La magia de los despertares
Opinión

Revelación Arbórea

Sabían que los observaba y, desde su desnudez, se han comunicado jugando, despistando, encandilando… Despertándome, despertando mi imaginación.

Un despertar nunca es eso, por la confusión; porque aún no se sabe en qué consiste el mundo de los sueños realmente; porque te despiertas aturdida; porque quieres volverte a dormir para seguir en ese exótico sueño interrumpido que nunca volverá. Un despertar es un sinfín de posibilidades, sí, como toda realidad que se precie “la que no se aprecia también”. Despertar en un país desconocido, en un nuevo hogar, cerca de una ventana que dibuja un cuadro diferente, con un paisaje coloreado por una climatología nunca vista no es un despertar, es un sueño irreal; pura contradicción sucedida en sólo unos segundos, tejidos por la realidad que urdimos. Realidad que cada cual inventa, crea y recrea.

Cansancio de horas de vuelo, de tren, de gripe… Algo llama mi atención cuando aún puedo ver mis pestañas por la pesadez de los párpados móviles “no se ha enterado que mi mente ha despertado”. Froto mis ojos y aclaro mi visión: árboles, árboles desnudos, huesudos, intentando rascar el cielo con sus formas puntiagudas, ¿olmos quizás?. «Olmos tal vez», digo en voz alta, y como es la voz del despertar me escucho extraña, como si saliera un ronroneo ultralaríngeo acompañando al trío de palabras.

Agradezco que el invierno los haya dejado casi transparentes; así puedo ver los nidos abandonados, que no entiendo por qué me gustan tanto, «¿Siento que he descubierto un pequeño tesoro escondido, me parece que es un bello síntoma de vida pasada, mi imaginación recrea los poyuelos que allí han nacido, crecido y aprendido a volar?…», pienso.

Un grajo se columpia en las ramas más finas y altas, estoy segura que es un grajo. Juega con el viento, se hace el valiente: un bucanero subido al mástil antes de la tormenta, oteando barcos a los que asaltar. Imagino su botín: una reluciente y valiosa migaja de pan, un suculento gusano que le haga sobrevivir un día más, plenamente, entre vuelos de jardines urbanos.

El alba se ha retirado sin darme cuenta, y eso que no he parado de observar el cielo. El azul oscuro es absorbido por nubarrones grises. El pájaro se define mejor, la realidad ante mis ojos también. Ese grajo negro no se cansa de permanecer posado. Yo sí estoy cansada de estar tumbada, me voy incorporando, sin dejar de mirar hacia la ventana, al pequeño gran espectáculo, como cada «despertante» decida o quiera que sea en su realidad. Yo ya decido cada vez menos, la meditación me hace sentir más y pensar menos. Así que la importancia también toma forma de infinitas posibilidades.

Me siento en la cama, enfoco entornando mis ojos: el nido es el cruce de varias ramas que, según mi perspectiva al estar tumbada, había cobrado el otro aspecto. No existe, «¿o ha dejado de existir, en realidad?». Yo creé ese nido, todo lo que creamos tiene valor: un cuadro, música, un poema, una novela, un nido… «Demasiados pájaros en la cabeza», bromeo; me divierte reírme de mí, me quita los miedos. Me acuerdo del grajo, sigue allí, impasible, columpiándose. Me siento en la cama. Deseo que el alado encuentre su botín, yo espero encontrar el mío en el frigorífico, «no sé si tengo leche para el café descafeinado», le digo al… ¿pájaro?, «Es un pájaro claramente, estoy segura, segurísima. Creo». Me acerco a la ventana, intrigada, enfoco de nuevo. Se trata de la última hoja que se aferra al otoño, luchando contra diciembre y sus románticos desaires. Sonrío, no siento decepción, ni siquiera me siento boba. Una simple broma de la naturaleza que yo he elaborado, porque soy parte de ella. Otra vez tomo consciencia de que todo está conectado y eso me encanta. Me espera el desayuno. Hay leche.

Ya en el salón, frente al ventanal, que ocupa un testero, desde donde también se ven los mismos árboles, esos que me han regalado una hermosa visión, y no solo del paisaje sino de mí. Me han revelado lo que soy capaz de hacer que exista, hasta dónde llega mi creatividad, su gracia y su bondad. No han podido sorprenderme con el exuberante verdor de primavera, ni con el brillo del sol estival sobre sus hojas, ni con los ocres dorados del otoño. Pero sabían que los observaba y, desde su desnudez, se han comunicado jugando, despistando, encandilando… Despertándome, despertando mi imaginación.

Cae la última hoja del olmo; asciende el invierno a lo más alto de los árboles.

Alba Oliva

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