Acalanda Ser o no Ser

YO, ABO. Capítulo 24: Ser o no ser, esa es la cuestión.

Me encontraba frente a mi ordenador con un gran dilema existencial. Del mismo tenor que el inmortal “To be, or not to be, that is the question” (“Ser o no ser, esa es la cuestión”) del Hamlet. Y, como a este príncipe danés, creado por la pluma de Shakespeare, me atribulaba la enorme tensión anidada en mi mente por una batalla entre la seguridad que representaba lo conocido contra la inseguridad de lo desconocido. El príncipe Hamlet dilucida para sí mismo: ¿Quitarme la vida, acabando de una sola vez con todas mis angustias y males, o seguir viviendo, teniendo que enfrentarme a las terribles dificultades de esta vida injusta? El joven ingeniero informático, Pablo Martín Allué, lo estaba haciendo a su modo con la cuestión de: ¿Debo viajar hasta San Francisco siguiendo los dictados de mi corazón, o mantenerme en mi zona de confort de lo conocido y previsible? Ser o no ser; esta es la cuestión; esta es la pregunta; de esto se trataba. 

Decision Collage 2 1 - Ser o no ser, esa es la cuestión - Acalanda Magacín

Era, sin duda, un gran dilema. Una disyuntiva que sólo yo mismo tendría que despejar. Me encontraba frente a mi ordenador completamente solo, sin papá, ni mamá y, por supuesto, siguiendo el dicho popular, sin perro que me ladre. Hasta ahora ellos habían dirigido mi barca, orientándome sobre lo que me convenía o no en la vida; me habían procurado todas mis necesidades materiales y resuelto todas mis dudas existenciales. Pero ahora no estaban conmigo para resolver mi gran duda existencial; y aunque lo hubieran estado, nada podrían haber hecho por mí. Sentía que era ya un hombre solo tratando de despejar su propio destino. Un pajarillo que acababa de salir del nido. ¿Un pajarillo que acababa de salir del nido? –dije para mí- esto me recuerda a la historia que un día me contó Gerard, muy ilustrativa de la importancia de tomar nuestras propias decisiones:

—Mira, Pau, nos han educado para depender siempre de los otros; para desconfiar de nuestros propios pensamientos, sentimientos y decisiones. Primero a depender de nuestros padres, luego de nuestros maestros escolares, y en la edad juvenil y adulta de nuestras parejas, nuestros profesores universitarios, nuestros jefes o los representantes de las instituciones públicas o privadas. Sin embargo, las respuestas a la mayoría de nuestras preguntas se encuentran en nuestra propia mano.

—¡En nuestra propia mano! —exclamé.

—Sí, en efecto, en nuestra propia mano. Lo entenderás mejor con un cuento. Resulta que hace mucho tiempo, vivía un ermitaño —un viejecito muy sabio—en lo más alto de una montaña. Hasta su humilde morada –una pequeña cabaña-se acercaban muchos de los aldeanos de la zona para consultarle sobre diversas cuestiones de toda índole: si iban a encontrar pronto pareja; si les convenía hacer determinado negocio; si saldrían de su grave enfermedad; si hay vida después de la vida…Pues un día, un aldeano malintencionado, quiso probar su sabiduría y poder para adivinar el futuro, vamos si sus consejos eran consistentes o meras paparruchadas. 

Cuando estuvo ante su presencia, le dijo: Ya sé que usted es muy sabio y que tiene el poder de la adivinación, así que, si no le parece mal, me gustaría que me dijera si el pajarillo que escondo en mi mano derecha está vivo o muerto. 

Ermitano Collage 2 - Ser o no ser, esa es la cuestión - Acalanda Magacín

El aldeano malintencionado había ideado su propia estrategia: si este supuesto sabio me dice que el pajarillo que escondo en mi mano está vivo, lo aprieto fuertemente y lo mato; por el contrario, si me dice que está muerto, lo único que tendré que hacer será abrir la mano para que compruebe que está vivo. De este modo, este viejecito quedará expuesto ante todo el mundo como un perfecto farsante, de una vez por todas. 

