Ayer. Y Primavera

A la Primavera se la espera descalza, o no será.

Porque antes, cuando todo era tan fácil que resultaba imposible comprenderla, la Primavera venía sin que nadie supiera cómo había sido. Hoy, en cambio, nos lo explican en El Tiempo con mapa y tacones de tropezar. Antes la Primavera llegaba cuando los membrillos se vestían con lencería y las piernas de los niños pequeños eran tan blancas que parecían querer romperse al correr. Ahora lo que llega es llega la alergia y los antihistamínicos que dan la tos y la risa, y las mariposas de fiestas de guardar, cuando los días se hacen tan largos que hay que tomarles el dobladillo a las noches y a los sueños.

Y así todo.

La culpa es de los poetas, dicen unos que hablan llenándonos los ojos de polen. Otros aseguran que la culpa es de los que se enamoran en invierno y se resfrían en Primavera, que es cuando los sauces se peinan como lo hacen las sirenas, al sol y sobre una roca. En Primavera los más alocados zarandean los árboles para que se despierten los brotes y los lunares, que pocas cosas despiertan tanto el genio humano como la Primavera, la que les hace creer que vuelve a ser un niño. La Primavera es siempre la misma que luego viaja al sur del sur para regresar cuando estábamos a punto de perder la esperanza en nosotros y recobrar, o volver a perder, la fe en lo que no creemos que creemos. Se escribe la Primavera como de ese amor o de este sol, en la arena de las playas para que lo lean las olas, y se cortan las flores silvestres a las que nadie ha puesto todavía nombre para que duren para siempre en una solapa o detrás de la oreja con el pelo recogido. Se escribe en Primavera para apuntalar con versos y estrofas los muros que han de salvarnos de los días internacionales y de las primaveras institucionales, esos adarves que la mantienen a usted protegida de todo. Se escribe en Primavera porque nos sabemos prófugos de aquí mismo, de donde las sombras se alargan y las sonrisas se tornan claroscuros antes de que se marchen las últimas camelias.

No tan antes, cuando la Primavera la sangre alteraba, nos enamorábamos. Hoy, cuando la sangre se altera, vamos al médico y en lugar de un soneto firmamos una baja. O nos dicen que Primavera se escribe en minúscula, pero ya se ve que aquí se escribe en mayúsculas porque nunca se sabe si quien va a leerla es alguna vieja conocida. Pasa con ella, con la Primavera, como con los escritores de bien, que solo hay una cosa que los supera en número, y que son aquellos que les dicen cómo tienen que escribir mal para hacerlo bien. No escriben, o no mucho, pero saben cómo tienen que hacerlo los demás con sus esdrújulos, sus gerundios afilados, sus tramas hasta conseguir que todo lo que se escribe se parezca tanto que no haya que devanarse el seso débil para pasar una tras otra las páginas. Lo malo es que aquellos tienen razón, pero olvidan con frecuencia lo principal, que de hacerle todo el caso que demanda la corrección nunca tendríamos Primavera y solo se le podría cantar al otoño, que rima con tantas cosas. Y sin embargo, como para casi todo en esta vida, siempre encontraremos el consuelo de saber que lo que hoy está proscrito mañana será, por obra y gracia de algo, cuando alguna gran mente califique como rompedor, transgresor innovador lo que algunos lectores, humildemente, llaman hoy para nuestros adentros eso de que les gusta porque es distinto. Será otra primavera, dirán, la que traerá el sabor a acíbar de la minúscula desabrida. Aquí nos quedamos con la verdad, la que provocan las ronchas para rascar y las abejas que espantar, las florecillas de san José que se abren en su día y los hornos a punto para el bizcocho.

Solo cuando se apagan las voces y se encienden las luciérnagas, es Primavera, que todo lo demás en verdad es fanfarria. No se ve porque corre por las venas al galope y crece con la noche cuando duermen los gigantes. Bajo el cielo negrísimo se desviste de gala y cuelga sus ropas en el pico de la luna y se pone manos a la obra, cuando nadie mira, para gritarnos ¡sorpresa! cada mañana como en los cumpleaños de nuestra infancia, cuando encontramos los tinteros llenos de miel de luna y las hojas tan blancas preñadas versos mordisqueados. Y todo para saber que la Primavera son las madres, es todo aquello que se queda al descubierto cuando en esa fiesta rasgamos el papel de regalo que es el cielo que nos envuelve.

Luego llega la calma y todo lo demás, y la tarde de nuevo con los calendarios de días pares que anotar en la hierba que crece solo donde antes estuvimos sentados.

O no.

Iván Robledo Ray

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