El Lazarillo Acalanda - ¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL LAZARILLO? - Acalanda Magacín
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¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL LAZARILLO?

No se puede enseñar nada a un hombre; sólo se le puede ayudar a encontrar la respuesta dentro de sí mismo.

¿Por qué no contemplar la posibilidad de que tanto El Lazarillo de Tormes como El Quijote —a mi juicio los más hermosos, los más gallardos y los más sublimes hijos del entendimiento que ha parido la literatura española— fueran engendrados por un mismo padre? 

En mi época de estudiante de EGB, El Lazarillo de Tormes estaba catalogado como una novela anónima. Hoy, la Inteligencia Artificial ha determinado que el autor de esta obra maestra de la literatura española es Diego Hurtado de Mendoza. Basa su determinación en que, en el año 2010, la prestigiosa paleógrafa Mercedes Argulló, tras años de investigación y dedicación, descubrió documentos relevantes entre los papeles de López de Velasco —encargado de escribir el testamento de Hurtado de Mendoza— que apuntan hacia la autoría del poeta y diplomático español, Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco.

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Como soy un hombre al que le gusta desatar nudos gordianos con soluciones creativas y pensamiento lateral, deseo, aquí y ahora, retar a la dichosa IA —que parece haberse adueñado del conocimiento del pasado, presente y futuro— a una singular batalla sobre la autoría de esta joya de la literatura española. Sí, ya sé que Don Quijote salió trasquilado en su empeño de enfrentarse a molinos de viento —que él creía que eran descomunales gigantes— y que la leyenda del ajedrez, Garri Kaspárov, fue derrotado en el año 1996 en su particular pelea contra el ordenador Deep Blue, tratando de demostrar al mundo que el pensamiento humano era superior a cualquier logaritmo generado por una máquina. Sé también que la IA ha demostrado una capacidad para procesar grandes cantidades de datos y elaborar informes con mucha precisión y a gran velocidad. Sin embargo, la IA carece de comprensión profunda y creatividad, mientras que los humanos podemos adaptarnos a situaciones cambiantes, resolver problemas creativamente y comprender contextos complejos. Por lo tanto, reto sin contemplaciones a la AI a que rectifique el informe que determina que El Lazarillo de Tormes es obra de Diego Hurtado de Mendoza; que está considerada como la primera novela moderna; y que sirvió de base para que Cervantes escribiera El Quijote.

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Veamos. El Lazarillo de Tormes es un trabajo literario escrito en primera persona y estilo epistolar de 1554. En él se cuenta de forma autobiográfica la vida de fortunas y adversidades de Lázaro de Tormes, desde su nacimiento y mísera infancia hasta su matrimonio en la edad adulta. Esta obra está considerada precursora de la novela picaresca — surgida durante el Siglo de Oro español en los años de transición entre el Renacimiento y el Barroco— por contener elementos tales como el realismo, la narración en primera persona, la estructura itinerante, el servicio a varios amos y el pensamiento moralizante. Es una crítica irónica a la sociedad de la época, especialmente dirigida a los clérigos y religiosos. Una creación con claras influencias erasmistas, enfocadas a renovar la concepción y las costumbres de la Iglesia, lo que motivó que la Inquisición la prohibiera, permitiendo su publicación una vez adaptada a sus requerimientos. El manuscrito se publicó íntegramente en el siglo XIX.

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Pues bien. Contextualizada la obra, emprendo este singular desafío, reto, combate o duelo —un método, por cierto, de resolución de conflictos practicado desde el siglo XV hasta principios del XX—contra la IA, eligiendo como padrino para la ocasión y para que se lleve de manera justa y honorable, a Francisco Calero Calero, catedrático emérito de filología latina. Por mi parte, acepto gustosamente cualquiera que me proponga mi contrincante —la IA— para el acompañamiento en sus tareas de procesamiento y análisis de datos. Con respecto a las armas, convengamos en que sean la dialéctica. El lugar puede ser yo en mi casa, la IA en la suya y Dios en la de todos. En cuanto a la afrenta que ha dado lugar a este singular duelo me he referido en un párrafo anterior: Que El Lazarillo de Tormes es obra de Diego Hurtado de Mendoza; que está considerada como la primera novela moderna y que sirvió de base para que Cervantes escribiera El Quijote.

 Por lo tanto, sin más dilaciones comienza, aquí y ahora, este singular duelo sin cuartel, una vez convenidos todos los aspectos del duelo: padrinos, armas, lugar y afrenta.

