Acalanda Conejos

YO, ABO. Capítulo 23: El factor sorpresa.

Me dirigí entusiásticamente hacia mi casa. Nuevamente, me sentía tan pleno y vital como Gene Kelly en “Bailando bajo la lluvia”. Confieso que en este mágico escenario me hubiera gustado ver llover a cántaros, como en la escena principal de esta película. Pensaba yo que la gran fuerza del amor que me embargaba en ese preciso momento habría sido capaz de superar mi pudor natural, empujándome a escenificar mi particular “Bailando bajo la lluvia”, casi con el mismo virtuosismo que el propio sr. Kelly.

El cielo de Málaga de este día continuaba siendo algo nuboso, sin alterar ni un ápice mi espíritu radiante. Todo me parecía que brillaba de un modo especial. Las personas con las que me iba encontrando por el camino las percibía alegres y felices. Así que me hice la siguiente reflexión: ¿Son alegres y felices o me las percibo yo de este modo porque mi estado de ánimo es de alegría y felicidad?

Ahora me parecía entender con mayor claridad el principio inmutable de que la vida es una interpretación. Como me comentó mi madre, la vida no es lo que uno ve, sino la interpretación que hacemos de lo que nos sucede; o dicho, de forma poética, todo es según el color del cristal con que se mira. Ahora podía entender profundamente un cuento —el cuento de los viajeros— que había leído hacía tiempo relacionado con nuestra forma de percibir las cosas de la vida.

El cuento describe la historia de unos viajeros que, conforme se iban acercando a una ciudad, preguntaban a un viejecito que se encontraba junto a la puerta de entrada cómo era esta ciudad. El viajecito, antes de responderles, les hacía siempre la misma pregunta: ¿Cómo es la ciudad de donde ustedes proceden? Si la respuesta del viajero era que la gente de la ciudad de la que ellos procedían era egoísta e infeliz, él le respondía que la ciudad que deseaban visitar era exactamente igual: egoísta e infeliz. Si, por el contrario, los viajeros respondían que los habitantes de la ciudad de la que ellos procedía eran generosos y felices, entonces él le respondía que la ciudad a la que se dirigían era igual: de gente generosa y feliz. La moraleja de esta historia es que nuestras propias creencias determinan la manera de ver la vida.

Personas hablando a las puertas de una ciudad 1 - Mi gran elección - Acalanda Magacín

¿Y por qué la vida es del color del cristal con que se mira, según afirmó el poeta? —pregunté una vez en un seminario de crecimiento personal al que asistí en Barcelona, animado por mis amigos y compañeros de piso Manel y Gerard. El conferenciante me respondió sin dudarlo:

—Vemos la vida según nuestro sistema de creencias. Todos nosotros tenemos unas ideas prefijadas sobre cómo debe ser la vida; cómo quiero que me traten los demás; cómo quiero que se gobierne el mundo a nivel ético, moral, político o económico; en qué casa me gustaría vivir; en qué lugar; cómo deseo que sea mi pareja; cómo tienen que ser mis hijos; qué profesión me gustaría desarrollar; cómo quiero que me traten mis jefes; cómo deben comportarse mis subordinados, etc. También tenemos ideas prefijadas sobre nuestras posibilidades, capacidades y merecimientos en la vida.

—¿Y esto es bueno o malo? —repregunté.

—El sistema de creencias puede hacernos infelices en la vida si estas son limitantes —fue su escueta respuesta, dejando un largo silencio para la propia reflexión de los asistentes.

—¿Y qué son esas creencias limitantes? —fue la tercera pregunta que surgió desde un cierto lugar de la sala donde se impartía este seminario, rompiendo el largo silencio.

—Las creencias limitantes son las que generan bloqueos en las personas a la hora de llevar a cabo sus sueños y objetivos. Son ideas negativas, que no tienen por qué ser ciertas, pero que la propia persona las considera como tal, actuando en consecuencia.

—¿Podría poner algún ejemplo, por favor? —preguntó otro de los asistentes.