—¿Y qué pasó? —pregunté impaciente, tratando de averiguar el resultado final de este desafío adivinatorio.

—Algo muy sencillo. El sabio, tras examinar detenidamente las manos del aldeano, le miró fijamente a sus ojos, sentenciando: la respuesta a tu pregunta se halla en tu propia mano. 

Sí, ciertamente, el dilema que me estaba atenazando en ese momento se hallaba en mi propia mano. Era yo —y solo yo—, quien tendría que resolverlo. Bueno —pensé instintivamente— quizás me sea de cierta utilidad alguna orientación o consejo de una persona tan sabia como el viejecito ermitaño del cuento de Gerard.

Ermitano 2 Collage 2 - Ser o no ser, esa es la cuestión - Acalanda Magacín

¿Quién? ¿Quién me puede ayudar a resolver el enigma de mi propia vida? ¿Mari-Luz? —fue el nombre que me llegó repentinamente. Sí, claro, Mari-Luz, quizás Mari-Luz me pueda ayudar, una mujer de mundo, conocedora de lo divino y lo humano, y que ha aparecido en mi vida en el momento más oportuno. Jolines, es que, últimamente, todo lo que me sucede parece organizado por una inteligencia desconocida para mí. 

Mi problema no podía demorarlo “ad eternum”. Tenía que coger el toro por los cuernos, es decir, afrontarlo rápidamente, con valor y decisión, de frente, aquí y ahora. Así que, ni corto ni perezoso –una expresión, por cierto, que tomaba prestada de mi padre Alexandre, muy utilizada por él- me puse manos a la obra —ésta de mi amigo Manel- y le envié un whatsapp a Mari-Luz.

—Hola, de nuevo, Mari-Luz. Ha sido un placer para mí conocerte. Siento que tuviéramos que interrumpir nuestra interesante conversación. Me gustaría retomarla. Además, tengo algunas cuestiones personales que quiero comentarte para escuchar tu parecer. ¿Me podrías decir, por favor, en qué momento te vendría bien que quedáramos?

Lo envié convencido de que mi interlocutora tardaría un cierto tiempo en responder, por lo que me puse a revisar el resto de los correos, esperando la caída de la breva. Sin embargo, para mi sorpresa, la respuesta se produjo inmediatamente, como salida de un programa automatizado.

—Pero… ¡leñe! —esto de leñe es también muy de mi padre— veo que esta mujer octogenaria está permanentemente enchufa al WhatsApp como cualquier chica o chico de mi edad. Me ha desconcertado tremendamente su rápida respuesta, pero aún más su contenido: dos sencillas preguntas. 

—¿Te gusta la comida asiática, Abo? ¿La has probado alguna vez?

—¡Joder! —exclamé. Esta buena señora conoce mejor que yo todos mis movimientos, mis pensamientos y mis emociones. ¿Sabría que me encontraba solo en mi casa, impaciente por volverla a ver?

—La probé una vez en Barcelona y no me disgustó —respondí de modo ecléctico.

—¿Te apetecería volverla a probar? —fue su siguiente mensaje.

—Claro, cómo no —respondí. 

—Pues, entonces, pequeñín, te espero en el restaurante asiático Ryugin a las 14:30.

No tenía tiempo que perder. Contaba con menos de una hora para asearme, vestirme adecuadamente y salir pitando hacia este restaurante malagueño de comida asiática.

Esta mujer es tremenda —pensé— de las de dicho y hecho; de las de ordeno y mando. Una de dos, o las dos a la vez: ¿O poseía la psicología de una mujer de mundo, capaz de empatizar a la perfección con las personas —especialmente con las diáfanas como yo— o estaba en posesión de alguna extraña tecnología desconocida para mí de inteligencia artificial? Seguramente ambas respuestas eran las correctas, es decir, que tenía la psicología de mujer de mundo, en posesión de alguna innovadora tecnología. 