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—Afirma usted—sin despeinarse— reverenciada Inteligencia Artificial (IA), que El Lazarillo de Tormes fue escrito por Diego Hurtado de Mendoza. Bien, dígame, por favor, ¿Quién fue este personaje?

—Diego Hurtado de Mendoza fue un poeta, diplomático y humanista español del Renacimiento. Nació en Granada en 1503 y falleció en Madrid en 1575. Su obra abarca diversos géneros, como la poesía, la prosa y la traducción.

—Ya. Veo que progresa usted adecuadamente. Y, dígame, ¿Sabe usted que la atribución del Lazarillo de Tormes a este importante diplomático y escritor se debe al bibliógrafo belga André Schott?

—La autoría del Lazarillo de Tormes ha sido objeto de debate y misterio a lo largo de los años. Aunque fue publicada de manera anónima en 1554, varios nombres han sido propuestos como posibles autores.

—¿Varios autores? ¿Ahora me sale con ésta? ¿No me ha dicho taxativamente que fue Diego Hurtado de Mendoza? ¡Ya veo, que usted es de los que se hace trampas al solitario! Pero, bueno, dígame, cuáles son esos candidatos propuestos como posibles autores:

Fray Juan de Ortega. Este teólogo y fraile de la Orden de San Jerónimo fue uno de los primeros en ser relacionados con la autoría. Se encontró un borrador de la obra en su dormitorio, pero su falta de otras obras literarias y los matices anticlericales en el Lazarillo hacen que esta teoría sea cuestionable.

—… por lo tanto, hemos de descartarlo como posible autor. Pero, siga, siga, que en el pecado se encuentra la penitencia.

Juan de Valdés y Alfonso de Valdés. Estos hermanos humanistas y escritores también han sido considerados como posibles autores. Sin embargo, no hay pruebas concluyentes que respalden esta tesis.

—Pues, si no existen pruebas concluyentes, procedamos a borrarlos de la lista. ¿Algún otro más?

Diego Hurtado de Mendoza - ¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL LAZARILLO? - Acalanda Magacín

Diego Hurtado de Mendoza. En 1607, el historiador flamenco Andreas Valerius (seudónimo de André Schott) atribuyó la paternidad a Diego Hurtado de Mendoza. Aunque esta teoría ha sido debatida sigue siendo una posibilidad.

—Ya. ¿Usted cree sinceramente que esta teoría sigue siendo una posibilidad? Vera, alma de cántaro. Tome nota de lo que a continuación le voy a platicar en relación con esta disparatada posibilidad; y, ruégole, que lo incluya en su base de datos para general conocimiento. El bibliógrafo belga André Schott es autor de las recopilaciones bibliográficas, Catálugus clarorum Hispaniae scriptorum (1607) e Hispaniae bibliotheca (1608). Sin dar ningún argumento, tal paternidad fue recogida por Nicolás Antonio —célebre erudito iniciador de la bibliografía española, nacido en Sevilla en 1617 y fallecido en Madrid en 1684— en su Bibliotheca hispana, lo que propició que el nombre de Hurtado de Mendoza figurara en muchas ediciones del Lazarillo. La atribución iniciada por Schott fue seguida en el siglo XX por Ángel González Palencia, manifestándose en contra el arabista y crítico literario español Cándido Ángel González Palencia: “¿Autor del Lazarillo de Tormes”? No, ahí ya no coincidimos. El Lazarillo es un libro burgués; no es el fruto de un espíritu de gran señor, como lo era el de Don Diego”.

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—Yo insisto en que Diego Hurtado de Mendoza es el autor del Lazarillo de Tormes. Aunque durante muchos tiempos se consideró que la obra era anónima, en 2010, la prestigiosa paleógrafa Mercedes Agulló descubrió documentos que indicaban que Diego Hurtado de Mendoza probablemente fue el autor de esta novela pionera en la picaresca española.

—¿Probablemente? ¿Probablemente me dice ahora? ¿Es que ya no está tan seguro de su afirmación? Ya veo, ya veo, que sigue usted haciendo trampas al solitario. Ande siga tomando notas y hágame el favor de incorporarlas a su base de datos para general conocimiento. Mire, efectivamente, en 2010 la autoría de Hurtado de Mendoza fue indicada por la bibliotecaria Mercedes Agulló que ella misma se encargó de publicitar —a bombo y platillo—, en prensa, radio, televisión e internet. Primero la dio a conocer en una entrevista en el cultural de “El Mundo”, y luego en su libro A vueltas con el autor del Lazarillo.

