Ellas crean 2018

Madrid acoge una nueva edición del festival de creación femenina, Ellas Crean para conmemorar el Día Internacional de la Mujer. Un evento cultural organizado por el Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades y Conde Duque que alcanza su 14ª edición con una programación multidisciplinar completa que reúne a referentes y nuevas figuras femeninas del cine, la literatura, la música, el teatro y muchas más disciplinas y juntas luchar por un cambio político y social. Sigue leyendo Ellas crean 2018

El libro de los charcos

Que la sociedad está cambiando es un hecho, y cuando antes todos se apuntaban a unCharco 1 bombardeo, ahora nos apuntamos a bombardear. Es una manera de decir que todo nos parece mal hoy en día. Todo lo que hacen los demás, se entiende, una actitud que se traslada a ámbitos antaño impensables, como el clima y su lluvia. Sabido es que nunca escampa a gusto de todos, pero somos de la opinión de que la lluvia, sea o no una maravilla, arte o incordio, no tiene la culpa de nada. Cae cuando le toca caer y es difícil pensar que por muy mal que le caigamos a las nubes, estas dejen de cumplir su cometido solo por fastidiar. Y aun así, hasta la lluvia antes inocua se ha convertido en cosa inicua como si llover o dejar de hacerlo también fuera culpa de alguien (que seguro que sí). Por suerte los españoles sabemos criticar tanto la sequía como las inundaciones, y aunque eso nos hace fuertes en el mundo, también nos enfrenta a la ciencia porque, ¿quién puede admitir que la vida surgió del agua después de haber estado en una piscina pública? Sea como fuere, algo nos dice que el hombre está más preparado para la falta de lluvia que para su exceso. Para la una hay sangría y fanta de naranja, pero hay que tener muchas agallas cuando la lluvia se prolonga cuatro meses con sus días lluviosos, sus noches lluviosas y sus goteras impertinentes. Si padecer de los bronquios ya está mal, imagínese de las branquias.

Consumada con moderación, no hay lluvia mala, y sus efectos salutíferos van más allá de lo imaginable. Es el caso de los charcos, ese entretenimiento que la naturaleza, en su jocosa sabiduría, nos regala para deleite de quienes contemplamos la torpeza de los viandantes. Los charcos están pensados para los niños, da igual la edad, y el placer de saltar sobre ellos solo es comparable a los enfados que sus salpicaduras que provocan. Con ellos recordamos que una vez fuimos felices y solo al hacernos adultos, da igual la edad, estropeamos su magia. Por eso decimos de tal o cual persona, para afear su conducta, que se ha metido en un charco, y así lo que tratándose de un infante es un halago, para un adulto es una amenaza. Será por eso que andamos por la calle evitándolos ignorando que son pequeñas joyas que nos regala la naturaleza para nuestro goce, diversión y asombro. Los charcos, para un espíritu puro como el de un niño, son naumaquias en los que cabe todo un Trafalgar o un Lepanto o, si nos ponemos cursis, la flota de barquitos de papel de Serrat. Porque un charco es la medida de la imaginación del hombre que no ha renunciado a serlo. Solo así comprendemos a aquel hombre, al que titularon de loco, que recorría las calles de la ciudad las noches más frías catando los charcos para, en el momento justo de congelarse quedando convertidos en hielos, tomarlos primoroso con la imagen que en ese momento reflejaban, ya fuera una luna, una fachada o una amante.

Si alguien quiere de verdad a las ciudades, reservará en cada calle un lugar para los charcos donde poder mirarnos. Y saltarlos,

Charco 2También estos charcos salpican los libros igual que como zafiros engarzados lo hacen nuestras calles. Son los menos, es cierto, pero los hay, como también hay quienes desconfían de esos libros que, aseguran sus mentores, enganchan desde la primera página. Son los que piensan que los buenos libros, como los grandes platos, deben cocerse lentamente, en nuestro jugo, para que una buena primera página, como un buen besugo, no acabe en trucha, o trucho, por falta de cocción y condimento. Porque buenos libros, para qué negarlo, son aquellos en los que el fin justifica lo de en medio, como la lluvia de la que hablábamos. Libros que conviene leer bajo amenaza de tormento y que al descargar queden sus páginas salpicadas de charcos en los que chapotear una y otra vez. El cerrarse con un trueno y dejar de llover sus letras, quedarán los charcos que dejan su lectura, a veces una frase, puede que una palabra, o párrafos enteros o una página que acabaremos recordando siempre. Incluso para quienes creemos que releer un libro es mal vicio, esos charcos que quedan en la memoria lectora nunca desaparecerán.

Debe ser cierto que no hay lectura mala, sino momentos mal escogidos para hacerlo. De ahí que la indeleble impronta que deja un libro en alguien sea apenas un soplo que ya no es para otra persona distinta, como la lluvia, como las miradas. Cuando el libro leído vuelve a su lugar, la naturaleza sigue su curso y las lluvias nos dejan ese recuerdo a tierra mojada que son los buenos momentos vividos poniendo blanco sobre negro sus palabras. Si de verdad queremos saber si un libro nos va a gustar, hemos de leerlo frente a una ventana viendo llover. Si después de derribar esa primera página somos capaces de continuar su lectura en vez de salir a la calle a mojarnos, podemos estar seguro: lo mejor es regalarle ese libro a alguien que nos caiga mal.