Es sorprendente lo que me está pasando últimamente —me iba comentando a mí mismo mientras caminaba a paso ligero hasta el restaurante asiático Ryugin. Desde la noche de mi graduación —la inolvidable ya para mí noche del viernes al sábado—, de un modo concatenado y perfectamente orquestado, surgían desde no se sabe dónde personas, experiencias, decisiones, reflexiones, recuerdos y descubrimientos increíbles. Ahora podía comprender en toda su extensión la famosa frase de John Lennon que escuché por primera vez a un compañero de mi Facultad de Informática de Barcelona, tras un duro, complicado y desesperante examen: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Últimamente me estaban sucediendo cosas muy extrañas. Ya lo creo… ¡y fuertes, muy fuertes! Tan fuertes que el mundo que había construido hasta ahora —planificado y ordenado, a imagen y semejanza de papá y mamá— se estaba poniendo patas arriba o, quizás, todavía peor, alguna mano invisible había desordenado las piezas del puzle de un mapamundi —el mío—, para que yo lo volviera a ordenar de nuevo, eso sí, a mi propia imagen y semejanza.

Con estos pensamientos llegué al establecimiento unos minutos antes de la hora convenida. Tomé varias respiraciones profundas para sosegar un poco mi espíritu y, al no ver en la puerta a Mari-Luz, entré en el local con el fin de irme familiarizando con el ambiente. Hice una rápida panorámica visual y… ¡bingo! Mari-Luz se encontraba ya perfectamente ubicada en una mesa. La observé muy concentrada, echando un vistazo a la carta. Una de las camareras se dirigió a mí para saludarme y situarme en una mesa. Le aclaré que había quedado con una persona que ya estaba acomodada, indicando con mi brazo derecho dónde se encontraba. La camarera me acompañó amablemente hasta donde se encontraba Marí-Luz y ésta, al notar mi presencia, se levantó de su asiento de un modo enérgico, dándome un fuerte abrazo y dos besos enormes.

—Hola, chiquitín. ¿Cuánto me alegro de que nos volvamos a ver?

—Yo también, Mari-Luz. 

—Pues venga, precioso, siéntate, que vamos a disfrutar de lo lindo de la comida asiática. Me dijiste que ya la habías probado, ¿verdad?

—Sí. En Barcelona. Un día. Con mis compañeros de piso Manel y Gerard.

—Pues espero que salgas satisfecho hoy. ¿Sabes? La comida asiática ha llegado a nuestro país para quedarse. A mí me encanta. Yo suelo venir por lo menos una vez a la semana. ¿Conoces el sushi?

—Sí. Lo probé ese día y no me disgustó.

— Pues entonces sabrás que el sushi es el plato estrella en este tipo de restaurantes. Fue creado —me fue explicando— hace siglos como una técnica para conservar el pescado y, ya ves, acabó siendo un bocado exquisito que triunfa en todo el mundo. Yo soy una fan de la comida asiática. He realizado muchos viajes por Asia, un Continente, por cierto, muy extenso donde podemos encontrar una variedad de platos para todos los gustos, siempre con ingredientes frescos donde predominan las salsas, el pescado y las verduras. Anda, preciosidad, échale un vistazo a la carta y decide qué te apetece comer.

Restaurante 2 - Ser o no ser, esa es la cuestión - Acalanda Magacín

—Creo que lo mejor será que lo decidas tú, Mari-Luz —comenté algo indeciso. Es que yo voy muy perdido con este tipo de comidas.

—Perfecto. Mira, Abo, si te parece podemos pedir varios platos típicos para compartir. 

No me cabía la menor duda, Mari-Luz era toda una experta culinaria en comida asiática. Me comentó con todo lujo de detalles algunos de los platos típicos de la comida asiática. Me habló de Gunkam, un óvalo de sushi envuelta en un alga más ancha de lo habitual, con pescado, huevas, erizo y otras delicatesen; del Nigiri, el favorito de los japoneses, otro óvalo de arroz para sushi, trabajado a mano con una pieza de lomo en la parte superior, que suele ser de pescado o de marisco; del Maki; de la sopa miso, otro clásico de la gastronomía japonesa, que se come de forma casi diaria. Su base es un caldo llamado dashi, creado con alga kombu y con copos de bonitos secos, al que se le añade el miso: pasta de habas de soja con un fermento de arroz, trigo o cebada. Bueno y así con otros tantos platos típicos. Una vez convenido lo que deseábamos comer, me preguntó a bocajarro.

—Y, ahora, Abo, a lo que hemos venido. ¿Qué está pasando últimamente por tu preciosa cabecita?

Su pregunta me dejó fuera de juego. Estaba claro que esta mujer no se andaba por las ramas. Que estaba acostumbrada a ir al grano, sin subterfugios ni componendas; que había aprendido a vivir la vida intensamente, sin demoras innecesarias. 

—La verdad, Mari-Luz, tengo la impresión de que el mundo se ha vuelto loco. Últimamente me están ocurriendo cosas muy extrañas. Tu misma aparición en mi vida es una de tantas.

—¿El mundo o tu mundo? —me preguntó.

—Entiendo que el mundo —respondí.

—El mundo es siempre ordenado y regido por determinadas leyes inmutables que lo hacen previsible. Voy a contarte una historia que te ayudará a comprender este principio. 

Verás. Resulta que en cierta ocasión un alto ejecutivo se encontraba en su casa al cuidado de su hijo de unos 7 años. A este hombre lo que verdaderamente le apetecía, tras el desayuno de una mañana de un domingo, era leer la prensa tranquilamente para conocer las noticias del mundo; sin embargo, su hijo lo que deseaba era jugar con él, por lo que no le dejaba tranquilo.

—Vamos, un caso de conflicto de intereses —comenté interrumpiendo el relato.

—Sí, algo así. Así que el niño interrumpía a su padre continuamente con alguna excusa.

Pues, entonces, con el fin de que lo dejara en paz, ideó una estrategia. Convino con su hijo en que, cuando fuera capaz de construir un gran puzle de un mapamundi, se comprometía a jugar con él todo el tiempo que quisiera. Evidentemente, el alto ejecutivo pensó que esta tarea le llevaría varias horas cuanto menos a su hijo, lo que le permitiría leer la prensa con las noticias nacionales e internacionales plácida y reposadamente.

 Pero, para sorpresa de aquel papá, la construcción del puzle le llevó construirlo al niño unos veinte minutos. ¿Cómo es posible? —se preguntó perplejo su padre. Ni yo mismo hubiera sido capaz de hacerlo en ese tiempo e, incluso, ni siquiera durante toda la mañana. Una de dos —se decía para sí el padre— o este niño es superdotado, o este juego tiene algún truco desconocido para mí. ¿Cómo es posible que mi hijo haya sido capaz de construir el mundo, con sus continentes y países correspondientes en tan poco tiempo?

—Pues bien, Abo: ¿Dónde crees que estaba el secreto, Abo? —me preguntó de repente Marí-Luz sacándome inmediatamente de mis propias especulaciones sobre cómo, efectivamente, había sido posible que un niño de tan solo 7 años hubiera sido capaz de construir el mundo.

—No lo sé, Mari-Luz. Me imagino que tiene que haber algún truco en este juego.

—Lo hay. El padre empezó a indagar dónde estaba la clave que había hecho posible el prodigio de construir el gran puzle del mapamundi en poco más de veinte minutos.

— Sí, claro, por fin, lo he descubierto: mi hijo lo ha construido a partir de la figura de un hombre, pintado por detrás de cada una de las piezas. Como mi hijo conoce cómo es un hombre, ha construido el mapamundi siguiendo sencillamente el esquema de su figura.

