Con la brisa de la media tarde se animó la conversación en torno al lenguaje. Descalzos, nos adentramos en algunos vericuetos: la savia que circula por los conceptos, ese lenguaje desconocido y secreto que trabas con otra persona, la palabra como moldeadora de la vida interior y testigo de la intimidad… El chico joven mostró su asombro y contó algunas de sus experiencias.

La relación con los lenguajes, particularmente con el de la palabra, es un asunto de estar vivo o muerto. La palabra es poder decir algo desde ti mismo. Ese tipo de palabra es una de las mayores transformaciones a las que asistes. Desde ahí se accede a la mayoría de edad. No es cuestión de sofisticación en el lenguaje sino de hacer de la lengua materna una lengua propia, que es la significativa idea referida por Emilio Lledó en Los libros y la libertad. Cuando esa palabra, además, se dice con un estilo, eso es la escritura.

Quien no hace propia la lengua no alcanza la expresión y sin expresión no hay experiencia de libertad. Por eso, nunca debemos obviar el lenguaje de la palabra, porque es la manera de vivir relacionalmente con nosotros mismos y con los demás. Eso es lo que hemos de esperar de la educación: que haga experiencia de la palabra, indesligable del proceso de ser sí mismo y de ser con otros. Eso es lo que verdaderamente puede animar a la lectura y es, tal vez, el sentido primordial de animarla.

Bebíamos agua fresca y olíamos los jazmines removidos por el viento. Teníamos el alma esponjada; el interés al máximo, en ese punto en que la abstracción desvela que está en el detalle de la vida. El chico me preguntó si me gustaba la soledad…

Por Belén Blesa


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