Ventura

Ventura 1Nos hemos criado escuchando que antes de hablar a destiempo debemos contar hasta diez, cuando lo que en realidad nos deberían haber enseñado es a contar treinta y tres, que más falta nos hará cuando lo único que nos quede sea quejarnos. Y es que de cuantas especies pueblan la superficie del planeta, el ser humano es la única que ha desarrollado la habilidad de quejarse. De quejarse porque sí, se entiende, que no de dolerse, que dolerse es cosa común para cualquier ser vivo ante determinadas circunstancias lesivas. Atrás quedaron los tiempos en que nos enseñaban a no quejarnos sin motivo o por capricho bajo amenaza de algún que otro castigo divino, con lo que eso traumatiza, pero andando los años el quejarnos como si estuviéramos representando Hamlet es algo que incluso está bien visto en ciertos círculos incluso mucho antes de llegar a pensionistas. El secreto está en encontrar a la persona adecuada sobre la que descargar la queja, esa que se ha apropiado de nuestra suerte, ese señor que puebla nuestras pesadillas arrebatándonos lo que debería ser nuestro. Y el mundo debe saberlo desenmascarando la usurpación de nuestros sueños, nadie debe quedar ajeno a nuestra queja empezando por el conductor que tenemos delante en el atasco. Todos sabemos quejarnos de nuestra mala suerte, es cierto, pero debemos hacerlo con tintes épicos, casi líricos, que se note que nuestra cara es un poema.

Sin embargo, este don de la queja tiene en ocasiones una lectura diferente, la de quienes creen que cuanto de malo nos ocurre no es por culpa de ese señor al que siempre le pasan cosas buenas, las suyas y las que deberían ser las nuestras, sino a que no confiamos en la ventura. O dejamos que sea la ventura la que sople nuestras velas, nos dicen, o acabaremos remando en círculo, refiriéndonos a esa ventura a sabiendas de que no debe confundirse con el destino o el azar, sino con el sino, el nuestro, ¡qué si no! Porque donde hay ventura hay razón, y belleza, mucha, y serenidad. Ventura no es acomodarse a verlas venir, sino a verte llegar, no es fatalismo o resignación, sino la valentía de quienes somos cobardes como ratas pero embestimos al futuro corriendo y gritando con la espada en alto, lista al mandoble pero con los ojos cerrados. No es el heroísmo de quien descarga fuego y azufre sobre sus enemigos sino el de quien tira un jarrón, que es lo que se suele tener más a mano, para espantar una sombra que nos asusta dentro de nuestra propia casa. La ventura es, en fin, la goma de borrar del destino escrito a lápiz.

GaleónVentura es saber que vamos a equivocarnos con ella de su mano, tanto que si acertáramos sería por equivocación. Por ventura llegamos a la inabarcable América y descubrimos el bichito de la penicilina, una galaxia gigante y el átomo más pequeño porque contar con el error nos más hace fuertes que la seguridad del acierto. Por ese motivo acudimos a ver los atardeceres, no porque sepamos que van a llegar sino porque creemos que nos está esperando y, si no vamos, no habrá atardecer ese día. No, no lo habrá para nosotros, y ni siquiera tendremos la oportunidad de comprobarlo. Ventura no es la suerte final del que acierta sin pretenderlo, ni la actitud del que se mueve a tontas y a locas. Ventura es saber ver la hermosura de cada momento cada tarde domingo.

A estas alturas y si estamos advertidos veremos que ventura también es escribir. De todas las definiciones más o menos tontas que hemos escuchado sobre la cosa de emborronar papeles, mi preferida es la que la califica como leer al revés. O hacia atrás, depende, lo importante en realidad es tratar de explicar cómo la ventura de escribir consiste en sorprenderse uno algún día con las manos en la musa, sonreír y dejarse traer. La ventura al escribir es dejarlo todo a esa calculadísima improvisación que tan lejos llevó a los marineros antiguos, a los de galeón y goleta que nunca sabían dónde iban a acabar sus huesos, marineros cargados de sortilegios y supersticiones que buscaban la ventura del padre océano. Así escribir es también jugar a convertir en barquitos de papel las hojas capitaneadas por sus textos y posarlas en las aguas donde algún día pueda encontrarlas alguien mientras el autor, sentado en su noray con las piernas balanceándose, las encomienda a la salada ventura. Por cierto, llamar proceloso a ese mar, es optativo.

De los autores hemos aprendidos que escribir es llorar, y de los marineros que se puede volver de Cuba cantando a pesar de haberlo perdido todo. Y entre unos y otros la ventura nos redime al regalarnos un alma nueva por estrenar cada mañana. No es resignación ni fatalismo, es cariño a lo que se quiere hacer antes de hacerlo. No es suerte ni casualidad. Ventura será no dejar para mañana lo que puedas hacerme hoy, cuando debemos jugarnos todo a una carta al vernos cara a cara con el destino que se nos presenta disfrazado de casualidad. Ventura es una partida en un juego de azahar.

