Ilustración de Maria Kirk para Heidi (Spyri, 1880)
Acalanda TV Aitana Monzón Arte Autores Educación En recuerdo Libros Literatura Magazine Mujeres extraordinarias Novela de aventuras Opinión Recomendación Redactores Ser escritor Ser lector

Heidi y la herencia del ideal romántico en la educación

La motivación y la fuerza de voluntad, junto con algún incentivo - conocer las historias de la naturaleza - llevan a la enseñanza.

Ilustración de Maria Kirk para Heidi (Spyri, 1880)
Ilustración de Maria Kirk para Heidi (Spyri, 1880)

El concepto de infancia como hoy lo conocemos ha ido adaptando diferentes enfoques a lo largo de la historia, cambiando su discurso dependiendo del contexto histórico, sociopolítico y geográfico. Según el Oxford English Dictionary, se considera infancia al estado de la vida durante el cual uno es niño, concepto también unido a la relación entre el hijo y sus progenitores. Desde una perspectiva literaria, es preciso subrayar que en cualquier análisis de una obra clásica, todas estas representaciones tienen que ceñirse a su contexto. Este es el caso de Heidi, de la suiza Johanna Spyri (1827-1901), cuyo enfoque romántico y nostálgico se proyecta en la descripción paisajística de la novela y actúa como factor clave en el desarrollo de la protagonista, particularmente estableciendo una dicotomía clara entre los ambientes rurales y urbanos del siglo XIX.

Como bildungsroman o novela de formación (en un ámbito cinematográfico se proyecta con el género coming-of-age), Heidi, publicada en 1880, presenta el crecimiento físico y psíquico de una niña entre los Alpes suizos y la ciudad alemana de Fráncfort, en los bordes de una época crucial para el pensamiento literario, político y social marcada por el Romanticismo. El hecho de que Heidi, la protagonista, es huérfana, juega un rol importante en su futuro desarrollo, puesto que se encuentra fuera de lugar, tratando de hacerse hueco en un mundo que acaba de descubrir. A pesar de este carácter nostálgico por parte de la autora, el propósito principal de la obra parece hacer llegar al lector una reflexión centrada en la importancia de enseñar a los niños siguiendo el ideal romántico. Y es aquí cuando es preciso recalcar las ideologías e implicaciones sociales del entorno de la autora y de su obra. Desde este punto de vista podríamos considerar nuestra construcción de la infancia como un producto de los siglos XVIII y XIX, dado que en los tiempos ilustrados, los niños eran vistos como “pequeños adultos”, y por tanto no se tenían en cuenta las necesidades propias de esa etapa vital. Por fortuna, esto cambia con Rousseau, quien demuestra la delicada línea que separa a los niños de los pre/adolescentes basándose en el tránsito que conlleva la adquisición del lenguaje. No obstante, siguiendo la senda romántica, podría decirse que poetas como William Wordsworth también influyen en esta concepción, con su famoso verso “The Child is father of the Man”. En este caso, el poeta resume la idealizada visión romántica de la infancia, conectando así la figura del niño con la inocencia propia de su edad, y lo compara con un ser frágil que debe ser protegido y educado en su contexto, para que luego pueda aplicar esos conocimientos en la vida adulta.

Fotograma del anime Heidi (Takahata, 1974)

Volviendo al tema de Heidi, la base de esta discusión, es preciso recordar el apreciado contraste entre los Alpes y la ciudad. Esta oposición tendrá futuras consecuencias e implicaciones que se verán reflejadas en la salud de la niña, pero que al final se resolverán recurriendo a una solución intermedia, un aurea mediocritas en el que la religión también forma parte del proceso. 

La autora presenta la aldea de Im Dörfli como un escenario pastoral e idealizado, con montañas robustas y valles floridos que brillan desde el principio del relato. Este tratamiento intencional del paisaje, que influye en la evolución de Heidi, está conectado con el concepto romántico de lo sublime, actuando como una fuerza casi sobrenatural, incluso ocultando connotaciones religiosas. Desde el momento en el que Heidi llega al pueblo reconoce estar abrumada y fascinada por las vistas. Inconscientemente, y no como un acto rebelde, se despoja de sus ropas sin mostrarse arrepentida. Esta imagen actúa como un símbolo que ya en ese momento determina el carácter de la protagonista, rechazando las convenciones sociales ligadas a la moda o los estereotipos de género – algo que se repetirá después en una conversación entre el abuelo y Deta, la tía. No obstante, esta imagen sí tiene connotaciones negativas para la tía, quien culpa a la niña de ser estúpida e infeliz, incluso preguntándole si ha perdido el juicio. A partir de este pequeño conflicto, la autora subraya la falta de responsabilidad y la inocencia de Heidi, y por esto podemos decir que el mismo paisaje se proyecta en su alma “noble” y “pura”, dos adjetivos que en el curso de la novela adoptarán distintos enfoques. Pero esta inocencia, de alguna manera ligada a una profunda ignorancia hacia el mundo adulto – aunque pueda parecer natural e incluso lógica para cualquier lector del siglo XXI – sin duda conlleva un gran cambio de actitud hacia la visión de la infancia en aquella época de convergencia entre las ideas ilustradas y las románticas. Paralelamente a lo que Heidi manifiesta cuando se deshace de su vestido – rechazando su forma personal de opresión -, Clara parece también despojarse de lo que le oprime. Así, imbuida por ese escenario idílico y después de haber perdido su silla de ruedas, inconscientemente se levanta y comienza a andar. En este sentido, aunque pueda verse como un milagro por incluir ciertas referencias bíblicas, también actúa como símbolo, como acto de liberación de sus propias ataduras, con el propósito de poner fin a su trauma. Por estas razones los Alpes actúan como una fuerza sobrenatural y sanadora.

