“Militar completamente ebrio causó accidente que dejó como saldo tres heridos graves”.

Rafael leyó la noticia en el periódico mientras tomaba su taza de café obligatoria de cada mañana. No podía creer lo que estaba leyendo. Su corazón empezó a latir con fuerza. Lucía, su esposa, le dio un beso volado al pasar frente a él, queriendo despertarlo de la concentración y desvarío mental con la que leía la noticia y fue a despertar a sus dos hijos para que se alistaran para ir al colegio.

-No mi General, esta vez no estoy dispuesto. Nos ha ido bien hasta ahora pero ahora tengo un mal presentimiento. No voy esta vez –dijo Rafael.

-Caramba mi querido Rafael, te me estás volviendo un poco santo últimamente, no hay nada aquí que no hayamos hecho ya –mencionó con cierto hastío el general Ledesma, después de volver a vaciar el sexto vaso de whisky en su vaso –ya hemos hecho estos contratos. Tenemos la licitación en el bolsillo, toma tu whisky y olvídate de investigaciones. Yo me encargo de eso.

-¿Qué tal te fue con el general anoche? –preguntó Lucía a Rafael, mientras ponía unos vasos de leche en el microondas.

-La verdad, muy mal.

-¿Qué paso? –preguntó Lucía poniendo atención a lo que Rafael quería decirle, su tono de voz no era normal y no hacía prever nada bueno.

-General –continuó Rafael -hemos hecho esto varias veces pero todo tiene un límite. Tengo una familia, unos hijos. Nos ha salido bien porque han sido pequeños contratos pero esta vez estamos violando la ley descaradamente y la verdad, yo no confío para nada en ese abogado. No voy.

-¿Eso le dijiste? –Lucía se quedó con los dos vasos de leche en la mano, un poco pensativa al oír las palabras de Rafael. Confiaba en su esposo, pero tenía miedo por lo que podía significar pelearse con el general Ledesma. Hasta ahora, todo había ido bien

-¿Piensas que lo entendió?

-No sé si lo entendió o no –respondió Rafael – pero tuve un mal presentimiento con todo esto.

-¿Y qué paso después? –pregunto Lucía.

-¿Qué? ¿Quién mierda te crees? Yo te he ayudado hasta aquí. Sin mí tu no tendrías nada ¡Nada!

El  General Ledesma se levantó de su silla, tambaleó sobre sus pies, se cogió de la mesa para no tener que caerse, tomó con fuerza el séptimo vaso de whisky y lo vacío en su garganta

–Eres un perro, un maldito y mal agradecido.

Rafael recordó por un momento, que fue el General Ledesma la primera persona que confió en él y el primero de sus clientes.  Gracias a él (había sido un conocido de la familia que siempre tuvo un contacto lejano pero amigable con su padre) pudo llegar a ser proveedor del ejército y gracias a eso, empezó a ganar dinero y dar a su familia unos lujos que no pensó podía ser capaz de darles en tan poco tiempo.

– ¿Se molestó?

Lucía se sentó frente a su esposo, aún con los dos vasos de leche en la mano.

-Puedo entenderlo, pero creo que al final hiciste lo correcto.

– ¿Solo crees?

 

Desde aquellos primeros pedidos, no pasó mucho tiempo hasta que el General Ledesma empezó a pedir favores especiales a Rafael. Nunca le recordó su ayuda de manera directa, pero dejaba entender de manera muy clara e inequívoca que Rafael estaba en deuda con él. Al principio fueron pequeños favores, que sin ser ilegales no le llegaban a gustar a Rafael del todo. Rafael se vio obligado a aceptarlos, un poco esperanzado de que solo serían unos cuantos favores y de ahí todo volvería a la normalidad.  Pero los favores siguieren aumentando. Y poco tiempo después, Rafael sabía muy bien que estaba entre la espada y la pared, ya que estaba haciendo algo ilegal y no solo era partícipe sino hasta cómplice. Al general Ledesma parecía no importarle mucho lo que pudiera pasar y celebraba el nerviosismo de Rafael con una gran carcajada y con nuevos pedidos y acciones.

– General no se ponga así, hablemos –dijo Rafael, levantándose de su silla tratando de impedir que el general se cayera el suelo.

-¡Déjame, perro traidor! estás fuera, ¡Fuera! No te necesito.

-¿Y de ahí qué paso? –preguntó Lucía.

-Entró a su auto –respondió Rafael – quise impedirlo, pero me dio un empujón, entró a su auto y se fue. No supe nada más de él hasta hoy – y Rafael le entregó el diario a su esposa. Ella lo leyó con detenimiento, dejándolo caer después al suelo. Lo miró a los ojos.

Y entonces sonó el teléfono.

Rafael se levantó, cogió el auricular y respondió.

– ¿Aló?-contestó Rafael.

– Don Rafael, le habla Martínez, el abogado del general Ledesma, estoy en el hospital, el
general le necesita en estos momentos. ¿Supongo que no lo dejará solo otra vez no?

Rafael miró a su esposa. Ella lo cogió de la mano y con una lágrima hizo un gesto con la cabeza. Rafael respondió.

 

Erasmo Cachay

 

 

 

 

 

 

Gracias por comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: