A veces la más insignificante decisión puede desequilibrar la paz y la armonía de un hogar, tanto que puede acabar separando a la familia.

¿Quién a priori podría afirmar que una simple cena familiar pudiese acarrear más problemas que satisfacciones? Todo el mundo parece querer imponer sus ideas, convencer al otro de que está en lo correcto pero, ¿quién podría prever las consecuencias? El simple hecho de que uno de los miembros de la familia se declare vegetariano en plena cena, abre una batalla campal entre vasos, copas y platos. El ambiente se hace propicio para las burlas, el asedio y otras cuantas conductas peyorativas del resto de la familia hacia su persona.

La tradición frente a la novedad ha conseguido, como norma, inclinar la balanza a su favor, fuese o no la mejor opción. Analizar el peso de las tradiciones y el por qué arraiga de esa manera tan profunda en nuestro subconsciente, es toda una labor social que debería ser contemplada. Porque la cuestión no es olvidar esas tradiciones, ni desestimarlas por gusto, el tema es observarlas y comprender que, como cualquier lenguaje, la sociedad va cambiando según el tiempo pasa.

La vida es una continua evolución a la que debemos entregarnos con sumisión. Quien decide prescindir de la carne de su alimentación, simplemente elige no comerla por no seguir dentro de la cadena de sufrimiento y consumismo a los que los animales son sometidos. No es una locura, no es una provocación, tan solo es una decisión consciente de querer cambiar unos hábitos de vida por otros con los que sentirse mucho mejor. ¿Cuál es el problema? Hoy más que nunca el mercado nos ofrece información de los nutrientes de cada alimento y hasta complejos vitamínicos completísimos que nos mantienen con un estado de salud aceptable. ¿Por qué aun sabiendo todo esto, nos sigue pareciendo de locos volverse vegetariano? Ya no digamos si en vez de vegetariano se decide seguir una dieta vegana o una en la que los alimentos se comen crudos.

Aquí surge la gran batalla, una lucha de poder irreconciliable entre abuelos-nietos, entre generaciones muy distintas. La razón se convierte en un disputado premio que se quieren arrebatar unos a otros, los primeros porque piensan que lo que se hizo siempre se debe respetar y continuar y los segundos porque piensan que la voluntad del individuo está por encima de la conducta comunitaria.

Y el tema tiene una solución mucho más sencilla de lo que parece. Como siempre vuelvo a esa palabra mágica, que no pertenece a ningún cuento de hadas, ni nadie se inventó como estribillo de una canción infantil, pero que sin embargo abre puertas pero también las cierra de manera alucinante y drástica. La palabra en cuestión es: respeto.

1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.

2. m. Miramiento, consideración, deferencia.

Sirvan estas fechas, además de para encuentros familiares, deseados o no, comida de empresas, con los amigos, y un excesivo consumismo que solo consigue desviar nuestra atención de lo verdaderamente valioso, como es la amistad, la compasión o la solidaridad, para analizar nuestro alrededor. Sirvan estas fechas no para descatalogar tradiciones que se viven con cariño y lealtad a nuestros antepasados, a nuestras raíces, sino para ampliar un punto de vista heredado y dar la oportunidad a nuevas formas de ver la vida, sin enfrentamientos y sin tener que despreciar a nadie.

Isamar Cabeza

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