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—Pues… ¡Ahí tiene la prueba fehaciente que me solicita! ¿Es que no ha quedado convencido?

—¡Relájese,amigo, no se excite!. ¡Cálmese! No estamos ante ningún “eureka”. La tesis resumida de la Sra. Agulló es la siguiente: El abogado Juan de Valdés, muerto en 1599, fue testamentario de Juan López de Velasco, quien, a su vez, lo fue de Diego Hurtado de Mendoza. Como consecuencia de estos hechos, entre los papeles de Valdés se encuentran los de Velasco y los de Mendoza. En los de Velasco aparece un legajo bajo el título Un legajo de correcciones hechas para la Impresión de Lazarillo y Propaladia. Pues bien, Agulló cree que este legajo pertenecía a Mendoza porque está entre otros legajos de éste último, y sobre ese rótulo basa toda su teoría.

—Bueno, acepto pulpo como animal de compañía. Ya veo que usted no da mucha credibilidad a una paleógrafa de reconocido prestigio.

—Vive Dios que yo no deseo desprestigiar en absoluto su meritorio trabajo; pero ha de saber, reverenciado IA, que el libro de la Sra. Agulló es la obra típica de una paleógrafa centrada en el análisis del inventario de los bienes de una testamentaria. Puedo asegurarle que no existe —y vive Dios que me he esforzado en encontrarlo— en su estudio el análisis filológico y literario comparativo del Lazarillo y las obras de Hurtado de Mendoza. Así que su tesis se cae por su propio peso. Podría esgrimir muchos argumentos en contra de esta propuesta, pero, por falta de tiempo y espacio, me limitaré a exponerle una “Ad hominem”. Espero que la pueda digerir correctamente. ¿Desea escucharla?

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—Sí, ¿Cómo no? Soy todo oídos para usted.

— Conforme, pues. Disparo: ¿Sabe usted que en la magnífica biblioteca de Hurtado de Mendoza no se conserva un ejemplar de su supuesto Lazarillo?

—No. Le reconozco que no conocía esta información.

—Por lo tanto, corramos un tupido velo sobre esta disparatada tesis y prosigamos con la exploración de otros posibles candidatos para esta autoría ¿Me propone usted algún otro nombre?

—¡Sí!, Joan Lluís Vives, otro defensor de las ideas de Erasmo. Se ha sugerido que Vives podría estar relacionado con la obra. No obstante, no hay pruebas sólidas para confirmarlo.

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—¡Juan Luis Vives, el valenciano Vives, amigo del Duque de Béjar y del emperador Carlos V, humanista y erasmista! ¡Bingo! ¡Qué sorpresa! Sí, me sorprende que lo haya dejado para el final, y esto a regañadientes. De todos modos, algo es algo.

—Es que se ha sugerido que Vives podría estar relacionado con la obra del Lazarillo.

—Ya, comprendo. ¿Se ha sugerido que Vives podría estar relacionado con la obra?, me dice usted, amalgama de circuitos electrónicos, ¿Que no hay pruebas sólidas para confirmarlo? Ya veo, ya veo, que usted se halla en el paleolítico del conocimiento y la información. ¿Conoce usted a Don Francisco Calero Calero?

—¿Su padrino en este duelo?

—Sí, mi padrino en este singular duelo. Y ahora, dígame o calle para siempre: ¿Le conoce?

—¡Claro! ¡Claro que le conozco! Francisco Calero Calero, Profesor Titular de Filología Latina de la UNED, es uno de los mejores conocedores de la obra del humanista valenciano Juan Luis Vives en España. Según su investigación, Juan Luis Vives, sería el autor de Lazarillo de Tormes. Calero ha demostrado esto mediante la comparación de los textos del Lazarillo con la vida y las obras latinas de Vives. En total, ha encontrado noventa y dos concordancias, algunas de ellas incluso casi literarias, lo que respalda de manera sólida esta atribución.

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—Su sinceridad es de agradecer. Entonces, reverenciada “Marketing Hype, o si lo prefiere, Inteligencia No Inteligente, ¿podría explicarme entonces por qué en su escueto primer informe afirma que el nombre de Juan Luis Vives es una sugerencia y que no existen pruebas sólidas para confirmarlo.

—Creo que ello puede deberse a un fallo de computación. Las inteligencias artificiales, sabe usted, también cometemos errores.

—Bueno, el reconocimiento de su error me conmueve profundamente. Los romanos consideraban que “Errare humanum est, sed perseverare diabolicum” o, dicho en Román paladino, “El error es humano, si bien perseverar en el error es diabólico”. Un aserto este que se aplica a la condición humana, por lo que no sabría decirle si usted, máquina infernal, podría ser devuelto del averno por su craso error.

—Le comprendo. Entonces, ¿por qué no me aplica la llamada “Exceptio veritatis»?

—¿Es que, no sabe usted, penosa Inteligencia Artificial, que, la “Exceptio veritatis”, sólo es aplicable cuando el acusado de calumnia puede quedar exento de toda pena probando el hecho criminal que se le hubiere imputado? Mucho me temo que usted no podrá probar nada de nada. Así que, vamos a dejar esta disquisición de leguleyos de una vez por todas. Infórmese, pues, con la excepción popular de “pecado reconocido, medio perdonado”.

—Por mi parte: ¡Aquí paz y allí gloria! Dicho lo cual, otrosí digo que: La hipótesis de Juan Luis Vives como autor del Lazarillo sigue siendo objeto de debate, pero el trabajo de Calero ha aportado evidencia significativa en favor de esta teoría. La novela, con su ingenio y crítica social, continúa intrigando a los lectores y sigue siendo un hito en la literatura española.

—¡Bingo! Tres fuertes hurras esta vez para usted, endemoniada y —he de reconocerlo— poco ponderada IA. Como acertadamente afirma ahora, el trabajo del profesor Calero ha aportado evidencia significativa en favor de la autoría de Juan Luis Vives de la obra inmortal El Lazarillo de Tormes. ¿Algo más que añadir?

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—No, por ahora, no.

—Pues entonces, como es costumbre en las celebraciones nupciales, ¡Diga lo que tenga que decir o calle para siempre! Y, ahora, si a usted no le parece mal, escuche con atención lo que deseo exponerle sobre la incuestionable autoría de Juan Luis Vives.

El profesor Francisco Calero —mi padrino en este duelo—, afirma en su libro Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes, que son muchas las obras de la literatura española en las que Vives está presente. En varios libros y artículos académicos ha defendido que en muchas de las obras importantes del siglo XVI no sólo está presente Vives, sino que es el autor de dichas obras. Basa su argumentación en el método filológico por excelencia, que consiste en la comparación de los textos que, son, al fin y a la postre, los que tienen que dar cuenta y razón de las obras. La presencia de Vives —comenta el profesor Calero de forma categórica— es innegable; lo discutible es si hay que hablar de una imitación e, incluso, plagio o de una autoría, tanto si se trata de obras anónimas como de obras firmadas con nombre falso, pues de todo hubo en nuestro admirable Siglo de Oro español.

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Centrados en la obra del Lazarillo, descubrimos un retrato-robot de la personalidad de su autor. Al tratarse de una obra maestra de la literatura española, su autor tuvo que ser un excelso escritor, con todo lo que ello conlleva: creatividad, dominio del lenguaje y capacidad de expresión. Además, según indican innumerables estudios de esta obra, su autor tenía que ser: humanista, erasmista, dominador de la retórica, jurista, filósofo, conocedor de la historia, preocupado por las soluciones de la pobreza, así como haber leído y estar familiarizado con la Fabulística grecolatina, el Asno de oro, la Celestina, el Amadís de Gaula, Obra de agricultura, entre otros autores y obras. El único personaje que reúne todas y cada una de estas cualidades es, sin el menor género de dudas, Juan Luis Vives.

El autor de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, más conocida popularmente como El Lazarillo de Tormes fue —digámoslo ya de una vez por todas y sin ningún género de reservas—, fue Juan Luis Vives.