—La creencia de que no seré capaz de encontrar trabajo es un ejemplo de creencia limitante; el que no estoy capacitado para tal o cual trabajo y, por lo tanto, deberé buscar uno que sea inferior a mi titulación es otro ejemplo; también lo es el considerar que no merezco determinado reconocimiento laboral; que no conseguiré una pareja estable; que esa chica o ese chico no es para mí; que no soy capaz de hablar en público; que yo no podré nunca ser rico; que soy un patoso…

—¿Y todo esto de las creencias limitantes de dónde procede? ¿Uno nace o se hace con ellas? —preguntó un nuevo asistente.

—Las creencias limitantes, como les vengo diciendo, son percepciones que uno mismo tiene sobre su persona o las situaciones a las que se enfrenta, con un enfoque negativo y pesimista en la mayoría de los casos. Uno no viene a este mundo con creencias limitantes, sino que el entorno en el que le toca vivir y sus propias experiencias de los primeros años generan estas creencias limitantes. ¿Saben ustedes cómo se domestica a un elefante de un circo? –preguntó el instructor del seminario-. Pasado un tiempo prudencial, al no hallar respuesta alguna del público asistente, nos ofreció la siguiente respuesta:

—Los elefantes, después de pasar unos seis meses luchando contra las ataduras impuestas por sus entrenadores, terminan agotados, sin energía y vitalidad. Entonces dejan de intentar escapar, quedando predispuestos al aprendizaje de ciertos comportamientos. Aprenden a saludar; a recostarse cuando se les ordena; a sentarse; a ponerse de pie, etc.

—Pero esto es terrorífico —protestó un asistente.

Elefante 2 - Mi gran elección - Acalanda Magacín

—Lo es, sin duda. Se podría decir que el ser humano también queda sometido a torturas y condicionamientos que le convierten en un ser vulnerable, con creencias limitantes acerca de sus posibilidades en la vida.

—¿Y qué se puede hacer al respecto? ¿Existe algún antídoto contra ellas? ¿Pueden ser superadas de algún modo? ¿Qué pautas pueden ayudarnos a cambiar las creencias limitantes —preguntó un nuevo asistente?

—Me alegro de que me haga esta pregunta, porque ahí está la clave. Me acaba de hacer usted la pregunta del millón de dólares. Cambiar las creencias limitantes es posible, siempre y cuando seamos conscientes de ellas. Todos tenemos creencias limitantes; por lo tanto, lo que tenemos que hacer es cambiarlas. ¿Cómo? ¿Saben ustedes cómo se cambian las creencias limitantes?

De nuevo se hizo otro nuevo y largo silencio. Es lo que suele ocurrir en estos casos. Lo he venido observando desde mis primeros años de formación en el colegio; y luego, por supuesto, en la universidad y en este tipo de encuentros con gente muy formada. Pero no hay manera. Siempre sucede lo mismo: que nadie se atreve a meter la pata, a parecer tonto o atrevido. Creo que esta actitud de inhibición es un claro ejemplo de creencia limitante.

Durante mi etapa de formación como ingeniero he pensado muchas veces por qué nos da tanto reparo preguntar. Después de diversas reflexiones he llegado a la conclusión de que el sistema educativo nos ha grabado en nuestras mentes la idea de que lo que importa son las respuestas, pues las preguntas se formulan por quién no sabe. Pero esto no es del todo verdad. Algunos pedagogos entienden que las preguntas son medios para abrir espacios al conocimiento; y que la inteligencia no es sólo la capacidad para resolver problemas, sino también la de plantearlos. Seguramente, mi abuela Julia, pionera en la Inteligencia Artificial planteó, como los grandes científicos de toda la historia de la Humanidad, hipótesis y proyectos de investigación.

—Veo que no se animan a contestar a esta crucial pregunta; pues, en este caso, se quedan sin el millón de dólares, ja, ja, ja. Bueno, verán —comentó el instructor, rompiendo el largo silencio tras la pregunta planteada.

