El comisario Kostas Jaritos y su mujer, Adrianí, han viajado hasta Estambul con la idea de descansar unos días y mitigar algunos de sus problemas cotidianos.

Entre ellos, ocupa un lugar preeminente el matrimonio civil de su hija Katerina, cuya negativa a casarse por la iglesia, a la manera tradicional, no abandona en ningún momento el pensamiento de su padre y, mucho menos, el de su ofendida y temperamental madre. Las relaciones entre los miembros del grupo griego que comparte visitas, autocar y hotel, tampoco ayudan a que la estancia sea idílica. Pero todo puede empeorar: entre visitas a catedrales, mezquitas, tiendas y mucha, mucha comida local, Jaritos traba contacto casual con el escritor Markos Vasiliadis; ello lo lleva a embarcarse en la búsqueda de una anciana dama, María Jambu, la que fuera aya de la familia de Vasiliadis. Poco más se sabe de la señora, aparte de su viaje a Estambul desde la zona rural en la que habían transcurrido los últimos años de su vida. Lo que parece inicialmente un simple caso de desaparición, se complica con el hallazgo del primero de una serie de cadáveres, griegos unos, otros turcos, que trastocará los días de ocio de Jaritos para transformarlos en una desafiante, y a ratos gravosa, colaboración con las fuerzas turcas de la ley.

Como el lector sabrá, Muerte en Estambul no es la primera de las novelas protagonizadas por el comisario Jaritos. La serie, que arrancara en 1995 con Noticias de la noche, llega hasta 2016 y, por el momento, para regocijo de los seguidores de Márkaris, no está a la vista la jubilación de su irónico, tierno y muy humano protagonista.

 

Entre los elementos más interesantes de la obra, se encuentra la necesidad, propia de la novela negra, de plasmar la realidad social de las circunstancias de los personajes; en el caso de Muerte en Estambul, parece cumplirla con pasmosa facilidad. Así, encontramos multitud de escenas perfectamente reconocibles para quien esté familiarizado con el tradicional carácter griego, donde la familia ocupa un lugar primordial y las tradiciones, insertas en un mundo constantemente cambiante, son casi intocables. Su compromiso con el trabajo y la investigación complica sobremanera la relación del comisario con Adrianí, vivo retrato de la típica esposa griega; con todo, la mayor parte de las escenas cotidianas funcionarían igualmente en otros escenarios, por ejemplo, uno en el que la lengua fuese el español en cualquiera de sus variantes. Ahí es donde cobra más sentido la subclasificación de novela negra mediterránea que el propio Márkaris y gran parte de la crítica han dado a la serie del comisario Jaritos. Por oposición a la novela negra nórdica, los crímenes de la mediterránea son tal vez menos retorcidos, menos sangrientos. Pero ello no obsta para que la crítica social, principal aditamento del género, pierda un ápice de fuerza. Los problemas de convivencia entre culturas enfrentadas desde hace siglos se ponen de relieve a través de reflexiones en torno a la posición de las minorías en Europa o sobre la vida de los griegos que permanecieron en Estambul a pesar de las crudas presiones para expulsarlos tras los diversos desastres de los años cincuenta. No sale bien parado, gracias al eficaz retrato de caracteres de Márkaris, el oportunismo de quienes aprovecharon la presión política para enriquecerse con la pobreza y la miseria de otros. En medio de todo esto, la figura de quien comete los crímenes, acción desencadenante del núcleo de la investigación del comisario, se erige prácticamente en espíritu vengador de las injusticias sufridas en sus propias carnes y en las de sus seres queridos. La empatía del lector, guiado por el protagonista, así como el aprecio por la justicia poética de la obra, resultan inevitables.

En esta joya de la ambientación geográfica, política y humana, no sólo Jaritos, también el comisario Murat, su esposa, las amigas grecoturcas de Adrianí, incluso la propia esposa e hija de Kostas Jaritos, se encuentran, al igual que Estambul (o Constantinopla), entre dos mares: la tradición frente a la modernidad, las obligaciones familiares frente a la libertad, la responsabilidad frente al deseo. El choque entre lo griego y lo turco queda, por tanto, convertido en mero símbolo, denotativo de una dicotomía de ingentes dimensiones y prácticamente irresoluble.

 

Rosa García Gasco

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