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Estéticas de la ausencia, de Mercedes Gómez Blesa

Escrito durante el confinamiento, el presente ensayo se compartimenta en distintas disertaciones acerca de las “estéticas”, -entendidas desde el punto de vista etimológico como ‘conocimiento sensible, percepción, sensación de la realidad… “trufado de emotividad” añadirá Gómez-Blesa-, de la ausencia, del aislamiento al que el mundo global y el individuo se han visto, y continúan, sometidas por las políticas económicas, sociales y sanitarias.

Mercedes Gómez-Blesa es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Sus estudios e investigaciones se han centrado en el pensamiento español contemporáneo, dedicando especial atención a la obra de las intelectuales de la II República, muy especialmente a la de María Zambrano, de cuya Fundación es patrono. De la filósofa ha preparado la edición crítica de los libros Un descenso a los infiernos (1995), Unamuno (2003), Pensamiento y poesía en la vida española (2004), Las palabras del regreso (2009) o Claros del bosque (2011).

Es autora de los libros La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano (Premio Gran Vía de Ensayo), Las intelectuales republicanas: la conquista de la ciudadanía (2007)o Modernas y vanguardistas. Las mujeres -faro de la Edad de Plata (2019).

Es vicepresidenta de la Asociación El Legado de las mujeres, cuyo fin prioritario es reivindicar e incluir la presencia de las mujeres de todas las ramas de saber y ámbitos de la cultura en los manuales de texto de las diferentes materias de la Enseñanza Secundaria.

Estéticas de la ausencia es su último ensayo. Publicado en 2021 por la editorial Huso, investiga y reivindica el deber de la filosofía de tomar partido y encontrar caminos de encuentro entre el individuo y la comunidad.

Foto de portada

Escrito durante el confinamiento, el presente ensayo se compartimenta en distintas disertaciones acerca de las “estéticas”, -entendidas desde el punto de vista etimológico como ‘conocimiento sensible, percepción, sensación de la realidad… “trufado de emotividad” añadirá Gómez-Blesa-, de la ausencia, del aislamiento al que el mundo global y el individuo se han visto, y continúan, sometidas por las políticas económicas, sociales y sanitarias.   

“Toda crisis tiene como misión mostrar al desnudo las raíces del mal que nos aqueja”. Gómez-Blesa expone cómo el neoliberalismo venía escondiendo oscuros rincones  camuflados en una sociedad de hiperconsumo, “del bienestar”, -“industria de la felicidad complaciente y anestesiante”- que creía en un tiempo eterno. A la “felicidad” a la que habían llegado, viviendo en eterno presente, el mundo occidental, irían llegando el resto de países. Pero no ha sido así. El mundo interconectado y global en el que vivimos ha colapsado.

“El neoliberalismo es una máquina de fabricar vulnerabilidad” y este la distribuye de manera desigual, afirma Gómez-Blesa. Una vulnerabilidad que es propia del ser humano, pues esta forma parte de nuestro ser precario y finito, pero a ella no se enfrentan todos los individuos de la misma manera. Hay ciertos sectores que tendrán esa vulnerabilidad “a salvo”, asegura. Reconocer esa vulnerabilidad supone “pensar el problema del cuidado en la vida en común”. Asegurar vidas vivibles, reconocibles, llorables, no anónimas. Inteligibles.

En este ensayo, al que acompañan fotografías de distintas instalaciones de la artista valenciana Natividad Navalón, Mercedes Gómez-Blesa propone repensar el relato de autosuficiencia racionalista del sujeto de la tradición occidental; en coherencia con el postcolonialismo y algunas teóricas feministas, insiste en que el cuerpo y el cuidado son cuestiones esenciales para pensar la vida. El cuerpo, que es materialidad, fragilidad, deseo; el cuidado, que supone sostener la supervivencia, la finitud del cuerpo, la interdependencia con otros cuerpos.

La maleta de mi madre. Fotografía de la instalación de la artista Natividad Navalón en el IVAM. 2009

Urge repensar un marco social más igualitario y democrático de reconocibilidad valorada. Si el sistema normativo -que es propio de toda sociedad- integra, colectiviza, también por ese mismo mecanismo margina y exilia. Esto se relaciona con el canon  de reconocibilidad del sistema normativo del poder: varón-blanco-occidental heterosexual-propietario-culto-padre de familia- sin discapacidad física o psíquica. Las cifras advierten cómo la presente crisis ha venido a insistir en las ya profundas diferencias sociales existentes y aumentar las desigualdades entre pobres y ricos. Las remesas de ayudas destinadas a países en vías de desarrollo han caído; los sectores sociales más desfavorecidos han sufrido en primer término las consecuencias. “La pandemia ha venido a agudizar más la noción de exclusión (…) Qué vidas deben ser sacrificadas en beneficio de la totalidad.” Periódicos como The economist, New York Times, The Guardian o Washington Post denunciaron el estigma de la raza y el color. También de género. Las mujeres tienen de media empleos más precarios, inestables y expuestos.

Gómez Blesa remite al filósofo camerunés, teórico político, Joseph-Achille Mbembe para quien esta lógica del sacrificio está en el corazón del neoliberalismo, cuyo sistema ha funcionado siempre con la idea de que unas vidas valen más que otras, en función de lo productivas que estas sean o la capacidad de acumulación de capital. Criterio economicista palpable, para Gómez Blesa, en el desmantelamiento por parte de las Administraciones del servicio público de salud, con criterios empresariales.

