Mi infancia era la de los dictados, de los cuadernos de caligrafía sin salirse de las líneas y con buena letra, con la técnica de escribir y reescribir hasta que salga bien (“la letra con la repetición entra”), la de leer con frenesí y la de consultar el diccionario de tapa dura. Después llegó la etapa de manejar una vieja Olivetti y teclear con atención a cada letra, y siempre alerta con el diccionario.

Curiosamente mi hijo de 12 años inicia la secundaria y el Colegio impone un ordenador portátil que tiene la ventaja de evitar el clásico porteo de libros y además disponer de toda la información a golpe de click, sin olvidar que resulta más congruente con los tiempos de la generación.
Otra cosa es que ese ordenador tiene el peaje de que el tecleo será vertiginoso con leve presión que propiciará mayores errores tipográficos, unido a que la autocorrección podrá insertar la palabra inapropiada. Además, el propio ordenador evita el rastreo por el diccionario de papel y le ofrece el significado de forma instantánea. El resultado me temo que será una peor formación ortográfica.

Pero la ortografía importa… ¿O se molestaría usted en llamar al vendedor de un vehículo que se anuncia “Bendo veiculo guay”?, ¿firmaría un contrato de crédito o seguro que dijese “La onraded es nuestra divisa”?. Me temo que no, porque la ortografía de un texto escrito es una carta de presentación y anuncia rasgos de su autor, por lo que si alguien es descuidado al escribir y demuestra poco interés o formación en algo tan elemental para comunicarse, quizá también lo sea a la hora de cumplir con sus contratos…

La ortografía importa: nos juzgarán por ella — Vivo y Coleando

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