Me sorprende una noticia:

(…) Atasco para hacer cumbre. (…) Más de 200 alpinistas baten el récord de ascensiones en una misma jornada. La pasada temporada se batió el récord de ascensiones al Everest (8.848 m): 802 personas pisaron el techo del planeta (…)

(…) En 2012 se produjo otro atasco cuando 260 montañeros trataron de hacer cumbre en un mismo día aprovechando el buen tiempo, lo que causó una acumulación de gente en el famoso escalón Hillary, una roca vertical de 12 metros que supone el último gran obstáculo antes de hacer cumbre.

El País

Esta noticia me lleva, inmediatamente, a pensar en la soledad y, casi en el mismo instante, en Charles Baudelaire. Concretamente, en los poemas en prosa que conformaban Le Spleen de Paris (obra publicada póstumamente, 1869).

A lo largo de esta obra observamos la importancia que para el autor tenía la soledad.

Este es un tema que ha recorrido todas las artes, muy especialmente la literatura, desde la antigüedad, pues forma parte de la naturaleza humana. Y, si bien, la soledad se concibe de maneras distintas a lo largo de las etapas y entre los distintos autores, siempre subyace bajo esta, la sensación de vacío. No obstante, también para el artista, ha representado esa “distancia” necesaria, premeditada, en su búsqueda del yo poético.

La soledad recorre la obra de Charles Baudelaire en dos sentidos que pudiéramos referenciar en algunos poemas de Le Spleen. Por un lado, el poeta en Las muchedumbres, considera el arte de mezclarse entre la multitud, de “contagiarse” de vitalidad, un privilegio, una feliz comunión, pues, desde su propia identidad, y tal vez salvado por una “máscara” que le distancia indefectiblemente de ella, es capaz de conocer aquello que le es vetado al solitario, al “egoísta” dentro de su propio “caparazón”.

No a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y solo puede darse a expensas del género humano un atracón de vitalidad aquel a quien un hada insufló en la cuna el gusto del disfraz y la careta, el odio del domicilio y la pasión del viaje.

Multitud, soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. El que no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en una muchedumbre atareada.

Goza el poeta del incomparable privilegio de poder a su guisa ser él y ser otros. Como las almas errantes en busca de cuerpo, entra cuando quiere en la persona de cada cual. Sólo para él está todo vacante; y si ciertos lugares parecen cerrársele, será que a sus ojos no valen la pena de una visita.

El paseante solitario y pensativo saca una embriaguez singular de esta universal comunión. El que fácilmente se desposa con la muchedumbre, conoce placeres febriles, de que estarán eternamente privados el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, interno como un molusco. Adopta por suyas todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias que las circunstancias le ofrecen.

(Las muchedumbres, Poema número 12 de Le spleen de Paris. Traducc. Díaz Canedo 

La lectura del texto anterior puede hacerse también, y es acertada, desde la idea de un don que hace del poeta un ser excepcional, distinto de los otros. Idea romántica del artista alejado, marginado, de la sociedad.

Por otro lado, y esta es la idea que siempre me sobrevuela del poeta francés desde mis años de facultad, en poemas como «El extranjero» o «La soledad», Baudelaire evoca y defiende esa «distancia» del artista de manera más clara.

Reproduzco algunas líneas del Poema número 1 de Le spleen de Paris. “El extranjero”, (traducción Díaz Canedo)

 - ¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, 
a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
- Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
- ¿A tus amigos?
- Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy,
no he llegado a conocer.
- ¿A tu patria?
- Ignoro en qué latitud está situada.
- ¿A la belleza?
- Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
- ¿Al oro?
- Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros
a Dios.
- Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
- Quiero a las nubes... a las nubes que pasan...
por allá... ¡a las nubes maravillosas!

En este diálogo, el hombre enigmático que no es otro que el artista, pretende esa soledad. Ama la soledad y el desapego. Ama a las nubes, etéreas, lejanas, borrosas y cuanto ellas simbolizan. Ama la búsqueda de sí mismo pues, como en el poema 18, Invitación al viaje, dentro de sí mismo está el “país de Jauja”, el mayor tesoro. (Trad. Díaz Canedo)

Estos tesoros, estos muebles, este lujo, este orden, estos perfumes, estas flores milagrosas son tú. Son tú también estos grandes ríos, estos canales tranquilos. Los enormes navíos que arrastran, cargados todos de riquezas, de los que salen los cantos monótonos de la maniobra, son mis pensamientos, que duermen o ruedan sobre tu seno.

Tú los guías dulcemente hacia el mar, que es lo infinito, mientras reflejas las profundidades del cielo en la limpidez de tu alma hermosa; y cuando, rendidos por la marejada y hastiados de los productos de Oriente, vuelven al puerto natal, son aún mis pensamientos, que tornan enriquecidos del infinito hacia ti.

Esa búsqueda de la cima del Everest, esa necesidad de lo imposible, de la lejanía, de poder “tocar el techo del mundo” hace tiempo que ha dejado de ser inalcanzable materialmente para el hombre. Lo que ahora se ha convertido en una verdadera quimera es LA SOLEDAD.

Mónica Velasco

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