Foto de Rafael Barros para PEXELS
CÓMO ME GUSTA MIRARTE


Cómo me gusta mirarte, 
en las líneas nocturnas de tus ojos
o entre cristales de barro y oro.


Cómo me gusta mirarte,
entre los azules que guardan tus manos
o ante un mismo cielo de brillos velados.


Cómo me gusta mirarte,
en tu pelo soleado
o en una trenza de campo arado.


Cómo me gusta mirarte,
sobre tu pecho blanco
o entre las alas de un abrazo verde.


Cómo me gustaría mirarte,
entre doseles al viento
o en cualquier universo que sueñes.

Juan J. Ramírez

«La Mona Lisa» (Leonardo da Vinci, 1503, Italia) se erige altiva e inalcanzable ante una nube de turistas que, cámara en mano, alimentan en cada visita al Louvre el misterio de esta dama. La también denominada «Gioconda» es un personaje muy persuasivo para quien la observa.

Dentro de su cofre de cristal acorazado te observa insinuante, hasta con cierto aire de desafío; ella genera una atmósfera tan sensual que sientes un irremediable deseo por volver a mirarla mientras te marchas.

Leonardo estudió cómo el ser humano percibe sensorialmente su entorno. Y gracias a ese conocimiento, pudo enfocar su habilidad pictórica a crear imágenes que jueguen con las impresiones del espectador. En «La Gioconda» usó de manera virtuosa la técnica del sfumato, consiguiendo unas sutiles sombras que difuminan las líneas de las figuras; de esta forma la percepción visual es menos exacta y el admirador debe interpretar lo que ve.

Por eso la joven no transmite una sensación estática, sino un ligero movimiento que nos hace creer que arquea su sonrisa y nos sigue con su cautivadora mirada.

«La Gioconda» expuesta en el Salón de los Estados del Museo del Louvre (París, Francia)

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