Editorial Amarante - Vis a Vis - Jorge L Penabade - Carlos de Tomás

Vis à Vis

Entrevista al poeta, novelista y biógrafo Carlos de Tomás

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Una balada pegajosa

Me resulta inevitable empezar la lectura de Las mujeres del César con una evocación. En ella aparece nada menos que Quevedo doliéndose de los muros de la patria en un soneto inmortal que ilustra el topos barroco del pesimismo y el desengaño. De la mano de ese soneto entré en la morada de los Aquitano, la familia protagonista de esta singular novela, y encontré que, al igual que la casa del poeta, amancillada de anciana habitación, aquella mansión de Monte Calvario también era despojos.

Desconozco si el soneto de Quevedo estaba en la mente del autor de esta novela, acompasado con el tono fúnebre del que se reviste la Meditación de Massenet, que desde el inicio de la misma oficia el acompañamiento de un cadáver. En cualquier caso, entre cuartetos y tercetos que nos llevan al recuerdo de la muerte, la historia que aquí se nos cuenta es la de cualquier imperio, sea cual sea su naturaleza o su tamaño. Apogeo y decadencia. Y de ambos no queda otra cosa que el relato, la verdadera reliquia, la verdadera ruina que evoca un antiguo esplendor.

La promesa de cualquier esplendor es el vestigio, y en el caso que nos ocupa ese vestigio no es otro que el relato de Luis, el narrador, cuya voz resuena en las páginas de esta novela como en una estancia vacía. Ese es el poder de la palabra, el poder (y la fatalidad) de la literatura, que reivindica el autor en esta novela, y lo hace con todas las verdades, pero también con todas las trampas del relato, dándonos a entender que no importa demasiado que una historia sea falsa si a cambio perdura, porque ese es tal vez su sino. La naturaleza, ya lo sabemos, aborrece el vacío.

Así les ocurre a los Aquitano, de quienes sabemos por boca de un epígono, de un hombre convertido él mismo en vestigio, en último superviviente. Es a él a quien le corresponde contarnos la historia de una familia que corre paralela a la desgracia del país, porque pertenece a una clase social escasamente comprometida con el destino de la nación, una burguesía demasiado «aristocrática», entregada a sus propios excesos y condenada por ellos, cuando el tiempo ya no obedece al afán contemporizador de su status. La burguesía de la Restauración borbónica (aquellos días de bullir económico y tristeza nacional, dice el autor), que llega hasta nosotros sin conciencia de clase, manteniendo a duras penas sus lazos de sangre e implicada con el poder de la misma manera sospechosa y turbia con que la retrata y a la vez la encubre Luis, el muñidor de su memoria y su ficción.

De esa ficción es testigo y redactora Ana Clara, joven amante y negro de Luis, cuyo papel en la novela da pie a ese afán metaliterario del que hace gala su autor, con sus repetidas alusiones a la forma de un relato sin hilo que, de algún modo, rompen la cuarta pared del lector (un rasgo que podemos apreciar, sin ir más lejos, en la anterior «Zapatos en la estrada«). El relato convertido en un lienzo en el que cada urdimbre es una balada pegajosa que compone el todo… En esa urdimbre que es Las mujeres del César encontramos finalmente una historia desmadejada que oscila entre la verdad clarificadora de la escritura, en busca siempre de sosiego intelectual, y la mentira que surge de la propia belleza de las palabras, de las que cualquier narrador puede enamorarse, logrando que la mentira no sea un embuste, sino una ficción que envuelve la realidad.

El legado, el vestigio de los Aquitano que Luis entrega a la posteridad, viene impugnado precisamente por ese afán de sosiego intelectual que procura la verdad y que Ana Clara vislumbra en el borde mismo de la verosimilitud, donde se hace novela. En cierto modo, el desengaño de Ana Clara reproduce aquella cruzada en pos de la verdad que Natalia Ginzburg fomentaba en Las pequeñas virtudes, marcando nítidamente la línea de sombra que separaba la verdad de la mentira para una generación que vivió una guerra y que aprendió que la verdad no son los hechos, sino lo que se oculta tras los velos y las máscaras con que los mayores envuelven la realidad.

Así, en el relato de Luis queda finalmente en evidencia el conflicto de la herencia, esa ambigüedad y esa sospecha que los jóvenes no perdonan jamás a sus mayores, haciendo gala de la insolencia de quien entiende que la verdad es, ante todo, un imperativo moral. Pero nuestra verdad, en realidad, está hecha de relatos, Luis es el primero que lo sabe. Estamos hechos de Historia, cloacas y telerrealidad, dice el autor. Estamos hechos de memoria y de venganza, y nada de eso nos hace estar más próximos a las «cosas en sustancia», como pretendía la Ginzburg, porque los que mienten, como Luis, son los primeros que han conocido la desolación.

Lo que Carlos de Tomás nos ofrece finalmente en Las mujeres del César es el relato ambiguo de una gloria pretérita, que quiere mostrar tanto como ocultar, y lo hace desde la felicidad aparente de un escritor que es plenamente dueño de sus recursos. Pocas veces tiene uno esa sensación de felicidad que transmite un autor en estado de gracia, siendo capaz de contagiarla a la lectura. En esa transferencia, me parece a mí, es donde una obra como esta construye definitivamente su legado.

Jorge L. Penabade

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