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La vaca y el escritor, cuanto más producen, mejor

Merece la pena recordar una afortunada metáfora usada por el extraordinario escritor José Luis Sampedro, vertida en la obra Escribir es vivir (2005), que es ilustrativa del oficio de escritor, su quehacer y su fruto. 

José Luis ilustrativaVeamos, ¿qué hace la vaca? Ustedes imaginen la vaca en un prado, tan tranquila, detrás de una cerca mirando a la carretera. Por la carretera pasan infinitas cosas. Pasan los labradores que van a labrar los campos, pasan los turistas, pasa la guardia civil, pasa el coche de línea. Y la vaca lo mira todo. Ustedes, los que viven por aquí, se habrán fijado en los ojos de las vacas. Los ojos de las vacas son maravillosos, son un prodigio, merecen tantos madrigales como los ojos de las mujeres hermosas y no los tienen las pobres…

… Los ojos de las vacas son asombrosos, son grandes, tremendos, son protuberantes, casi esféricos, se salen casi de las órbitas. Además, están uno a cada lado de la cabeza, con lo que tienen seguramente un campo visual, un gran angular que los humanos no tenemos. Un campo tremendo. Los ojos de la vaca son sensacionales. Y ¿qué hace la vaca viendo todo aquello? Se lo zampa, lo observa todo. El escritor también. 

El escritor es un voyeur, confesémoslo de una vez, y lo digo en francés para que no parezca indecente. El escritor lo ve todo, lo oye, lo huele todo –no digo que lo toca porque eso ya sería pasarse–, pero el escritor, verdaderamente, es una cotilla. Volvamos a la vaca. ¿Qué pasa con ella al cabo de un rato? La vaca agacha la cabeza, arranca con sus dientes unas briznas de hierba, las mastica y se las traga. ¡Ah!, pero como ustedes saben muy bien, la vaca es un rumiante. Y, además, tiene cuatro estómagos, quien los pillara, ¿verdad?, para disfrutar más de la comida.vaca ordeñdaLa vaca se saca de uno de sus cuatro estómagos lo que ha tragado, lo vuelve a la boca y lo mastica de nuevo. El escritor actúa también como un rumiante: a todo lo que ha visto, todo lo que ha tocado y oído le da vueltas y más vueltas…

… Es decir, el escritor hace lo mismo que la vaca: rumia lo que se ha tragado observando, le da vueltas, lo trabaja. La vaca transforma la hierba en sustancia vacuna, el escritor transforma lo que ve, lo que toca, lo que piensa, lo que imagina, lo que ha ocurrido y lo que no ocurrió, pero hubiera querido que ocurriera; el escritor transforma todo en carne. Porque el escritor auténtico escribe con su carne, su sangre, su médula, lo mismo que la araña teje su tela con su propio cuerpo.

Me maravilla esta imagen debida a tan gran escritor pero me atrevería modestamente a completarla o adaptarla a la actualidad. Sigue leyendo La vaca y el escritor, cuanto más producen, mejor

Literatura: poesía, narrativa y dramaturgia

Segregar los tres pilares de la literatura ha sido un error inenarrable. Es algo análogo a quitarle las patas a una mesa, los cimientos a un edificio o las piernas a una persona. Tres campos íntimamente unidos que constituyen el total de la invención escrita.

Para un porcentaje muy elevado de personas, la poética implica connotaciones cursis, de extrema sentimentalidad, siempre teñidas con lágrimas y anhelos imposibles cuya temática es el desamor, la muerte de un ser querido o la nostalgia por el tiempo pasado.

El siglo XXI se caracteriza, primordialmente, por un desdeño inculto hacia todo lo que nos ha traído a nuestro hoy. Ignorar el pasado implica desconocer dónde nos encontramos y cuál es nuestro futuro. El acervo cultural no puede ignorarse ya que sin raíces estamos perdidos, desamparados, errabundos y sumidos en un desconcierto apabullante.

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Los sirvientes de la cibernética

El progreso siempre resulta sugerente, no lo vamos a negar. De alumbrarnos con velas, candiles y quinqués, a disfrutar de la lámpara incandescente, y luego los tubos con gases, como el neón, hasta llegar a los diodos emisores de luz, lo último de nuestro presente.

Las mejoras en cualquier ámbito empiezan a ser necesidad y no precisamente un capricho o un lujo. Todo ello al servicio de nuestras necesidades, se comprende. En una reflexión más profunda, podemos observar cómo la cibernética (control y comunicación en el animal y en la máquina) empaña nuestro día a día muy peligrosamente.

De la comodidad al ocio pasivo hay un largo trecho, el mismo que existe entre la creación y el aniquilamiento de toda idea. Las máquinas no pueden pensar, tengámoslo en cuenta. Y mucho menos inventar. El término proviene del francés y a su vez del inglés, aunque su raíz nace del griego y significa, literalmente, arte de gobernar una nave. Sigue leyendo Los sirvientes de la cibernética