—¡Qué curioso! —exclamé.

—Lo es. Y bien, Abo. ¿Qué moraleja podemos extraer de esta historia?

—Me imagino —respondí— que lo que pretende decirnos esta historia es que, si somos capaces de ordenar a un hombre, el mundo, automáticamente, se ordenará también. 

—Sí, claro. Ya veo que la has comprendido bien. Por lo tanto, si crees que el mundo está loco, como me acabas de decir, lo único que tendrás que hacer para devolverlo a la cordura es empezar a ordenarlo dentro de ti mismo. Y, ahora, querido Abo, cuéntame lo que te pasa. Me gustaría ayudarte a ordenar tu mundo. 

—Te lo agradezco mucho. Precisamente te he contactado porque estaba seguro de que tú eres la única persona en el mundo que puede ayudarme a resolver mis dudas.

Así que, al mismo tiempo que íbamos degustando los diferentes platos de la comida asiática, comencé a contarle a Mari-Luz con pelos y señales todo lo que me había ocurrido tras mi graduación. Sentía que me escuchaba con sumo interés, sin interrupciones; pero, al introducir en mi relato la palabra “casualidad, lo hizo exclamando de forma asertiva:

—¡Abo! ¡La casualidad no existe!

—¿No? Entonces todas estas cosas que te acabo de comentar, ¿a qué responden?

—Responden a una ley, una ley conocida como la Ley de la Causalidad.

—Y esta ley… ¿En qué consiste, Mari-Luz?

—Verás, Abo. Todo en la vida tiene un por qué y un para qué, es decir, una causa y un fin. Solemos creer —erróneamente— que las cosas ocurren por una simple cuestión de suerte o azar; que suceden por coincidencia y que la vida generalmente está desordenada. Sin embargo, querido Abo, debes comprender e interiorizar que una de las grandes verdades del Universo es que nada sucede por casualidad, sino por causalidad. En realidad, todo es causal, es decir, todo proviene y emana de una causa concreta. Por lo tanto, todo ocurre por algún motivo y propósito concreto. 

—Vale, pero todo esto, ¿dirigido por quién y con qué intenciones? —pregunté interrumpiendo su explicación.

—Por el orden divino, Abo, por el orden divino. La Ley de Causa y Efecto a la que todos estamos sujetos emana de este orden divino. Sin embargo, a lo largo de los siglos la mayoría de los seres humanos la han obviado, tratando de controlar la suerte o el azar, pensando que las cosas ocurren así, sin más. 

—Yo también lo he venido creyendo así.

—Tú, Abo, y la inmensa mayoría de gente en el mundo, que sigue dormida. El punto de partida, sin embargo, es erróneo, pues nada es casual sino causal. Todo, absolutamente todo lo que existe en el Universo se encuentra integrado dentro del perfecto orden divino. Las palabras, las personas, los actos, los comportamientos e, incluso, nuestros pensamientos y sentimientos, son, en esencia, energía.

—Sí, en esto sí que estoy muy de acuerdo, en que todo es energía. Nikola Tesla llegó a afirmar que “Si quieres comprender el Universo debes hacerlo en términos de energía, frecuencia y vibración”.

Nikola Tesla - Ser o no ser, esa es la cuestión - Acalanda Magacín

—Correcto. Todo se puede reducir a energía, que se mueve y se expande como el Universo mismo. Por lo tanto, toda la energía se mueve y se produce por una causa. Todo lo que nos sucede en la vida procede de algo anterior. Así que, todo lo que piensas y sientes, todo lo que tienes, lo que te ocurre es una consecuencia de algo anterior.

 Si reflexionas un poco sobre todo esto que te estoy diciendo verás que todo lo que ha llegado a tu vida está por algún motivo. Tus padres, Alexandre y María Lluïsa y ahora tu novia, Valeria, están en tu vida porque tú, desde cierta dimensión, los atrajiste. También ese señor que conociste en el tren de Barcelona a Málaga…

—Jerry Mander —comenté al intuir que no se acordaba de su nombre.

