Vivimos días grises

Ciudad carretera calle oscuro - Sergio Alonso - Editorial Amarante

Allá por el 2015, «Los días grises» planteaba una realidad distópica, un mundo que se había venido abajo. Lejos de la ficción, hoy ya tenemos alrededor algunas de las imágenes que poblaban sus páginas.

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A mediados de enero recibí un mensaje en el móvil de un antiguo compañero de facultad. Era conciso: “No te equivocabas.”. Y añadía el enlace a un informe sobre el avance del virus en Wuhan, aún en sus primeras etapas; de entre las medidas de contención destacaba la cuarentena de la moneda física y su desinfección sistemática. Desde entonces vivo esta secuencia de acontecimientos con un cierto déjà vu.

            Cinco años atrás Editorial Amarante había apostado por un texto complicado, fuera de tiempo, todo lo próximo a la literatura clásica que mi dudoso talento pudo llevarlo: “Los días grises”. La premisa era sencilla y, debo añadir, para mí era tan factible que con el tiempo sería prácticamente inevitable: un patógeno transmitido por la moneda física se dispersaba, evolucionaba exponencialmente con el miedo, directo a la línea de flotación de la sociedad de bienestar, deteniendo su crecimiento frenético en un mundo capitalista pero con límites, sacudiendo el castillo de naipes. Un principio de un final, una chispa y fuego. Después, sólo sistemas cerrados en sí mismos, tecnocracias que fuesen pequeños experimentos de vida en condiciones realmente adversas (energéticas, alimenticias, demográficas…). Era un dibujo a carboncillo del mundo en sombra, en recesión. El resultado de una estafa piramidal descubierta. Me temo que en esas líneas de ficción irán muchas imágenes reales que todos viviremos en los próximos años.

La Fiebre del Oro dio fin a millones y millones de vidas. Pareció imposible desarraigar una enfermedad que se transmitía por el dinero. Silenciosa y silenciada, escondida, la mordedura envenenada fue sólo el comienzo pero fue devastadora […]. El ateroma de la sociedad consumista; detener el flujo de capital convulsionó el primer mundo y terminó ahogándolo.

Sergio Alonso, “Los días grises”.

            Todos nos preguntamos: “¿y qué pasará ahora?” Yo intento evitar los escenarios extremos, por improbables. Dejando el vaso a la mitad, seguramente por delante nos queden muchos meses de progresión geométrica del virus en focos determinados, pero por todo el mundo. Una semana en Brasil, a la siguiente en el Congo o en cierta ciudad de la India… Serán cada vez más habituales y dispersos, haciendo las cuarentenas locales inútiles más allá de poder desplazar unas semanas las saturaciones en los servicios de salud y salvar algunas vidas, pagando a cambio un interés carísimo por el confinamiento. Será como tener una cabaña de madera en medio de un bosque ardiendo, poniendo toda la esperanza en que podando nuestros árboles y arrojándoles agua podremos definir un espacio libre. Es una balanza complicada; las deudas públicas van a ser totalmente impagables. Esto, en concreto, es lo que nos pasará en España a buen seguro. Porque, seamos sinceros, estando el patógeno libre ya por todo el mundo y manteniendo una población aislada pero no inmunizada, solo atrasamos el punto en que se logre la inmunidad de grupo, que se dará solo si la mayoría de la población pasa la enfermedad con éxito. Hablamos de más de treinta millones de personas solo en este país. Llegar a esa inmunidad poblacional a base de cuarentenas requeriría años de aislamiento, y eso es totalmente inviable porque ante la certidumbre del hambre la gente va a preferir la incertidumbre de la enfermedad.

            Yo sigo enrocado en esta “hipótesis endémica”. No tengo fe en que podamos desarrollar vacunas eficientes para un virus ARN con tasas de mutación presumiblemente altas y que va a tener miles de millones de posibilidades de mutar en pocos meses. Pensar en estas cifras es terrible… pero es así. Los tratamientos se afinarán, pero dudo mucho que unos fármacos efectivos, y sobre todo baratos, mejoren las vidas de los millones de infectados que no puedan pagar nada. Quiero pensar que las fibrosis pulmonares crónicas en gente joven se darán rara vez, que la población que haya pasado las cepas iniciales conservará su inmunidad y que este proceso endémico se irá calmando en el tiempo, como el mar tras una tormenta. Esto es, un vaso a la mitad y la sed justa.

            Es hora de hablar en otros términos. Tenemos que despertar y pensar por nosotros mismos. Apagar el televisor y abrir las ventanas, pero no para aplaudir. No somos héroes de nada, si acaso pasajeros, sólo esperamos pacientes dentro de un barco a la deriva en una tempestad, que nos moverá y nos llevará adonde tenga que llevarnos. Barcos de papel. Tenemos que estar preparados. Hay que abrigarse con quienes amamos, para protegernos, porque es lo que nos hace fuertes. Recordad que la cuarentena y la distancia sólo es circunstancial, las cifras finales de infectados serán muy parecidas; terminaremos pasándolo casi todos. Es momento de salvar las cosas de más valor y no las de mayor precio; ése es el cambio de paradigma. Ésta es la enseñanza.

            En las situaciones de crisis sólo hay dos clases de supervivientes: quienes saben reunirse como grupos de confianza y quienes toman dinámicas de vida en soledad, furtivos de todo y depredadores. Elige priorizar el bien común o el bien propio. Dale preferencia a hacer daño o a proteger. Elige empatía o escapa de ella en cuanto la notes. Elige bien, porque no tendrás escapatoria cuando haya que tomar decisiones y la duda te hará perder tiempo.

            Siempre he sido una persona de esas que trata con desdén al móvil y las redes sociales; las redes son cosa de las arañas. Dejo el teléfono por ahí olvidado cuando tengo presente que llevándolo encima no estoy en verdadero silencio. Y todos necesitamos nuestro espacio, no solo el metro y medio de ahora; hablo de antes, de siempre. Vivíamos rodeados de mucho ruido. Y mira por dónde, estos días me ha sido útil realmente, este artilugio, como fuente fiable de información y como una forma tangible de sentir próxima a la poca gente que realmente lo está. Quienes merecen la pena te llaman o se acercan y no dudarán en abrazarte si es necesario, saltándose cualquier cuarentena. Con el tiempo todos iremos filtrando a esa gente.

            Alguna vez, tras algún evento grave, seguramente hayas pensado: “¿A quién llamo ahora?” ¿Qué persona es esa que te viene a la cabeza? ¿Quién te preocupa cuando algo realmente malo se lleva cientos de vidas cerca de ti? ¿A quién recurrirías cuando todo parece imposible? ¿A nadie? Pues entonces guárdate; si no, coge el teléfono y llama. Luego ya, si eso, cuando podáis estar todos juntos, quemad los móviles en una hoguera, antes de que los conviertan en grilletes. Pensad en los nuevos tiempos. Seréis los hijos de los días grises. En vuestras manos estará la oportunidad de cambiarlo todo.

Sergio Alonso Mínguez

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