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Al analizar su obra literaria descubrimos que fue un excelso escritor, un autor de primera fila. El filólogo y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Francisco Rico Manrique, refiriéndose a su temprana obra Fabula de homine, ha escrito: “Pequeña obra de ingenio y finura”. También, humanista. Sabemos con absoluta certeza que fue amigo íntimo de Erasmo, Moro y Budé, los cuales quedaron admirados de los grandes conocimientos y capacidades del valenciano Juan Luis Vives, dominador de la retórica, lector de La Celestina, El Asno de Oro, el Amadís de Gaula, la Obra de agricultura de Gabriel Alonso de Herrera y, por supuesto, las fábulas grecorromanas de Esopo, Fedro y Aviano. Como botón de muestra, en De disciplinis —una de sus obras más importantes—, escribió: “Aun si se acercaban a los autores de importancia, los recorrían no de otro modo o como el gallo de Esopo escarbaba la tierra para encontrar algo que comer”.

Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, naturalista, botánico, biólogo, cosmólogo, matemático y escritor francés, escribió la recordada frase: “Le style c’est l’homme même” (“El estilo es el hombre mismo”). Con ella pretendía poner el acento en que nuestro estilo personal —la forma en que nos expresamos y nos presentamos ante el mundo—, es un reflejo directo de nuestra personalidad. Es, por lo tanto, a través del estilo cómo mostramos a los demás quiénes somos, tanto por dentro como por fuera. Si, ciertamente, la elección de nuestras palabras, gestos o modos de vestir conforman nuestro verdadero retrato psicológico. De ahí que, como acertadamente ha escrito el profesor Francisco Calero, en su obra Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes, en cualquier investigación científica la elección del método es sumamente importante, al influir de forma decisiva en la obtención de resultados. En el caso que nos ocupa de determinación del autor del Lazarillo, ha elegido el mejor, el clásico de la ciencia filológica: la comparación.

El método de la comparación le ha llevado al profesor Calero a determinar la autoría de El Lazarillo en la persona de Juan Luis Vives —autor excepcional tanto de obras profundas como de ficción y entretenimiento— basándose especialmente en las ideas, así como en las palabras y las frases, la expresión lingüística y el estilo. Con esta fiable metodología ha conseguido hasta noventa y dos argumentos demostrativos de su autoría.

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A estas alturas de nuestro razonamiento o, si lo prefieren, utilizando una expresión cinéfila actual, “a estas alturas de la película”, se estarán preguntando por qué Juan Luis Vives no firmó esta magnífica obra. El profesor Francisco Calero señala varias razones. La primera es que en los inicios de su carrera deseaba hacerse un nombre entre los humanistas, lo que le obligaba a escribir en latín —la lengua culta—, pues por aquella época suponía un demérito hacerlo en las lenguas vulgares. La segunda es que Vives amaba la libertad por encima de todo, lo que le empujó a no firmar las que podían socavarla. La tercera es que, como judío o hijo de conversos, conocía perfectamente los inconvenientes que podrían derivarse para él y su familia a partir de determinadas manifestaciones religiosas. Y, finalmente, Vives era una persona extraordinariamente generosa, que huía del honor y la fama. Su propósito de vida era por encima de todo el bien público y la felicidad. En una carta a su maestro, Erasmo de Rotterdam, le escribe con toda valentía y claridad lo siguiente:

Por eso te ruego, maestro mío, que no vuelvas a escribirme sobre la fama y la gloria de mi nombre, pues con juramento te aseguro que con estas palabras me siento mucho menos impresionado que lo que puedas creer. El bien público lo tengo en mayor estima. A él contribuiré en la medida que pueda con la mejor voluntad, y consideraré verdaderamente felices a los que en este punto progresen.

Creo que este maravilloso y edificante extracto de la carta que le dirigió Vives a Erasmo podría ser el mejor final para esta sucinta reflexión sobre la autoría de El Lazarillo de Tormes; pero, hete aquí que, por el “Omne promissum de iure debitum est” (“El que promete, en deuda se mete”) —una expresión, por cierto, muy utilizada en aquellos gloriosos tiempos del Siglo de Oro—, debo saldar la deuda contraída con el respetable en relación con la cuestión del género literario de esta obra y si ésta sirvió de base para que Cervantes escribiera El Quijote. Deberán juzgar por sí mismos si, tras mis explicaciones, queda saldada la deuda contraída con todos ustedes.

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Se viene considerando de forma generalizada que El Lazarillo de Tormes pertenece al género literario de la novela picaresca, caracterizada por su estructura autobiográfica, humor satírico, un antihéroe como protagonista y un estilo literario de corte realista basado en la representación de la realidad desnuda y un compromiso moral, político y humanitario, que ha dejado una huella imborrable en la literatura española. Sin embargo, “stricto sensu”, El Lazarillo contiene una serie de singularidades que no encajan en la definición tradicional de una novela, un género literario versátil que nos invita a explorar mundos imaginarios a través de historias ficticias, longitud extensa, evolución de los personajes, etc.