—Sí, Jerry Mander. Yo no he aparecido en tu vida por casualidad, sino por causalidad. En algún momento comprenderás por qué. Mira, Abo, como sabes, el planeta Tierra está habitado por millones de seres humanos y, sin embargo, sólo unos pocos forman parte de tu vida. A lo largo de esta experiencia terrenal que estás atravesando te has venido encontrando con muchas personas, algunas de las cuales ya no forman parte de tu vida, otras sí. Es que la vida es como una gran obra de teatro en la que aparecen ante el espectador diferentes actores, que van entrando y saliendo según el guion de la obra. Insisto: no existen las experiencias fruto de la casualidad, sino de la causalidad. Todo tiene, como te vengo diciendo, un por qué y un para qué.

—Vale. Conforme, Mari-Luz. Entonces: ¿Cuál es el propósito, el por qué y el para qué de mi viaje a California? ¿Quién o qué me está empujando a realizarlo? ¿Con qué intenciones? 

Mari-Luz permaneció durante unos breves instantes pensativa, madurando la respuesta. 

—La respuesta está en tu mano, querido Abo. Te respondo de la misma manera en que el eremita del cuento que te he contado al principio le respondió a un aldeano incrédulo: la respuesta está en tu mano. 

—De acuerdo, Mari-Luz, pero al menos podrás aconsejarme.

—Sí, claro, y lo haré encantada. 

Nuestra interesante y profunda reflexión fue interrumpida por una de las camareras del restaurante para preguntarnos si deseábamos finalizar nuestra comida con algún postre típico asiático.

—Por supuesto, señorita —le comentó Mari-Luz. De aquí nos vamos sin que mi Abo pruebe uno de los deliciosos postres que ustedes hacen por aquí. ¿Verdad, Abo?

—Sí, claro. Habrá que probarlos. ¿Nos puede aconsejar alguno? —pregunté a la camarera.

—Tenemos Patbingsu, un maravilloso postre de Corea del Sur, compuesto de hielo rallado acompañado de una crema dulce de judías adzuki. También pueden probar Mochi, de Japón, a base de arroz, pensando para ocasiones especiales. Por supuesto, también contamos con Khanom Thungtag, un postre típico de Tailandia, es parecido a las crepes a base de harina de arroz, servidos a semejanza de los tacos mexicanos. Miren, si les parece, les dejo nuestra carta para que vean todos los postres que tenemos.

—No es necesario, querida —le respondió Mari-Luz a la camarera en un tono asertivo, dándola a entender que ella conocía muy bien la cocina asiática. Tráiganos, por favor, para compartir, un Ras Malai y un Bánh Chuối Nướng. ¡Ah, y también la cuenta, si es usted tan amable!

Mujer oriental Collage 2 - Ser o no ser, esa es la cuestión - Acalanda Magacín

La camarera, tras tomar nota de nuestros postres, se dirigió a la cocina para encargarlos. Entonces, Mari-Luz retomó nuestra conversación explicándome que el Ras Malai eran unas bolas de queso cuajado tipo chenna, que se remojan en jarabe de azúcar o leche y se sazonan con azafrán o cardamomo, y que al momento de servirse se suelen acompañar de pistachos, almendras y frutos secos. Con respecto al segundo postre me explicó que el Bánh Chuối Nướng, era un pastel a base de pan y plátano que deleita a los paladares más exquisitos de las gentes del Vietnam; que se prepara dejando remojar trozos de pan en leche de coco, para luego unirlo a trozos del amarillo fruto. Luego, cuando se hubo explayado a gusto sobre sus amplios conocimientos en gastronomía asiática, me preguntó:

—¿Hacia dónde crees que se dirige la Humanidad, Abo?

—Uff, no sabría decirte, Mari-Luz. ¿En qué sentido?

