Cuando vemos sonreír a un anciano sabemos que la historia, la historia de la humanidad hasta hoy, ha valido la pena. A los ancianos nadie les ha enseñado a sonreír, pero cuando un anciano, cuando uno de nuestros abuelos sonríe, debemos ponernos a cubierto. Dominan el mundo, lo saben, lo sabemos, y el afán por acabar con ellos bajo la excusa de la vida o la muerte digna, es la prueba del miedo que le tiene la sociedad al abuelo. Para estos abuelos la vida usa tirantes, y es tontería que cambie, se les teme porque recuerdan los sueños imposibles, lo que un día el ser humano se prometió que sería. Y matando al anciano, se matan esos sueños.

Cuando un abuelo, anciano y eximio, contempla los bloques de hormigón de cualquiera de nuestras ciudades, los ve como nichos reconvertidos en terrarios de humanos, y sonríe recordando la bondad de los tiempos peores. Recuerdan cuanto han vivido, maldicen las ocasiones no satisfechas y las tentaciones no consumadas, y las que sí; maldice los amores correspondidos, y los que no, y luego ve que son el mismo; y solo el recuerdo de personas como usted les impide enloquecer. Miran entonces las avenidas de hormigón y ladrillo vista, de metacrilatos modernos, de balcones que hacen las veces de horizonte infinito, y saben que el cielo cabe en el vaso de cristal que sostienen. Recuerdan, en fin, lo que fueron, lo que morirá con ellos.

-Lo voy a intentar, nunca se sabe.

El abuelo, el abuelo del que les hablo, se sienta, aguarda a que llegue la noche, que son cuatro horas por delante para aguardar (que se dice pronto), y cuando se encienden las farolas se retrepa en su butaca, se ajusta la camisa y sonríe.

-A ver qué pasa.

Acaricia la lamparita de su mesita y lo hace. Luego pasa un minuto, y después una hora, y después otra. No ocurre nada, no hay respuesta. Y el abuelo sonríe otra vez.

-Hubiera sido bonito.

El abuelo está confinado, y doliente, por eso no le importa volver a hacerlo al día siguiente, cuando anochece, cuando se encienden las farolas y la gente deja las cosas pendientes para mañana. Se sienta, se retrepa en su butaca, se ajusta la camisa y sonríe.

-A ver qué pasa.

Vuelve a acariciar la lamparita pero lo único que pasa es el siguiente minuto, y después el siguiente, y luego la hora, una dos, tres, y nada más.

El abuelo dejó pronto la escuela, cuando era un niño, la dejó antes de tiempo. Tiene más de sesenta y siete años, que fue el último número que aprendió el día antes de dejar la escuela, no sabe más números, ni cuántos años tiene, sesenta y siete sí, seguro, pero no sabe cuántos números vienen después. Luego trabajó en el ferrocarril y aprendió otras cosas, e hizo la guerra, y deseó olvidar otras muchas, pero no pudo. Luego se hizo abuelo, y luego viejo, aunque no recuerda bien el orden. Y ahora que está solo, y confinado, y doliente, recuerda algo de cuando trabajaba en el ferrocarril.

-A ver qué pasa.

Y no pasó nada. Hasta dos semanas y cuatro días después, no pasó nada. Al verlo cuando pasó y cómo pasó, el abuelo rio en voz alta desafiando las restricciones que la sociedad impone a los ancianos. Rió y le escucharon los demás. Era de noche, las farolas estaban encendidas y alumbraban aquella avenida de hormigón, ladrillo y cristal. Y de asfalto, mucho asfalto.

Al día siguiente volvió a hacerlo, podía tratarse de un error o, peor aún, de una casualidad. Lo hizo y volvió a ocurrir, el azar estaba descartado. Se sentó, se retrepó en su butaca, se ajustó la camisa y sonrió. Estiró la mano, acarició la lamparita, y lo volvió a hacer.

-Me llamo Lorenzo. Tengo más de sesenta y siete años.

-Me llamo Lucía, tengo once años. Estoy con mi abuela, que me ha enseñado a hacer esto.

Lorenzo rió de nuevo. La lámpara de su mesita se encendía y se apagaba a su antojo. Solo, confinado y doliente, se atrevió a usar su lamparita de noche para comunicarse por medio del código Morse, punto, raya, punto, raya, y todo lo demás, usando la luz de la lamparita. Nunca creyó que alguien le contestara, pero lo hizo una mocosa de once años, y su abuela.

Cosas que pasan cuando se hace de noche en las avenidas de hormigón, acero, cristal y asfalto, mucho asfalto. Algunos solo verán destellos en las ventanas. Otros, si saben prestar atención, sonreirán.

Iván Robledo R.

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