En primer lugar, podemos considerar El Lazarillo de Tormes como una obra literaria encuadrada dentro del Formato Epistolar, pues se presenta como una serie de cartas escritas por el propio protagonista —Lázaro— en las que relata sus experiencias y peripecias; un formato que difiere claramente de la estructura narrativa lineal típica de las novelas. En este sentido, el catedrático de Literatura Española, Valentín Núñez Rivera, ha dictaminado que debemos concebir El Lazarillo como una obra retórica. Y, el Formato Epistolar —recordémoslo— es un escrito fundamentalmente epistolar.

El dominio de la retórica por parte de Vives —nos puntualiza el profesor Calero— queda de manifiesto por el hecho de haber escrito una importante obra sobre dicha disciplina: De ratione dicendi. Y, para mayor abundamiento, en De anima et vita —una de sus obras más importantes junto con De disciplinis — escribió:

Así, pues, damos crédito más pronto a una historieta narrada con sencillez que a argumentos dispuestos de antemano para la pugna y la rivalidad, y, por ello, para inspirar confianza a la gente es más útil la retórica que la dialéctica.

En segundo lugar, El Lazarillo, a diferencia de las novelas idealistas —centradas en ideales y héroes—, se focaliza en las pasiones que mueven al mundo, con la descripción de un pícaro que lucha por sobrevivir dentro de una sociedad corrupta.

En tercer lugar, El Lazarillo utiliza un estilo lingüístico claro y directo, en contraposición del más elaborado utilizado en las novelas.

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Y, finalmente, El Lazarillo, tiene una clarísima influencia erasmista. Por erasmismo —como nos aclara el profesor Francisco Calero en su obra, Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes— se entiende la difusión e influencia de las ideas de Erasmo de Rotterdam, que se pueden resumir en su esfuerzo por renovar la concepción y las costumbres de la Iglesia. Por su parte, el profesor, hispanista, cervantista y crítico literario, especialista en el Siglo de Oro, Francisco Márquez Villanueva, ha dictaminado que en El Lazarillo podemos ver la densa urdimbre de motivos erasmistas con las que se ha tejido el fondo moral de esta obra; una apreciación compartida por el profesor Calero, si bien, tamizada por el pensamiento original de Juan Luis Vives.

Así pues, El Lazarillo es una obra retórica de formato epistolar, erasmista y con el “marchamo” impregnado a fuego reflejado en concordancias más que evidentes entre pasajes del Lazarillo y las obras latinas de Vives.

Sí, en efecto, en El Lazarillo encontramos la fabulística grecolatina utilizada por Vives en diversos pasajes (un argumento incontestable a favor de la autoría de Vives del Lazarillo); la diversidad en los gustos (“Los juicios de los hombres son diversos” escribió, por ejemplo, en su obra De ratione dicendi); la moderación en la comida (“… pues hartarse es propio de animales, no de hombres”, escrita en su obra Linguae latinae exercitatio, en línea de moderación que apostilla el escudero de El Lazarillo, “Porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien”); la prevención sanitaria (la observación sanitaria que hace el ciego del Lazarillo, “… que agora es invierno y sabe mal el agua, y más los pies mojados”, coincide con la que Vives escribió sobre los pies en su Introductio ad sapientiam, “Procura mantener los pies limpios y calientes”); su preocupación por la pobreza, sus causas y soluciones, expuestas en Subventione pauperum con evidencias patentes en el Lazarillo, “La pereza y la holgazanería, y no el defecto fisico, es lo que hace decir que no pueden hacer nada”; la insolidaridad de los clérigos con los pobres: “No nos maravillemos de un clérigo ni fraile porque el uno hurta de los pobres”, una crítica severa escrita en El Lazarillo que concuerda con esta otra, “De esta forma los obispos y sacerdotes convirtieron en su patrimonio y en su hacienda lo que había sido de los pobres”, escrita en De subventione pauperum; la importancia del hambre y la angustia, omnipresente en la obra y que podemos observar también en diversas cartas que dirigió a Erasmo, Galcerano Capello o Juan de Vergara; las soluciones a la mendicidad (“Los que gobiernan las ciudades deben saber que todas esas necesidades pertenecen a su cuidado”, leemos en Subventione pauperum, y “… acordaron el Ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que allí adelante topasen fuese punido con azotes”, en El Lazarillo; la defensa del trabajo para todos o el humor, entre otras muchas concordancias.

