Acalanda Metaverso Inmersivo

YO, ABO. Capítulo 27: La imposibilidad de curar el cuerpo sin tratar el alma.

Mientras Mari-Luz volvía con un nuevo y apetecible té tibetano el pensamiento recurrente de Paula volvió a apoderarse de mi mente y de mis emociones. ¡Cuánto me habría gustado que ella hubiera estado en este momento conmigo, disfrutando del maravilloso té tibetano preparado por Mari-Luz, ¡y digiriendo junto a mí estos maravillosos y prácticos consejos de la sabiduría oriental! Al instante de depositar las tazas con té tibetano en la mesa de centro del salón, me apresuré a tomar la mía, tratando de hacerlo con la misma delicadeza de un gentleman inglés, es decir, de modo parsimonioso, sin doblar el dedo meñique al levantarla, ni tampoco soplando su contenido al comprobar que estaba demasiado caliente. Consumado exitosamente el primer acto del consuetudinario rito británico del irrenunciable té de las cinco, rompí el protocolo con esta juvenil pregunta:

—Y, oye, Mari-Luz, ¿los tibetanos tienen algún sabio consejo para el mal de amores?

—¿Es que tú lo estás padeciendo?

—Bueno, no estoy del todo seguro. Tal vez sí. Creo que ando en ello.

A lo que, Mari-Luz, con su natural rapidez mental, me respondió con esta sabia y enigmática reflexión:

Platon Collage - La imposibilidad de curar el cuerpo sin tratar el alma - Acalanda Magacín

—“Imposible curar el cuerpo sin tratar el alma” —escribió Platón en el Cármides de la sabiduría, uno de sus célebres diálogos—, pues todo procede del alma, lo bueno y lo malo, e irradia de allí a todo el hombre. Pero el alma se trata mediante ciertos diálogos”. Así que, ya ves, según Platón todo lo que nos sucede, bueno o malo, procede del alma, por lo que si queremos estar sanos lo que debemos hacer es sanarlo.

—¿Y cómo podemos sanarlo?

—Empezando por el perdón. El perdón, Abo, es la pócima que cura todos los males, incluido el mal de amores. Y esto ha de hacerse, no solo hacia las personas que nos han herido, sino también a nosotros mismos. El perdón a nosotros mismos aumenta nuestra autoestima, proporcionándonos el equilibrio vital que necesitamos; y el perdón a los demás nos libera de la tensión y el desgaste que provoca el resentimiento. 

—Sí. Estoy de acuerdo. El perdón siempre es liberador. 

—Luego debes tener presente en todo momento el “Conócete a ti mismo”, uno de los más famosos aforismos de la antigüedad griega de todos los tiempos. Significa que la principal necesidad de una persona para acceder a la sabiduría filosófica y el perfeccionamiento humano es el autoconocimiento. Platón puso esta frase en boca de su maestro Sócrates en su diálogo con Alcibíades, un joven ignorante que aspira a la política. Con ella trata de recordarle que, antes de ser gobernante y mandar sobre su pueblo, lo primero que debe hacer es gobernarse a sí mismo, algo que podrá alcanzar si antes se conoce a sí mismo. 

—Sí, esto también es verdad. Daniel Goleman, en su “La Inteligencia Emocional”, una obra que ha cambiado el paradigma de las claves del éxito personal y profesional, afirma que el autoconocimiento es esencial para poder comprender cómo nuestro estado anímico afecta a nuestro comportamiento, así como para conocer cuáles son nuestras capacidades y nuestros aspectos de mejora. Y, bueno, Mari-Luz, ¿qué crees que debemos tener en cuenta también, además del perdón y el “¿Conócete a ti mismo”, para sanar nuestra alma?