Fotograma del anime Heidi (Takahata, 1974)

Por otra parte, la ciudad de Fráncfort se presenta como un espacio frío, impersonal y ajetreado, con edificios altos y paredes gruesas que impiden ver la naturaleza a través de las ventanas. Este contraste con la atmósfera rural suiza afecta a la psique de Heidi. Antes de llegar, el abuelo rechaza la idea de que la ciudad pueda arruinar el carácter naive y puro de Heidi. Desde su punto de vista, el entorno urbano y el colegio son contrarios a la idea de libertad que ofrecen las montañas, y por eso simbolizan una forma de opresión. No obstante, en cierto momento de la novela, el cura del pueblo le dice al abuelo que ya es hora de que la niña aprenda algo provechoso. Puede que la idea de la ciudad o el pueblo, como elementos absolutos, no favorezcan el crecimiento de Heidi. Y por eso se pretende buscar algo intermedio. Mientras tanto, Heidi se instala en una gran casa burguesa, y a pesar de eso se siente terriblemente agobiada no sólo por el espacio en el que habita, sino también por las ropas que viste, la rutina que sigue y el rígido sistema educativo encarnado por la señorita Rottenmeier, quien ve a Heidi como algo contrario a esa idea de pureza y humildad, y no puede creer que alguien de su edad todavía no haya aprendido a leer y escribir. El hecho de que Heidi no pertenece a esa sociedad urbana le hace sentir vulnerable y abatida, soñando constantemente con el día en que pueda volver a las montañas. En este momento, aparece como punto de inflexión la figura de la abuela Sesemann, quien introducirá a Heidi en la religión y en una educación que no será forzosa, sino buscada por la propia niña desde el momento en que la anciana le hace creer que su voluntad la llevará a conseguir todo lo que se proponga. Esta es la moraleja de la novela, que implica de alguna manera que la motivación y la fuerza de voluntad, junto con algún incentivo – conocer las historias de la naturaleza – llevan a la enseñanza.

Ilustración de Jessie Willcox Smith para Heidi (Spyri, 1922)

Una vez que Heidi es introducida en la educación, algo que también implica la práctica religiosa, el binario entre la atmósfera rural y la urbana se rompe, y de esa manera la niña se instaura en un estado liminal o transitorio, pero posible. Como consecuencia, Heidi y su abuelo deciden bajar de la montaña al pueblo, dejando por tanto abierta la posibilidad de volver a la cabaña o a la ciudad siempre que quieran. En este sentido, Heidi ha evolucionado y se muestra ahora más consciente sobre el mundo y sus implicaciones, aunque esto no significa que haya perdido su ingenuidad, o que su perspectiva hacia las convenciones sociales hayan cambiado, sino que ha ido construyendo su pensamiento crítico. Así, una vez experimentada la vida en ambos lugares – teniendo en cuenta la importancia de la experiencia para el pensador romántico -, la niña elige un punto intermedio, híbrido, en el que continuar desarrollándose.


La visión romántica del espacio natural en Heidi ofrece no sólo un acercamiento nostálgico por parte de Johanna Spyri – probablemente basado en su ideal de infancia-, sino un punto de vista muy novedoso para la época en relación al sistema educativo. Debajo de esas descripciones paisajísticas se esconde promover una motivación ideológica en la que el desarrollo del niño ha de estar basado en experiencia y voluntad, nunca en imposición. Sin embargo, esto no viene a decir que un entorno urbano pueda ser perjudicial, sino que se abre un debate sobre la manera en la que educar a los niños, buscando nuevas alternativas. Como consecuencia, el concepto de naturaleza destaca como fuente de inspiración, valores y libertad, algo muy diferente a la opresión de la enseñanza estricta.

Aitana Monzón

Si te ha gustado este artículo, por favor compra la obra de la autora. Muchas gracias

0 comments on “Heidi y la herencia del ideal romántico en la educación

Gracias por comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: