Haciendo uso de uno de los títulos musicales más conocidos del popular Dúo Dinámico, “El final del verano”… llegó. Fue el dúo musical más adorado en la época de los sesenta por las jovencitas, mi madre se incluía entre las seguidoras que más los idolatraban y aún hoy sigue escuchando algunas de sus canciones, aquellas que, sin duda, más buenos recuerdos le traen.

Esa canción marcaba el final de la etapa más deseada de todo el año, para dar paso al temido septiembre.

Se siente en el ambiente, en la luz que ya empieza a aminorar, en el viento que se hace presente para sofocar algo las temperaturas. Y para el que no preste atención a las señales climáticas, la publicidad en los medios ya se encarga de que se enteren de que se acabaron las vacaciones y toca volver a la rutina hasta el próximo verano.

Los primeros en despertar a la dura realidad son los peques, en ellos se centran las campañas publicitarias que se frotan las manos de solo pensar el desembolso que los padres tendrán que hacer en material escolar y equipamiento. Aún en muchos sitios de España tenemos cuarenta a la sombra, pero ya se anuncia la ropa colegial con esos zapatos cerrados y gruesos que exigen calcetines y que de solo verlos provocan soponcios.

Es una fecha de renovación, de limpieza, de expurgo… tira lo viejo para que entre lo nuevo. Y como si de repente fueramos abducidos por una fuerza poderosa e irresistible, nos dejamos llevar por la dinámica global y nos deshacemos, sin pararnos a pensar un momento, del material del curso escolar pasado que si nos detenemos a observar, aún tiene buen uso. Pero salir de la conducta impulsiva y colectiva a la que el consumismo nos somete es tarea difícil, yo diría que casi imposible.

Septiembre por tanto trae unas connotaciones que no me extraña que para mucha gente sea el peor mes del año, el que marca el fin de una etapa y el comienzo de otra, separadas ambas por una abrupta y tajante diferencia.

Y es que es un mes del hay mucho que decir, un mes que lleva a la confusión desde su etimología. Si buceamos en la historia descubriremos que para los romanos el mes de septiembre era el séptimo mes del calendario, tal cual su nombre indica, pues siete en latín es septem. Más tarde se le añadiría al calendario enero y febrero, pero en un principio el último mes del año era septiembre. Para el calendario hebreo el mes de septiembre equivale al mes hebreo de Elul, coincidiendo también con el último del año y en ambos casos es mes de renovación, de purificación y de hacer recuento de todo lo acaecido en los meses anteriores.

Esa justamente es la sensación que yo siento cuando se cruza el umbral de nuestro noveno mes, que en cierta manera es el verdadero comienzo del año. Quizás habría que averiguar el porqué tanto la cultura romana como la religión judía, otorgaba a septiembre el pistoletazo de salida al nuevo año, pero fuera como fuese, resquicios quedan aún en nuestra sociedad de aquel ancestral título.

Isamar Cabeza


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