Yo diría que lo que viene después es la aceptación. La aceptación es una actitud enfocada a aceptar las situaciones que no se pueden cambiar. No debemos confundirla con la resignación, que nos bloquea e impide resolver una situación y seguir avanzando. Mira, Abo, tú ahora eres muy joven y tienes aún tu mochila vital semi-vacía. Según vayas avanzando por el camino de la vida, tu mochila se irá haciendo cada vez más pesada. En ella irás depositando miedos, afrentas, errores, frustraciones, creencias limitantes, heridas físicas y mentales, equivocaciones, daños hacia los demás y hacia ti mismo…

¿Y por qué crees que vamos llenando nuestra mochila vital con tanta carga negativa? —pregunté con la intención de profundizar en este aspecto de la aceptación.

—Verás, Abo. Nacemos en esta vida provistos de la misma energía e intención que hace que una bellota se convierta con el tiempo en una encina o una oruga en una mariposa. Al nacer sentimos que la rica sustancia del Universo nos provee de todo lo que necesitamos, dignos de ser hijos de Dios; sin embargo, conforme crecemos, nos vamos desligando de la Fuente —la que nos ha traído hasta aquí—, creyendo que estamos separados de todo lo creado; esto nos empuja a luchar para tratar de sobrevivir. Y es precisamente esta lucha la que hace que se vaya llenando nuestra mochila vital progresivamente. Y… ¡uff! A veces es tan pesada que, cual caminante agotado por su largo caminar en un inmenso desierto, caemos derrotados, hambrientos y sedientos y sin fuerzas y ganas para seguir caminando, es decir, para seguir viviendo. Así que, como irás adivinando, la aceptación es fundamental para nuestras vidas. ¿Por qué? —te estarás preguntando.

—Sí, Mari-Luz. ¿Por qué?

—Porque es un punto de partida. Es dejar de mirar hacia atrás para seguir mirando hacia adelante. Es comprensión. Con la aceptación comprendemos que lo que somos, lo que tenemos y lo que ha llegado a través nuestro se lo debemos a lo que hemos vivido, bueno o malo, placentero o displacentero. La aceptación no es estar de acuerdo con todo. Tampoco consiste en poner la otra mejilla o ser pasota. La aceptación es sencillamente comprender que todo lo que nos ha sucedido ha sido por nuestro bien, a fin seguir el camino de la vida. Es echar una mirada al camino recorrido, por el que nuestra experiencia pasada retorna a nosotros —sin herir— para contemplar la misteriosa voluntad de vivir que satura todo el Universo, descubriendo un diseño providencial. 

—¡Uff!, Mari-Luz. ¡Qué maravilla! Cuanto te agradezco que me hagas partícipe de tanta sabiduría perenne. Con ellas veo más claramente el significado profundo contenido en la frase “La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”, de mi admirado y llorado John Lennon, que escuché decir a uno de mis compañeros, tras finalizar un examen duro, complicado y desesperante, típico de los que nos ponían en nuestra Facultad de Informática de Barcelona.

—Bueno, es que John Lennon, además de ser un músico irrepetible, fue también un gran filósofo. Todas sus composiciones están cargadas de filosofía de vida. 

—Sí. Yo también lo creo. Y… ¿después de la aceptación, ¿qué viene?

Después de la aceptación viene el agradecimiento, porque un corazón agradecido es un imán para los milagros. Durante nuestra larga caminata vital tenemos que aprender que cada momento tiene un significado profundo que hay que descubrir, y que la gratitud es un factor esencial para alcanzar la felicidad, tener salud y elevarnos moralmente. Mira, Abo, yo he adquirido la costumbre de dar gracias a la vida todos los días por tener sol, pies, manos, brazos, vista, oído, alimentos, vestidos, vivienda, proyectos para realizar, buena salud, energía y entusiasmo, buenas relaciones personales y tranquilidad de espíritu. Y a partir del perdón, el “Conócete a ti mismo” y la aceptación, todo lo demás. La conexión permanente con lo divino, evitar juzgar y condenar; la práctica de la compasión y del desapego; la generosidad; el saber dar y recibir; el vivir en el “Aquí y el Ahora”; etc.

