La pipa amarga

Prestamos atención a la primera pipa que comemos pero, ¿se puede decir lo mismo de las demás?

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Bolsa. Dientes. Click. Clack. Tragar. Eso es comer pipas. 

Estoy segura de que prestas atención a la primera pipa que muerdes pero, ¿puedes decir lo mismo de todas las demás? ¿Incluso cuando vas por la mitad de la tercera bolsa? Bolsa. Dientes. Click. Clack. Tragar. Llega un momento en el que ni siquiera sabes en qué parte del proceso se encuentra tu lengua o tu mano. Sal en los labios, la mandíbula ocupada, un baile coordinado de tus extremidades. La mano sube y baja como un tren de mercancías y los dientes hacen click, clack; pipa dentro, cáscara fuera. 

Es cierto que son adictivas y están deliciosas, no voy a negarlo. Además, son tremendamente entretenidas. Sin embargo, mientras comes pipas a veces sucede algo que lo cambia todo, tergiversa todo tu cómodo sistema. Todos sabéis de lo que hablo: ese momento en el que te comes una pipa amarga

Enseguida se paraliza la cadena de automatismos. Ante ese sabor tan inesperadamente desagradable la mano y la lengua vacilan: ¿Merece la pena seguir comiendo? ¿Y si la siguiente pipa está igual de asquerosa? Incluso, lo que es más: ¿Realmente tengo hambre?

Cuando esto ocurre dos pensamientos acuden a nuestro rescate. El primero: las desgracias nunca vienen seguidas. Sería muy mala suerte que la siguiente pipa fuera también amarga. No imposible, pero altamente improbable. Y el segundo pensamiento es que: el apetecible sabor de otra pipa sana podría limpiar la amargura del paladar. Un clavo saca a otro clavo, dicen. Así que, ¿por qué no iba a sacar una pipa a otra pipa?

Esta reflexión puede parecer estúpida pero tiene que ver contigo y con el mundo más de lo que crees. 

¿Qué haces tú con tu tiempo? Dormir. Correr. Click. Clack. Tragar. Muchas veces engullimos las horas y los días pero, ¿qué hay de saborearlos? Las actividades que al principio nos llenaban, después de un tiempo se vuelven insípidas, rutinarias, vacías. Esa actitud autómata es la que las priva de sentido. Ya no sabemos por qué las hacemos, sólo queremos terminar, tragar, tachar de la lista e ir a por lo siguiente. Más alpiste.

Una crisis es una pipa amarga: un divorcio, una muerte, un despido, una mudanza, un error, una conversación o una cagada de paloma en el cogote. Te sobreviene un profundo asco. Me atrevería a decir que es, incluso, una traición. Piensas: ¡Eh, se supone que las pipas no saben así! Y lo mismo nosotros, pensamos: ¡Eh, eso no es justo! ¡Se supone que la vida no es así! Y sólo obtienes como respuesta: 

Grefusito.

En resumen, cualquier crisis hace que tu mundo se pare y te preguntes si realmente tienes hambre.  Entonces, cuando esto ocurre, dos pensamientos acuden a tu rescate. El primero: las desgracias nunca vienen seguidas. O eso preferimos creer. Y el segundo… Bueno, todos sabéis de lo que hablo: Mañana será otra pipa, digo… otro día. 

Bolsa. Dientes. Click. Clack. Espera. Un momento. ¿Esto qué es? No es una pipa, es un… ¡Palo!

Bueno, nadie es perfecto. Seguimos tragando. Al menos el palo sabe bien.

Beatriz De Silva

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