Empezamos por el final, comenta Felipe tras la lectura:

Un libro es como un jardín cargado en los bolsillos (proverbio chino). El arma más efectiva contra la intolerancia e ignorancia. Indudablemente, uno es más rico tras la lectura. Por eso si quieres pensar antes de hablar, debes leer antes de pensar.

Históricamente, la destrucción o quema de libros (terrorismo bibliográfico) ha sido utilizada como forma de consolidación del poder y fanatismo (ideológico o religioso). Tiene una carga simbólica, pues «el que mata a un hombre, mata a un ser de razón […]; pero quien destruye un libro, mata la razón misma», escribió Milton. Y es que, como comenta un personaje de la paradigmática Farenheit 451, «un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre

¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?».
Actualmente, en el marco de la globalización, todo es más sutil y subrepticio: ya no es necesario quemar libros; basta con hacer, como profetizó Bradbury, que la gente deje de leerlos. ¡Y en esas estamos!. En una suerte de paralización de la civilización, disimulada por un imparable avance tecnológico (¿hacia dónde?) que si bien decora la jaula, no la hace desaparecer, ni nos hace más libres, ni más inteligentes, ni más iguales, ni más humanos, sino todo lo contrario.


Cuidado con leer libros, no sea que nos hagan pensar — inicio del artículo de José Ramón Chaves en Vivo y Coleando

Este fin de semana estoy en mi querida tierra adoptiva gallega. A Coruña. Sol, gastronomía, gente hospitalaria y olor a mar.

He aprovechado la tarde calurosa para adentrarme en una tienda de la cadena Re-read lowcost donde se ofrecen libros a precio de saldo. Miles de libros ordenados, de segunda o tercera mano (mejor sería decir de “segunda o tercer ojo” o lectura) aguardando un comprador.
Eran las cinco de la tarde, y cual corrida de toros, me sentía como el torero solitario en aquella plaza rodeado de libros. Ningún otro cliente. Solamente todos aquellos libros, como niños esperando ser adoptados. Mejor, como muertos esperando que alguien les diga: Lázaro, levántate y anda.

Por un lado sentí pena. Pena por la devaluación de algo tan preciado como los libros. Trozos de lectura, trozos de sabiduría y experiencia, esperando alguien que se asome a sus páginas y enriquezca su horizonte personal. Novela, ensayos, historia, viajes, de niños y mayores… todos allí; lomo con lomo, calladitos y suplicando que una mano curiosa los saque de la estantería y no los devuelva.

Y no será por precio: me llevé cinco libros por diez euros, cuyo precio de venta nuevo rodaría en conjunto los cincuenta euros. No se puede dar más por menos.

Siempre le digo a mis hijos que la manera de ensanchar la mente y aprender a sobrevivir tiene cuatro caminos.

  • La experiencia, pero es difícil viajar y experimentarlo todo pues se necesitarían cientos de vidas y las malas experiencias pueden truncar el paso a las nuevas.
  • La reflexión propia y personal, pero hace falta ser un computador para conseguir sin salir de casa, con la lógica interna, obtener conocimientos de todo.
  • La imagen visual de películas o el reportaje sonoro, (o la tertulia con personas que nos enriquecen) que es un cauce fenomenal para sacudir la imaginación y abrir las puertas de los mundos posibles.
  • la lectura de las obras escritas por otros, que podemos empezar y dejar, rumiar o criticar, pero pocos libros nos dejan indiferentes. Da igual que sea en papel o en formato electrónico. Lo maravilloso es que el cerebro lea unos signos y construya situaciones y despierte sentimientos, emociones y reflexiones. Magia. Yo creo que no soy el mismo cada vez que finalizo un libro. Cambio y creo que no es para peor.

[…]

Cuidado con leer libros, no sea que nos hagan pensar — Vivo y Coleando

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