Tras escuchar estas profundas reflexiones filosóficas y espirituales de mi amiga Marí-Luz, tomé mi último sorbo de té tibetano; eso sí, esta vez a mi modo, es decir, metiendo los dedos índice y medio de mi mano derecha por entre el asa de la taza —símbolo de refinamiento social—, al mismo tiempo que sujetando fuertemente lo demás con los otros dedos, obviando la delicadeza en los movimientos que prescriben los cánones que un gentleman debe respetar en cualquier ocasión al tomar una taza de té a las cinco de la tarde. 

Al tomar este último sorbo, de esta segunda degustación de infusión de té tibetano, miré de reojo mi reloj de pulsera, comprobando que no marcaba las rigurosas horas del las cinco de la tarde, ni tampoco se escuchaba el sonido de las campanadas del Big Ben del Palacio de Westminster de Londres. Marí-Luz debió de leer mi pensamiento y me propuso continuar nuestra conversación en la terraza de la casa. 

Una vez allí tomé una lenta y profunda toma de aire fresco. Era para mí una necesidad fisiológica que conseguía limpiar mis preocupaciones, llenándome de pureza, paz y serenidad; también mi modo particular de asimilar al máximo toda la sabiduría perenne que estaba recibiendo gratuitamente de una mujer sabia y experimentada en esto que llamamos vida. Por cierto, de una mujer que lo desconocía prácticamente todo. 

Mientras seguía haciendo otras tomas de aire por mi nariz, ya menos profundamente, contemplaba con admiración el jardín al que daba la terraza, repleto de plantas, árboles y arbustos. La pura contemplación me producía una sensación benéfica de amplitud y libertad. Luego, al fijarme en el horizonte, sentía que mi vida sería a partir de este momento como un nuevo amanecer, proveedor de un gran futuro prometedor, repleto de éxitos y maravillosas experiencias. Rompí la magia de esta contemplación con esta pragmática pregunta: 

—Y, oye, Mari-Luz: ¿Tú crees que algún día la ciencia y la espiritualidad podrán llegar a una especie de “entente cordial”? 

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—Este momento ha llegado ya, Abo. Ya podemos afirmar que ha ciencia y espiritualidad han llegado a converger en un mismo punto. Te explico. Hasta hace bien poco, la ciencia y la espiritualidad han venido siendo caminos divergentes; sin embargo, a partir de los conocimientos aportados por la física cuántica, sabemos que ambos caminos no son divergentes, sino convergentes. Esto supone —lógicamente— un gran cambio de paradigma. Y es que la ciencia de la física cuántica, basada en la primacía de la conciencia, conecta perfectamente con todo lo que ha venido defendiendo las grandes tradiciones místicas y gnósticas. Estamos llegando al punto en que el universo espiritual puede llegar a resolver, no sólo las paradojas de la física cuántica, sino también las de la vida, la mente y la salud.

—¡Uff!, ¡qué impresionante! 

—Y todo esto sólo acaba de empezar. Mira, Abo, el Metaverso, del que hemos estado hablando durante nuestra caminata hasta mi casa, nos permitirá vivir en un mundo totalmente digital. Una realidad virtual que será capaz de reproducir todas las interacciones sociales y humanas como juntarte con amigos, viajar, comer, tomar café, ir al cine, hacer negocios y hasta enamorarte de alguien. Esta realidad virtual, conocida como Metaverso, nos permitirá casarnos, comprar propiedades y hasta asistir a festivales y conciertos. Creo que va a mejorar la vida de muchas personas. Por ejemplo, será ideal para las que no se pueden mover, que no tienen dinero para viajar, o para aquellas que tienen dificultades para relacionarse.