Una vez abierta esta enorme grieta en el estado de bienestar, nuestra falsa sensación de seguridad, “ha cambiado nuestra manera de concebir el tiempo y el futuro.” “La happycracia que ofertaba el estado de bienestar ha venido a ser sustituida por la fobofobia (miedo al miedo) y la tanatofobia.” Nos encontramos en un momento de stand by. De ese presente eterno, globalizador, de ritmo aceleradísimo, de desaparición del volumen del tiempo y del espacio por la interconectividad tecnológica hemos pasado a un presente único y succionador.  Virilio clasifica la aceleración de nuestra Modernidad tardía en tres tipos: tecnológica (que afecta a transportes, producción…), de cambio social (la que afecta a modas, valores, o las más importantes instituciones como son la familia y el trabajo) y la tercera, la aceleración del ritmo de vida, con el consecuente estado en alerta, de urgencia y de “hambre de tiempo”. Aceleración que, no obstante y paradógicamente, como señala el filósofo alemán Harmut Rosa, no es transformadora de nada, supone una “cinética vacía”.

Según Rosa hemos pasado de ese ritmo vertiginoso de principios del siglo XX (Torres Gemelas, crisis del 2008) a la sensación de “acabamiento”. La política de austeridad que obligó a los estados a reducir el gasto público comienza a desmantelar la sociedad de bienestar. La quiebra del presente eterno. Ahora sí hay un anhelo del pasado, que actúa en nosotros como un mecanismo de defensa ante la desconfianza en el futuro. “Ha periclitado el ideal ilustrado que vinculaba la mejora de la humanidad con avance de la razón científico-técnica, pues hemos comprobado cómo la revolución tecnológica, lejos de contribuir a una mejora de la condición humana, ha supuesto en muchos casos, una mayor deshumanización”, dirá la filósofa.

“Somos naturalezas problemáticas”, dirá Gómez Blesa a quienes durante el confinamiento se nos ha impuesto una ruptura con el tiempo y el espacio anteriores. Un idirritmo, una parálisis de la vida productiva que llevábamos, y en ese parón muchos hemos sentido ese anhelo arcaico de salida al mundo natural, al estilo de los “filósofos de cabaña”. Nos recuerda la filósofa a Heidegger, Spinoza, Rousseau, María Zambrano en su largo exilio y su casita del Jura francés, cuando en medio del bosque alcanza la clarividencia y se le revela la verdad. Rescata el bello fragmento de Thoreau de Vida en el bosque:

Fui a los bosques porque quería vivir solo, deliberadamente, para afrontar los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que tenía que enseñar y no descubrir, a la hora de la muerte, que no había vivido

Defiende Gómez Blesa esa “soledad centrada de los pensadores de la intemperie” que ya auguraron lo productivo del silencio. Sin embargo, está en alza la mundanidad; ante este exceso de interconectividad, necesitamos una filosofía de la lentitud. La recuperación de un ritmo más natural e íntimo. Un ritmo propio que propicie un espacio de recogimiento. En este nuevo tiempo, además, hemos de replantearnos el sentido de comunidad. Nos encontramos ante el enorme desafío de la relación del sujeto con el “nosotros”. Vivimos en una cultura individualista concentrada en los logros personales que, a su vez, desacredita y minusvalora la fe en los ideales de justicia, igualdad y solidaridad, desdeñando en muchos casos la naturaleza humana al centrarse como soberbia, egoísta y banal. Desmontar este nihilismo es, para Gómez- Blesa, tarea urgente.

La tesis de Estéticas de la ausencia defiende la dependencia de unos con otros, la necesidad de la cercanía de los cuerpos “para ser amados, atendidos, trascendidos”, “lazos afectivos que nos protejan del mal del siglo, la soledad”. Y reclama la solidaridad de los brazos no solo más próximos, sino de las personas que conformamos el “nosotros”. No se trata, insiste la autora, de un “buenismo ingenuo”, sino “de la sacudida de la brutal experiencia de la contigüidad”; esto para ella sería “ejemplo de democracia radical.”

Hemos de perseguir, como recuerda Marina Garcés, una nueva comprensión del mundo como “vida compartida”, y nos aporta la autora la hermosa frase de Maerlau-Ponty “Es por mi cuerpo que conprendo al otro”, que asentó las bases de la ontología del cuerpo: en nuestra percepción del mundo no hay un yo y otro, sino un entrelazamiento, un “quiasmo” lo llama Gómez Blesa, una reversibilidad. Este “anonimato” en el sentido de un yo transido de la experiencia social trasciende la individualidad.

Por unas páginas cargadas de fuentes, alusiones y referencias a autores y filósofos como Foucault, Barthes, Lévinas, Nancy, Butler, Deleuze… entre otros, reclama la autora de este ensayo el situarnos en el intermedio punto del “nos-otros”, es decir, la defensa de la relación entre el yo y los demás; de la comunidad como lugar de encuentro que me ayuda a entender mi singularidad:

“Hay entre nos-otros una extrañeza necesaria que nos preserva de ser un colectivo indistinto y nos permite ser dos singularidades que se aportan mutuamente”

En esta obra valiente y necesaria, la filósofa Mercedes Gómez-Blesa nos plantea este reto, esperanzador y urgente: más allá de colectivos que se excluyen y marginan, debemos crear un mundo común que nos aporte a todos, que nos incluya sin diluirnos, con nuestras individualidades y singularidades.

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