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El humor, por cierto, como ha reconocido el hispanista francés, Marcel Bataillon, autor de Erasmo en España, es el principal ingrediente del Lazarillo; ¡Y del Quijote! —añado yo.

Bataillon escribió: “Queda patente que el Lazarillo es un libro para hacer reír, un libro de burlas, porque incorpora toda una literatura preexistente de historietas jocosas”. Precisamente, una de las principales objeciones que se vienen esgrimiendo en contra de la autoría de Vives de El Lazarillo (y también de El Quijote) ha sido que Vives estaba reñido con el humor, al considerar que era un moralista severo. Muy lejos de la verdad. El propio Vives en su Fabula de homine escribió: “Me agrada empezar esta disertación mía sobre el hombre con juegos y representaciones, porque el hombre en sí es juego y teatro”. Un aspecto este del humor que no pasó desapercibido para el vivista Enrique González: “Y es precisamente a causa de la preocupación vivesiana por instruir deleitando, que este hacía un constante recurso de audacias, por así decir, conceptuales, a juegos de palabras y salidas humorísticas que hoy parecerían largas y pesadas”.

Juan Luis Vives ha sido reconocido como uno de los pioneros de la pedagogía moderna. Se opuso a los métodos escolásticos, recomendando el método inductivo y experimental en la enseñanza, abogando por una educación enfocada en el desarrollo integral del individuo e incluyendo aspectos morales y sociales. Además, su enfoque trascendió lo puramente académico, al considerar a la educación como un medio para la mejora de la sociedad.

En mi artículo, ¿Quién escribió El Quijote? publicado en esta misma revista ACALANDA, planteaba a los lectores la cuestión de, ¿Por qué no contemplar la posibilidad de que Cervantes no fuera el verdadero autor de «El Quijote»?

Hoy, aquí y ahora, formulo una nueva, que lanzo al espacio sideral con la intención de que pueda ser captada por vida inteligente —que creo yo que “haberla, hayla”— existente en todas y cada una de las innumerables moradas de la Casa del Padre. Es la siguiente: ¿Por qué no contemplar la posibilidad de que tanto El Lazarillo de Tormes como El Quijote —a mi juicio los más hermosos, los más gallardos y los más sublimes hijos del entendimiento que ha parido la literatura española— fueran engendrados por un mismo padre? 

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Sí, un mismo padre —de fértil y cultivado ingenio, formado en la escuela de la adversidad y de los golpes duros— que le llevó a engendrar a sus dos hijos probablemente en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y todo ruido hace su habitación; o, ¿Quién sabe si en el sosiego, en lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes o la quietud del espíritu? En todo caso, de un modo o de otro, un engendro fructífero procedente de un padre que propició el que las musas más estériles se mostraran fecundas con el fin de ofrecer al mundo dos hijos para colmarlo de maravilla y de contento. 

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En este empeño no me pidan que me moje, ofreciéndoles el nombre de este padre. El gran científico y filósofo italiano del siglo XVII, Galileo Galilei, nos dejó dicho que, “No se puede enseñar nada a un hombre; sólo se le puede ayudar a encontrar la respuesta dentro de sí mismo”. Así que, consulten los datos, los hechos y los argumentos (o, si lo prefieren, “Busquen, comparen y si encuentran algo mejor, cómprenlo”) y, luego, déjense guiar por sus corazones. Yo tan sólo puedo sugerirles que, antes de firmar el veredicto sobre esta paternidad, cuestionen algunas de sus creencias, pues bien sabemos por Einstein —el gran científico del siglo XX— que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

José Antonio Hernández de la Moya


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1 comment on “¿QUIÉN ESCRIBIÓ EL LAZARILLO?

  1. Olvida contrastar con herramientas de estilometría, muchas de ellas aplican AI, a Juan de Arce y Otálora. Herramientas que muestran a Arce más cercano que Valdés. Sumemos que Valdés muere mucho antes de publicarse la obra y que aparecen acontecimientos históricos dentro de ella posteriores a la muerte de Valdés, por lo que existen lagunas históricas en su propuesta. Le recomiendo encarecidamente que lea los estudios realizado por José Luis Madrigal y Alfredo Rodríguez Vázquez.

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