Lo primero que deben hacer es fijarse ustedes en la creencia limitante: Pueden escribirla, y empezar a investigar sobre ella. ¿De dónde viene y cómo te limita? Se trata de indagar a fondo sobre las creencias limitantes que cada uno de ustedes tiene para encontrar la raíz del problema. Este será, pues, el primer paso para empezar a cambiar esas creencias limitantes y crear las creencias potenciadoras.

Vamos a trabajar, si les parece, con una creencia, para que comprendan cómo deben afrontarla y superarla. Les propongo la siguiente: No voy a encontrar pareja jamás. ¿Qué es lo primero que deben hacer?

—Realizar una profunda reflexión —comentó un asistente.

—¡Muy bien! —respondió el instructor. Uno debe preguntarse: ¿Cómo me afecta esta creencia ahora? Deben ustedes valorar todo aquello que esté relacionado con el pensamiento que les bloquea, así como las cosas que les impide avanzar. Posteriormente, cuando definan esto, lo ideal es pensar la forma en la que se ven en el futuro suprimiendo esta creencia. ¿Me comprenden?

—Si, de acuerdo, pero es que a veces uno se desespera cuando no ve los resultados apetecidos —reflexionó un nuevo asistente.

—Cierto, caballero —asintió el instructor. Pero es que deben dar un paso más, deben avanzar hasta conquistar el siguiente estadio. ¿Cuál? Les pongo un ejemplo. Si, por ejemplo, hasta ahora el pensamiento predominante —la creencia limitante— es que no vas a encontrar pareja jamás, lo más probable es que lo veas reflejado en tu propia vida, con relaciones fallidas. Así que, ¿Qué es lo primero que debemos hacer?

Hombres animales Collage 2 - Mi gran elección - Acalanda Magacín

—Determinar cuándo surgió esta creencia limitante y lo que a uno le está suponiendo en su vida –respondió un asistente.

—¡Correcto! ¿Y luego? —volvió a preguntar el instructor.

—Generar nuevas creencias, positivas, claro.

—¡Bien! — reafirmó el instructor. Llegados a este punto, es el momento de establecer nuevas creencias que vayan en la dirección de aquello que se quiere alcanzar. Por ejemplo, para el pensamiento o la creencia limitante de “No seré capaz de encontrar una pareja estable”, el antídoto, es decir, la creencia potenciadora o expansiva debería ser: Mis relaciones anteriores no tienen por qué condicionar mi presente, ni mi futuro. Soy una persona valiosa, que tiene mucho que ofrecer. Soy capaz de encontrar una pareja estable.

Con estos pensamientos sobre las creencias limitantes y expansivas de este seminario al que asistí en Barcelona llegué a mi casa decidido a ponerme al día con mi ordenador, mi maravilloso” MacBook Air”, de 13 pulgadas: un ser inanimado que siempre ha estado dispuesto a escucharme cuando ha sido preciso, las 24 horas del día, los 365 días del año, y esto sin pedirme casi nunca nada a cambio.

Bueno, en honor a la verdad, el reencuentro con mi ordenador me producía mucha inquietud, mejor dicho, miedo, mucho miedo. Es que las dos últimas experiencias anteriores con él habían sido cuanto menos dignas de una novela de encuentros con seres de otros mundos. Sí, he de reconocerlo, en ese momento sentía miedo, mucho miedo. Un miedo que no podía eludir. Así que, determiné superarlo con la técnica que recomiendan los psicólogos: enfrentarme a él. Me fue también de gran utilidad el recuerdo de una frase motivadora del activista sudafricano, Nelson Mandela, que dice: “Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es quién no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”.

Pero antes de presentar mis respetos a don “MacBook Air” y afrontar sus posibles desafíos burlescos, pensé que primero tenía que poner al tanto de mis recientes “batallitas” a la mejor madre del mundo y amiga. Y lo hice pisando fuerte y de forma bien audible, que ya se sabe lo que puede ocurrir cuando lo hacemos de forma gatuna: provocar un susto monumental en la persona que recibe la visita, generalmente ensimismada en sus propios pensamientos. 

