Bolivia - Salar de Uyuni - David Flecha
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Bolivia II – Salar de Uyuni

No hacía falta decir o hacer nada, bastaba con mirar y dejarse llevar.

Cuaderno de bitácora – Página 15

Tengo un amigo. Es de ese tipo de personas con las que siempre aprendes algo nuevo cada día, y su forma analítica de ver las cosas te hace darte cuenta de lo afortunado que eres: 

-Flecha, tú ahora tienes que vivir-, me decía antes de emprender mi viaje. -Aprovecha esta oportunidad porque el tiempo pasa y acabas encontrándote en una etapa en la que querer volver atrás y hacer justo lo que tú estás haciendo es muy difícil-.

Pues para personas como él, y como tantos otros, que me ayudaron antes y durante mi viaje, hago lo posible por hacer que estéis en mi piel, y podáis ver con mis ojos aquello por lo que cada día sigo rumbo al norte.

Aquél día era un domingo por la noche, y mi compañero Gary y yo nos fuimos para Uyuni. Había visto fotos sobre el pueblo, ambos sabíamos que tenía un salar muy conocido en el altiplano boliviano, pero no tenía ni idea de lo que estábamos a punto de presenciar.

Tras cinco horas por carretera, —el autobús llegó a la ciudad cerca de las 4 de la madrugada—, pudimos quedarnos en el autobús un par de horas más para echar, a duras penas, una última cabezada, y a eso de las 6 nos apeamos para buscar cómo ir hacia el salar. No teníamos mucho tiempo que perder.

Raúl, un guía particular, nos ofreció llevarnos al salar en su todo terreno por muy poco dinero. Nos metimos en su coche y empezamos a conocer los alrededores de Uyuni; decenas de puestos que de camino al salar vendían estatuas de sal y souvenirs, trenes abandonados que en el pasado traían todo el oro y el cobre de las minas de Uyuni y Potosí, pueblos inundados por la falta de alcantarillado… y por fin el salar.

A medida que te vas adentrando en aquella llanura de sal empiezas a darte cuenta de la magnitud que tienes delante; kilómetros y kilómetros de desierto de sal que, por aquella época del mes de marzo, creaban un reflejo perfecto gracias a los diez centímetros de agua que había sobre la superficie. Era un marco realmente asombroso.

Nada más ver lo que tenía delante mi pregunta a Raúl era más que obligada: -¿Puedo subirme al techo del coche?-.

Tuve que rogarle unas cuantas veces para que me dejara, porque había tenido muchos visitantes que se habían caído; pero a mí me daba bastante igual caerme sin con ello conseguía algunas buenas fotos. Nos subimos a la parte de arriba y entonces sí empecé a disfrutar como un niño de la natural atracción.

Hubo momentos en que fotografiaba todo, otros en donde dejaba la cámara de lado y me preocupaba de aprovechar el momento observando todo aquello. En total estuvimos en el salar como unas seis horas, que para mi gusto se me hicieron demasiado cortas; sobretodo porque entre Gary y yo no dejábamos de mezclar la broma con el asombro.

La estampa era sobrecogedora. Parecía casi congelada, donde mirabas al horizonte y tenías la sensación de que el fin del mundo debía de ser algo muy parecido, porque el cielo y la tierra coincidían en el mismo horizonte, y no sé…no hacía falta decir o hacer nada, solo bastaba con mirar y dejarse llevar.

Al atardecer retornamos rumbo hacia Uyuni dejando el salar a nuestras espaldas, y si lo que había visto antes me había sorprendido, ver esa composición del cielo y el salar de color rojo anaranjado caer el sol, mientras los rayos de una tormenta a lo lejos caían sobre el salar ya era lo máximo.

-¡Soy tan afortunado!-. Lo confieso, es increíble haber podido viajar por todos estos países, disfrutando de toda esa gente, su gastronomía, paisajes y costumbres, y poderlo dar a conocer a otros que quizás ahora estén viendo la vida pasar entre cuatro paredes. Te hace sentir un privilegiado y aprendes que toda aventura comienza con la palabra sí.

Por eso, digo sí a mis sueños, por muy Peter Pan que llegue a ser; por eso digo sí a mis proyectos, porque me hacen sentir vivo y hacen sentir vivo a otros; digo sí a la causa por la que hago este viaje; porque tenemos el compromiso de vivir por nosotros y por los que no están. Sí, estamos en deuda con ellos; y por eso también digo sí al amor, y sobre todo a mis amigos; porque a veces, personas como ellos son mi cable a tierra y mi mejor razón para entender que estas cosas tienen sentido. Porque alguien como tú, que estás al otro lado de la página, porque te emocionas, porque te visualizas en mi camino, porque por muy lejos que estés me haces sentir que nunca, nunca, nunca estoy solo; y eso es suficiente para que, por muy mal que a veces lo llegue a pasar, al final siempre tendré los brazos abiertos para quien nunca dejo de tener en mente.

Este es era mi mejor regalo mientras cruzaba aquel desierto de sal. Para ti que lo mereces y que siempre estás.

David Flecha

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