—¿No te parece que el mundo anda algo revuelto, en una especie de lucha fratricida entre dos formas de concebirlo? —me volvió a preguntar. 

—Bueno, querrás decirme que las mentes que habitan en este mundo —comenté tratando de darla a entender que había comprendido la tesis de que el mundo es la perfecta representación del orden y que somos nosotros, sus habitantes, los que estamos desordenados.

—Sí, por supuesto. Ya veo que has comprendido perfectamente todas mis explicaciones. Ahora me refiero a que, ¿si no ves que el mundo —las gentes de este mundo, para ser más precisos—, sufre en demasía: de soledad, de problemas económicos, de aburrimientos y angustias; que el pasado le hiere, el presente le abruma y el futuro le inquieta. ¿Qué nos encontramos en una época de incertidumbre y relativismo, sin rumbo ni dirección y puntos de apoyo? ¿En una encrucijada? ¿Ante varios caminos inciertos?

—No sé. Quizás sea así, como dices, pero, la verdad, Mari-Luz, yo no veo nada.

—Como la mayoría, hijo. A ti te pasa como a casi todos. ¿Conoces el cuento en el que un discípulo quería recibir las más altas enseñanzas de un maestro para conocer la verdad de la vida?

—No. Es que yo, como sabes, Mari-Luz en estas cosas de la filosofía me pierdo bastante. Seguro que mis amigos Manel y Gerard la habrán escuchado alguna vez, pero yo, bueno, en fin, lo mío es la informática, como ya sabes —comenté algo titubeante. 

—Pues te la voy a contar, pero antes vamos a probar estos riquísimos postres asiáticos que nos acaba de traer nuestra amigable y simpática camarera china.

Mientras nos deleitábamos con estos estupendos postres asiáticos, vino a mi memoria el recuerdo de Valeria, dejando a un lado las profundas reflexiones filosóficas y espirituales de Mari-Luz, de la que, por cierto, casi nada sabía. ¿Cuánto la echaba de menos? ¿Cuánto me hubiera gustado que ella hubiera estado en esta comida? De este modo habría sabido de primera mano y de forma contextualizada que, detrás de un joven recién graduado brillantemente en ingeniería informática, se escondía un amante atribulado por dudas existenciales. 

—Pues, allá voy, pequeño saltamontes —comentó Mari-Luz cuando dimos por finalizada la degustación de nuestros postres.

 Esto de lo de “pequeño saltamontes” —reflexioné para mis adentros— debe ser un recurso recurrente de todos los que están iniciados de los mundos de lo ignoto, porque a Manel se lo he escuchado decir muchas veces, en casi todas las ocasiones en que pretendía captar mi atención en ignotas sabidurías cuasi incompresibles para una mente como la mía conformada a base de algoritmos y fórmulas matemáticas, programas y sistemas. 

Verás —prosiguió. Un discípulo deseaba recibir las más altas enseñanzas, alcanzar el verdadero conocimiento. Por este motivo un día preguntó a su maestro:

—Maestro: ¿Qué es la Verdad?; ¿Dónde se puede hallar?

—La Verdad con mayúscula está en todas partes, en la vida de cada día —respondió solemnemente el maestro.

—Pero yo no la veo —replicó el discípulo. A mi alrededor solo percibo monotonía, rutina y vulgaridad.

Entonces, el maestro le contestó:

—Aquí radica precisamente la diferencia: ¡Que tú no la ves y yo sí!

—Muy interesante este cuento, Mari-Luz —comenté tras escucharlo. Pero, perdona mi ignorancia: ¿Qué es lo que hay que ver? —pregunté algo confuso.

—Excelente pregunta, pequeño saltamontes. Ya veo que has dado el primer paso por el gran camino de la luz y el conocimiento. Pero, ¿Qué te parece si respondo a tu profunda cuestión en mi casa, de un modo más tranquilo y reposado?

—Sí, claro. Hoy tengo la tarde libre.

Pablo Martín Allué


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