—Mamá, mamá, ¿Por dónde andas? —pregunté de manera audible y triunfal para que mi madre tuviera conocimiento de mi presencia. Al no obtener respuesta me pasé por el jardín y la piscina y nada, ningún rastro de su maternal presencia. ¿Dónde andará? Pues… en la cocina, ¿Cómo no? Pero tampoco, mamá no se encontraba en la cocina. Hice una rápida inspección ocular para tratar de hallar algún vestigio o prueba material de la perpetración del delito, y… ¡voila! Mi madre me había dejado una nota pegada en la puerta de la nevera, para indicarme que había quedado a comer con su amiga Laura. También que me había dejado algunas cosas preparadas para que yo comiera. Bueno, ¡qué le vamos a hacer! —me dije— tendré que dar de nuevo “tiempo al tiempo”. ¡Con las ganas que tenía de decirle que había conocido por casualidad a una amiga de la abuela Julia y que, al parecer, me había tenido de bebé entre sus brazos!

Subí las escaleras de la casa rumbo a mi habitación, con la disposición de retomar mi disciplina de estudiante universitario. Lo hice con paso firme, recordando el pensamiento de Mandela de que “El valiente no es quién no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”. Después de tantas e intensas emociones, descubrimientos, reflexiones y encuentros, de haber conocido a personajes tan interesantes como Jerry Mander y sorprendentes como Mari-Luz, y hallado el amor de mi vida en la persona de Valeria, esta tarea de volver a la disciplina de universitario me resultaba anodina, poco estimulante y nada motivadora. Pero era lo que tocaba. Debía de aceptar que la vida no es siempre un carrusel repleto de fuertes emociones como el de la época gloriosa del Parc d’atraccions de Montjuïc.

 Alguna vez mi madre me ha hablado de él. Desde finales de los años 60 —fecha de su inauguración—, se iba a montar en el tren miniatura, los carruseles, las olas giratorias, las norias, las montañas rusas y un sinfín de distracciones más o menos aéreas que emocionaron a los pequeños, divertían a los medianos y a los que no lo eran tanto. En fin, toda una metáfora de la era de la velocidad, la vida loca y las emociones fuertes.

Pero no, amigos, era lo que tocaba. La vida es una amplia oferta de cometidos y distracciones, que van desde el mundanal ruido hasta la eterna paz de los cementerios; también de luces y sombras; de noches y días; de tristezas y alegrías; de sonrisas y lágrimas; de avances y retrocesos; ¡ah! y de nuevas sorpresas inesperadas, como la que me tenía reservada mi amigo el sr. “MacBook Air”.

Humano espiritual - Mi gran elección - Acalanda Magacín

Nada más sentarme y encender el ordenador, mi sistema reticular activador ascendente se puso a pleno funcionamiento para llevarme desde un estado de conciencia relajada y distraída a otro de alta tensión. Como yo ya preveía, la bandeja de entrada de mi correo electrónico contenía innumerables mensajes. En este caso, no había ningún asunto con, “Hola, Abo”. Bueno, esto me tranquilizó un poco al principio. Pero, había uno procedente de la Stanford Junior University que activó todas mis alarmas mentales. Estaba encabezado por “Wecome mister Pablo Martín Allué. Comprendí instantáneamente que se trataba de la respuesta a mi solicitud para cursar el posgrado o master de Machine Learning.

Efectivamente, de esto se trataba. Era la respuesta a mi solicitud, lo que provocó que se fundieran todos mis plomos, físicos, mentales y emocionales. El contenido del mensaje escrito en inglés venía a decir que, vista mi solicitud y valorados todos mis méritos formativos, me consideraban apto para cursar un curso en Machine Learning en esta Universidad.

