Una de títulos

Por Iván Robledo

Para quienes nunca supimos a ciencia cierta si aquel dichoso cajón era ‘desastre’ o ‘de sastre’, y aun así sobrevivimos, nunca lo tuvimos fácil para lo que realmente no importaba. Pareciera como si los problemas fuesen más problemas que para el resto, y los entresijos del mundo una jungla por asfaltar. Pero entre tanto dislate también teníamos héroes, y de entre ellos nuestros preferidos eran los que trabajaban poniéndole títulos a los libros. Luego descubrimos que la cosa no era así, pero ya era tarde.

Ser “titulador” de libros era el sueño de nuestras mil y una mañanas. Preguntarse qué fue antes, si la gallina o la tortilla, el libro o el título, parecía la clave de todo entre tanto caos. Nos hacíamos cábalas tratando de averiguar si el autor soñaba el título y después tiraba de él hasta forjar una obra, o acaso no se atrevía a hacerlo hasta verla terminada. Y, para que usted comprenda, en esos pensamientos se nos consumían las horas.

Antes, para qué negarlo, todo parecía más fácil y sin embargo lo era. Tomaba usted un libro dejando mellada la estantería, sin disimulo leía “Las aventuras de…”, y ya se hacía una idea de casi todo lo demás. O, mejor aún, encontraba un “Tratado de…” para el que luego no cabía quejarse alegando indefensión. “Cinco semanas en globo”, por ejemplo, era un libro que narraba las cinco semanas que pasaron sus protagonistas en un globo, y nadie se preguntaba por qué el título callaba sobre qué hacían allí esos tipos. Tenías que leerlo para saber qué les llevó a emplear su tiempo en semejante alarde aerostático, y a día de hoy resulta sencillo imaginarnos a Verne cuando puso punto final y se sentó a pensar en un título. Y eso le honra, porque ayuda al lector a elegir lo que ha de desechar.

Cinco semanas en GloboNo todo, sin embargo, resultaba idílico en materia de títulos. Cervantes no llamó “El Quijote” a su obra cumbre e hizo bien, pues hubiera resultado un anacronismo fatal antes de publicarse, lo cual nos permite hacernos una idea de la importancia que tiene su elección para toda novela. Y es que hoy, para bien o para mal, las cosas están cambiando en ese sinsentido. El arte de titular merece a juicio de algunos la categoría de subgénero literario por su preciosismo desde el momento en el que su búsqueda lleva al autor a dedicar las horas más entregadas de su esfuerzo a tan titánica hazaña, lo cual ha de serle reconocido como mérito en su debe o su haber. No resulta exagerado decir que la lectura de títulos de novelas puede resultar en ocasiones más gratificante que la de sus contenidos, y basta acercarse al escaparate de una librería y dedicarle un tiempo maravilloso a escrutar la relación de publicaciones y disfrutar cuanto el tiempo nos lo permita para deleitarnos con ellos. Poco importa que de su lectura no podamos saber de qué trata el libro, y a veces mejor será así porque la satisfacción de tan originales composiciones merece tal recreo. Es entonces cuando imaginamos al autor en su lóbrega morada apostado frente a dos urnas, y en cada una de ellas unas papeletas con sustantivos abrumadores y adjetivos descalabrantes, lo imaginamos suspirando antes de sacar una primera referida, por decir algo, al tiempo, al cosmos o alguna virtualidad telúrica para, seguidamente y aprovechando el anterior suspiro, extraer la correspondiente de la segunda urna ornando la anterior con adjetivaciones imposibles que te arañan el alma, construcciones semánticas apiroladas o un juego de palabras en lo que importante es no participar. Por si acaso.

Y del escaparate dicho al suplemento cultural o la página de turno donde leer, y a ser posible en voz alta, la relación de títulos transformada en dicha pocas veces soñada. Atrás quedan las cinco semanas en globo o los tratados sobre los tratados. El título se ha convertido en parte de la obra por mucho que, al concluirla, nos preguntemos qué cuerno tendrá que ver aquello con aquisto. Pues bien, hemos hecho la prueba y, ¿cómo no licuarnos de gusto al obtener títulos como “Los sicómoros no andan de puntillas”, “Saturno y el jabón” o “El alma empanada”? Confiando en que esos libros no existan en realidad, ¿alguien da más? Pruebe a hacerlo y se sorprenderá.