Parece muy atractiva esta propuesta del Metaverso, pero, de verdad, Mari-Luz… ¿En todo esto no hay gato encerrado o letra pequeña? —pregunté con escepticismo.

pexels michelangelo buonarroti 8728561 2 - La imposibilidad de curar el cuerpo sin tratar el alma - Acalanda Magacín

—A nivel conceptual no cabe la menor duda de que tiene muchas ventajas; sin embargo, en esto, como dices, también hay gato encerrado o letra pequeña. Esto no podemos ocultarlo. Verás, analicemos Facebook. 

—Hace casi 20 años, Internet se convirtió en un medio ideal para el entretenimiento, mediante la utilización de páginas web. Al mismo tiempo comenzaron a surgir programas de chat como MSN Messenger, lo que propició la creación de páginas como Facebook. Inicialmente Facebook fue concebida para ser una red social para universitarios, con un toque hasta cierto punto romántico. La idea era publicar toda nuestra información básica, fotos memorables; y también como foro para que los estudiantes pudieran interactuar entre sí. Luego Facebook se hizo viral y se abrió a todo el mundo. Poco a poco fueron creciendo y mejorando sus prestaciones. Se implantaron en países en desarrollo, crearon Facebook Messenger y Facebook Marketplace. Muy pronto se convirtió en el número uno en captación de usuarios. Compró Instagram y Whatsapp. En fin, todo un crecimiento exponencial que les llevó a dominar las redes sociales.

—¿Y dónde crees que está el secreto de su éxito? —pregunté intrigado.

—Yo creo que en los cebos que nos ponen.

—¿Los cebos? ¿Qué cebos? —pregunté nuevamente, aún más intrigado.

—Sí. Te facilitan el contacto con tus amigos, el entretenimiento con videos interesantes, para vender y comprar cosas y para que podamos conocer a gente nueva. Y todo esto sin costo alguno. Pero…

—Pero ¿qué, Mari-Luz? —pregunté esta vez, aún más ansioso.

—Pues que aquí viene la parte oscura. Mientras que nosotros le estamos cediendo nuestra privacidad con informaciones diversas sobre nuestros gustos e intereses. Una privacidad que les pertenece, pudiendo utilizarla a su conveniencia. Sus contenidos son tan atractivos que llegas a convertirte en una especie de “drogodependiente” de la plataforma. Se podría decir que hemos caído en sus redes, consiguiendo su objetivo. Y es que los seres humanos somos personas curiosas, manipulables y grupales, que deseamos saber qué está haciendo nuestro vecino, esa persona especial que nos gusta, nuestros amigos y hasta nuestros enemigos. Pues bien, Facebook te ofrece justamente esto: te abre las puertas a la información sobre la persona que quieres, te presenta sus perfiles, sus fotos, etc. Y, no solo esto. Además, para mantenerte enganchado casi permanentemente a la plataforma recurren al deseo más primitivo que tenemos todos nosotros: la búsqueda de la felicidad. 

—¿Y qué hay de malo en ello, Mari-Luz? ¿Qué tiene de perverso que te ofrezcan lo que todos deseamos como seres humanos?

—A primera vista nada. La cuestión es que se trata de una felicidad ficticia. Es una “felicidad” generada con videos, fotos, interacciones e información generadora de dopamina en nuestro cerebro. Todo ello genera, como te he dicho antes, dopamina cerebral. Al final y a la postre lo que consiguen es que nos hagamos más individualistas y deprimidos. En fin, podría ser altamente negativo para nuestro estado físico y mental. 

—Ya, entiendo. Tratadas de decirme que todos estos efectos adversos podrían producirse con el Metaverso.

—Quizás. Con el Metaverso tú tendrás la posibilidad de crearte un avatar y hacer casi todo lo que se puede hacer en una sociedad. El control lo vas a tener tú y el mundo será mucho más bonito que el real. Un mundo donde te podrás olvidar de tu trabajo aburrido. Un mundo creado a tu imagen y semejanza.

—¿Un mundo feliz?

-Quizás. Sí, quizás, un mundo feliz.

Pablo Martín Allué


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