Durante el periodo formativo de ocho meses (Desde de noviembre del año 2019 hasta el 30 de junio del 2020) tendría la oportunidad de iniciarme en el Aprendizaje supervisado (algoritmos paramétricos/no paramétricos, máquinas de vectores de soporte, núcleos, redes neuronales). Aprendizaje no supervisado (agrupación, reducción de dimensionalidad, sistemas de recomendación, aprendizaje profundo). Prácticas en aprendizaje automático (teoría de sesgo/varianza; proceso de innovación en aprendizaje automático e IA). Aplicación de algoritmos de aprendizaje para construir robots inteligentes (percepción, control), comprensión de textos (búsqueda web, antispam), visión artificial, informática médica, audio, minería de bases de datos y otras áreas.

—¡Ostias! —exclamé de forma verbalizada, dando un buen golpe en la mesa con la palma de mi mano. La prestigiosa Universidad de Stanford dándome la oportunidad de ser uno de los suyos y yo con estos pelos. ¡Joder, qué fatalidad! ¿Y ahora qué? ¿Qué coños hago yo ahora? ¿Con qué cara me presento ante mi amada Paula y le digo que, en lo mejor de nuestra “Love Story”, tenemos que separarnos por una larga temporada? Me parece que la bofetada que me daría sería de mayor envergadura que la que le propinó el galán Glenn Ford a la glamurosa Rita Hayworth en Gilda, o la de Jack Nicholson a Faye Dunaway en Chinatown.

—¿Cómo es posible que, tras una decisión meditada y firme, ahora me hayan surgido nuevas dudas, pero en sentido contrario? es decir, que, probablemente, lo que tengo que hacer ahora es hacer el viaje trasatlántico? ¿Por qué soy tan voluble, joder? ¿Es que uno no tiene derecho a equivocarse, rectificar y cambiar de opinión?

En ese momento sentía que estaba ante “el todo o nada” de un gran concurso televisivo. La cuestión era bien simple, pero con grandes implicaciones: San Francisco o Barcelona (o cualquier otra ciudad de la geografía española). Dicho de otro modo, ante mi vista se desplegaron dos caminos: el fácil y el difícil; el de la inseguridad y el de la seguridad; el incierto y el cierto. ¿Cuál elegir? Esta era la cuestión.

Ciertamente, tenía que tomar una decisión para mi vida, y esto implicaba muchas cosas. En esos instantes, mi alma era una batalla mental a tumba abierta. Era consciente de que toda nuestra vida avanza en el sentido de nuestras decisiones, unas decisiones que definen el rumbo de nuestra vida. La perpetua cuestión que nos planteamos a cada instante es: ¿Cuál es el rumbo o el camino correcto?

En este debate mental conmigo mismo sobre los dos caminos que despliega siempre la vida, empecé a recordar el que mantuve con mis amigos Manel y Gerard. En aquella ocasión, Manel fue completamente asertivo:

—Hay que elegir siempre el más difícil.

—¿Por qué? —inquirí.

—Porque si eliges el difícil luego te será todo más fácil.

—¿A sí?

Decision Collage 2 - Mi gran elección - Acalanda Magacín

—Este principio no es mío —me aclaró—, sino de un general de Napoleón. Aparece en una biografía de un general de Napoleón, el que descubrió la piedra Roseta, que luego serviría para descifrar los jeroglíficos griegos. La frase original era, al parecer, esta —me explicó: “Cuando estás en la guerra, elige siempre el camino más difícil; luego te será todo más fácil”.

—Bueno, pues habrá que tener en cuenta este buen consejo de este gran general de Napoleón —asentí.

—En todo caso —terció Gerard— como escribió Lewis Carrell en su magnífica obra de “Alicia en el país de las maravillas”: “No importa mucho adónde, dijo Alicia. Entonces, no importa qué camino tomas, dijo el Gato.”

—Porque… —empezó a explicar Manel.

—Porque, ¿Qué? —pregunté yo.

—Porque, según el antropólogo peruano, Carlos Castaneda, escritor de la famosa saga de las enseñanzas de don Juan Matus: Todos los caminos son iguales, no nos llevan a ninguna parte. Por lo tanto: ¡Elige un camino con el corazón!”

¿Debería, entonces, hacer la elección de mi próximo camino siguiendo los dictados de mi corazón?

Pablo Martín Allué


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