Hay que confesar que siempre hemos sido amigos de títulos que no tienen nada que ver con la historia, pero solo cuando se hace por fastidiar, que es cosa distinta, y es que a la hora de buscar un título cada maestrillo tiene su enciclopedia y así debe ser porque que no hay arte menor. Los libros, en fin, no debieran ser como el nombre de esas medicinas pensadas para equivocarnos al querer recordarlas.

La victoria del fracaso, solo si lo permitimos

La victoria del fracaso solo puede ser posible, si nosotros y solo nosotros lo permitimos. Lo que suena a una frase cliché, es en realidad una gran verdad que sin ser el Santo Grial de la vida, es una filosofía que puede ayudarnos a seguir nuestro camino sobre todo si somos escritores o si queremos serlo. Sigue leyendo La victoria del fracaso, solo si lo permitimos

No habrá más Cervantes ni Mozart: malos tiempos para grandes titanes culturales

steinerLeo una entrevista periodística a George Steiner, eminente catedrático de literatura comparada, embajador de las Universidades de Princeton, Stanford, Ginebra y Cambridge, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, y su lucidez y claridad sobre la educación y los derroteros de la cultura bibliográfica me maravilla en las siguientes declaraciones que espigueo y que me provocan el ronroneo del aplauso callado junto a serias reflexiones.

Me atrevo a decir que no tienen desperdicio y nos ayudan a contextualizar la cultura. Sigue leyendo No habrá más Cervantes ni Mozart: malos tiempos para grandes titanes culturales

El español allende nuestra frontera

El español se define como una lengua romance que se habla en España, gran parte de América, Filipinas, Guinea Ecuatorial y otros lugares del mundo.

Debemos asumir el hecho de que nuestra Lengua no es precisamente coloquial, ni siquiera exclusivamente patriótica. Los llamados hispanohablantes han alzado nuestro idioma a niveles inimaginables, esparciéndolo por todo el mundo y aportando una lexicografía encomiable que muchos, desde luego necios, se niegan a aceptar.

Merced a los medios de comunicación, tenemos constancia de los infinitos matices que se agrupan en nuestra Lengua a fecha del presente, engrosando su dinámica en todos los ámbitos posibles: lenguaje usual, culto, rabanero, literario, cinematográfico, poético y desde luego filosófico.

Ya no alcanza, para quienes deseen conocer en profundidad nuestro idioma, con ceñirnos al habla propiamente española en todas las regiones de nuestra Península. El DRAE (Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua) no se forja, a Dios gracias, únicamente en España. Tenemos Academias de la Lengua en los siguientes países: Colombia, Argentina, Chile, Paraguay, Perú, Estados Unidos, México, Ecuador, Guatemala, Panamá, República Dominicana, Honduras, Puerto Rico, Costa Rica, Nueva York, Chicago, Boston, Denver y El Salvador.

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Los géneros narrativos. La novela

De carácter abierto, destaca su capacidad para contener elementos diversos en un relato complejo. Permite integrar personajes disímiles que se confrontan en líneas subordinadas o directas, logrando una escenografía sobradamente amplia y densa para lograr su paralelismo con la realidad. Surgen, pues, historias cruzadas, a veces supeditadas unas a otras, presenta hechos en un orden distinto en el que se produjeron, y admite incluir textos de diferente naturaleza entre ellos, tales como cartas, leyendas, poemas, canciones, citas, refranes, y todo esto otorga a la novela una mayor pluralidad que los géneros predecesores.

Por definición, novela es una obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres.

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Reapertura de Cervantes y Compañía

Cervantes y Compañía, una de las librerías amigas de Editorial Amarante en Madrid, se acaba de mudar a la calle Pez 27. Aquellos que eran asiduos a su antiguo emplazamiento en la calle Malasaña podrán disfrutar de un espacio más amplio pero con el mismo encanto y sin salir del barrio.

Abrieron sus puertas esta misma semana y ya la semana que viene (el día 12 a las 19:30h) Esther Aparicio, una de las autoras de Editorial Amarante, estará allí para charlar con los lectores y hablar del conjunto de su obra, especialmente de su última novela Hasta que regresemos a las estrellas.

Además, en Cervantes y Compañía todos los títulos de Amarante tendrán un descuento del 5% durante el mes de marzo.

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