nada. La cosa sigue donde la dejamos y a golpe de caricia vemos que el hombre sigue siendo capaz de lo mejor y de lo peor. Incluso nuestro país se ha convertido en un lugar irritante en el que cada vez que clamamos por la libertad y la tolerancia, vienen otros a pedir lo mismo pero para ellos, y esto se convierte en un sinvivir. ¿Acaso no saben los demás que están equivocados? Sí, lo están, porque si tuvieran razón, toda la razón para ser exactos,  pedirían lo mismo que nosotros. Pero no.

Esta contradictoria dualidad del genio humano la encontramos a cada paso, como las puertas, ese gran invento que nos permite atravesar con inusitada comodidad los muros más gruesos. Las puertas poseen en su simplicidad aparente tanta grandeza creativa que lo mismo sirven para entrar que para salir, para recibir que para expulsar, lo que siempre fue una colosal hazaña hasta que a un amargado se le ocurrió aquello de inventar la cerradura, y desde entonces nada ha sido igual, reconozcámoslo. Se ha perdido el decoro y la educación de llamar antes de entrar, de dejar salir y de escuchar a través de ella. A cambio podemos mirar por la cerradura, es cierto, y el placer que ello provoca nos compensa solo a veces. De algún modo agacharse y cerrar un ojo para mirar a través del demoníaco hueco en el que se mete la llave es mucho más gratificante por pérfido que abrirla de par en par y encontrarnos el pastel. Desde que el hombre ha creído que los grandes problemas se solucionan dando un portazo, poco hemos avanzado y darle con la puerta en las narices a alguien nunca ha arreglado nada, los conflictos se enquistan y agrandan tanto que solucionarlos es como querer ponerle puertas al campo, esa manera tramposa que tenemos para hacer desaparecer las complicaciones por la puerta de atrás.

En lo bueno y en lo malo, pocas cosas se asemejan más a una puerta que un libro, incluso uno bueno. La atracción que nos provoca a simple vista ciertos ejemplares solo es comparable al de una puerta cerrada cuando nos preguntamos morbosos qué habrá detrás. Lo miramos con curiosidad perversa tratando de descubrir qué esconde, levantando con cuidado su tapa igual que abrimos una rendija en una puerta tratando de percibir un primer olor, una primera luz, unas primeras formas sin sentido aparente. Y entonces volvemos a cerrar acelerados para regresar a él poco después más decididos, con la satisfacción de meternos donde no nos llaman. Las puertas, como los libros, están para ser cerradas o no existirían, ocultando de este modo la necesidad humana por descubrir cuanto se oculta al otro lado. Por ello resulta tan importante saber dónde está ese otro lado, que es lo mismo que decir quién pretende entrar y quién impedir que lo hagamos.

En los libros se entra igual que lo hacen los amantes en un dormitorio, sin llamar, con las luces apagadas, sin explicaciones innecesarias porque ya no hay marcha atrás. Desde ese momento formamos parte de su historia, miramos a los personajes cara a cara, los escuchamos como quieren ser escuchados y nos dolemos con ellos. Entramos en un libro como los padres en la habitación del hijo que duerme, procurando no hacer ruido, vigilando que todo esté en su sitio, que sigue ahí ocupando nuestro lugar. Entrar a través de la puerta de un libro es, en fin, salir por esa otra que no está escrita, la de nuestros días, la del libro de nuestra vida. Todo libro tiene su entrada, su recibidor con perchero donde dejar lo que nos viste, sus baldosas sueltas o el entarimado que chirría, y un largo pasillo con puertas, ¡más puertas!, a cada lado, diseñado para recorrerlo con la esperanza del miedo a no encontrar lo que no fuimos a buscar. Levantamos así la tapa y nos adentramos en sus entrañas allanando la escritura donde mora el fantasma de su autor cuidando de no despertarle, asomándonos obscenos a su intimidad, a sus inseguridades, a su temor a no ser temido. Abrir la tapa de un libro es derribar la última puerta de nuestra alma, la que nos pide que no lo hagamos, abrimos ese libro y ante nosotros nos encontraremos a nosotros mismos intentando abrir esa misma puerta desde el otro lado.

El teatro aguardaba expectante a que se levantara el telón y, al hacerlo, descubrió que al otro lado había un teatro que aguardaba expectante a que se levantara el telón

La otra puerta, la que se cierra, suena cuando el libro termina de escribirse, es el sonido del autor en su inconsciencia que cierra con llave por fuera mientras aguarda que unos nudillos golpeen la cubierta con la cena en la mesa, las sábanas estiradas y la música sonando.

Entonces ocurre:

-¿Quién es?,- pregunta el autor.

-Soy tú.

Y así siempre.

Iván Robledo

Gracias por comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: