El pasado viernes 21 de junio celebrábamos en Librería Víctor Jara, en Salamanca, la presentación del último poemario de la artista multidisciplinar Concha Ortega (Sevilla, 1943), Ecos espirituales, Ed. En Huida. En la mesa nos acompañaba la vicepresidenta de la Asociación El Legado de las Mujeres, Trinidad Sánchez.

Para acercarnos a este poemario habremos de remontarnos algo atrás: Francesco de Petrarca (1304-1373), originario de Arezzo, en Toscana, fue el primer gran poeta lírico moderno, cuya influencia llega hasta nuestros días. De la mano de sus continuadores, el petrarquismo se convirtió en un fenómeno de enorme importancia, primero en Italia y después en toda Europa. Expresión que entendía la naturaleza como fuente de inspiración de imágenes poéticas, el autoanálisis sentimental, la sensibilidad ante la belleza sensual, la melancolía frente a un amor inasequible y la innovación lingüística y métrica con base en el verso endecasílabo se convirtió en una escuela de la que han bebido grandes poetas de todos los tiempos.
En el siglo XV entra el petrarquismo en España, formalmente de la mano del soneto, con Francisco Imperial y con los Sonetos fechos al itálico modo del Marqués de Santillana, si bien no será hasta que el humanista veneciano Andrea Navagero invite a los poetas Boscán y, en particular, a Garcilaso cuando el soneto petrarquista se logre en su plenitud en lengua castellana. La sinceridad con la que percibimos los lectores a lo largo de los siglos la temperatura de su lírica, hundida en la mirada nostálgica de la perdida Arcadia, la melancolía de su acento sereno para cantar el amor imposible, la soledad, el desencanto, alcanzan a tocar en su cima a lectores hasta la actualidad. En esta tradición petrarquista amorosa se inserta la escritura de Concha Ortega en su obra Ecos espirituales.
Un movimiento, el petrarquismo, en el que destacaron nombres como los insignes que hemos ya nombrado en España y, más adelante, Fernando de Herrera, Lope de Vega o Quevedo y en el que en Italia junto a los de Pietro Bembo o Buonarrotti, destacaron numerosas mujeres, como fueron Vittoria Colonna, Isabella di Morra, Gaspara Stampa o Tullia d’Aragona.
Petrarquismo que encuentra su molde ideal en la estrofa del soneto, estrofa sin tiempo.
“pasarán los años y los años; irán modas, vendrán modas, y ese ser creado, tan complicado y tan inocente, tan sabio y tan pueril (nada, en suma, dos cuartetos y dos tercetos), seguirá teniendo una eterna voz para el hombre, siempre igual, pero siempre nueva, pero siempre distinta. Tan profundo como el enorme misterio oscuro de la Poesía es el breve misterio claro del soneto”.
Dámaso Alonso
Conocido es el florecimiento del soneto entre las voces modernistas de España e Hispanoamérica más altas -como las de Antonio Machado, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez-, los simbolistas y parnasianos franceses Baudelaire, Verlaine o, de nuevo en España, la Generación del 27.
Inolvidable el «Soneto de la guirnalda de rosas» de Federico García Lorca:
Soneto de la guirnalda
¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.
Entre lo que me quieres y te quiero,
aire de estrellas y temblor de planta,
espesura de anémonas levanta
con oscuro gemir un año entero.
Goza el fresco paisaje de mi herida,
quiebra juncos y arroyos delicados.
Bebe en muslo de miel sangre vertida.
Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,
boca rota de amor y alma mordida,
el tiempo nos encuentre destrozados.
Junto a hermosísimos sonetos como el que acabamos de leer de Lorca, Alberti o Josefina de la Torre, destacan en la Generación de Plata los de Ernestina de Champourcín, continuadora de la estela de Juan Ramón Jiménez, a quien siempre consideró su maestro, evolucionando también hacia la poesía pura y la poesía religiosa. Este soneto nos muestra la altura de su obra:
La voz del viento
Búscame en ti. La flecha de mi vida
ha clavado sus rumbos en tu pecho
y esquivo entre tus brazos el acecho
de las cien rutas que mi paso olvida.
Despójame del ansia desmedida
que abrasaba mi espíritu en barbecho.
El roce de tus manos ha deshecho
la audacia de mi frente envanecida.
Navegaré en tus pulsos. Dicha inerte
del silencio total. Ávida muerte
donde renacen, tuyos, mis sentidos.
Ahoga entre tus labios mi tristeza,
y esta inquietud punzante que ya empieza
a taladrar mi sien con sus latidos.
En esta larguísima tradición cultural y literaria se embebe, se comprende y multiplica la obra de Concha Ortega.
Como ha indicado en varias ocasiones el poeta Juan Antonio González Iglesias, “Leer a los Clásicos es caminar en brazos de gigantes”. Concha Ortega reclina su dulce pecho, su melancolía por el pasar del tiempo, la mirada nostálgica de un paisaje que trasmuta de primavera a otoño y apunta el invierno, temas íntimos como el amor platónico, el bucolismo, los colores que tintan su mirada de poeta tanto en los lienzos que pinta como en los versos que escribe… y el soneto se convierte -en su voz- en armazón delicado del “delicado sentir”.
El léxico que abunda en los sonetos de Concha es de enorme claridad: Así comienza el soneto de la página 25:
“Aquella claridad que me ponía
un sol templado bajo la almohada,
amaneceres, sueños de alborada
y un claro resplandor en mi apatía”
“Luz”, “sol naciente”, “faro”, “atardecer”, “resplandores”, “fulgor”, “estrellas”, “destellos”… No solo en sustantivos; es todo un enorme campo semántico de la luz que se va desgranando a lo largo de todo el poemario; luz simbólica, alegórica, vital que entra por los ojos -como describía ya el primero de los poetas a quien se le adjudica la estrofa del soneto: Da Lentini-:
“Amor es un deseo que viene del corazón
por abundancia de tanta complacencia,
y son los ojos los primeros en generar amor
y el corazón quien después lo alimenta.”
En este primer cuarteto del soneto de Da Lentini, en traducción de Luis Antonio de Villena, encontramos ya la tradición neoplatónica en la que los ojos de la amada incendian el corazón del enamorado, como gracia venida del mismo cielo.
Son claros los elementos ideológicos y sentimentales que beben de la tradición trovadoresca en el poemario que hoy presentamos:
– El poema “Mañana” , que comienza con el verso de Juan Ramón Jiménez nos recuerda las albadas, en las que los enamorados habían de despedirse, dentro de la tradición del amor cortés:
“Dura, seca fatídica mañana”,
que sacude mi vida de repente,
y me hace percibir la luz doliente
de una angustia que acecha soberana”
– Los contrastes verbales entre elementos positivos y negativos son constantes a lo largo del poemario: “luz doliente”, “rumor potente”, “destierras mi pesar con tu alegría”, “vuelves con la tormenta y con la brisa” o “claro resplandor en mi apatía”.
-Repeticiones, paralelismos, anáforas…
-o la “Religio amoris” tan claro del poema “Guardia de amor”, introducido, como todos los que conforman este precioso poemario, por un verso de Sonetos Espirituales del poeta de Moguer:
“Pongo mi voluntad en su armadura,
no la dejo volar a su albedrío;
ato mi libertad al desafío
de no rendir mi plaza a tu ternura.
No debo sucumbir a tu locura,
a este asedio que causa escalofrío;
(…)
¡ay, mi amor, no perturbes mi alborada
y deja que se esfume esta quimera!”
En el poema que acabamos de citar, además, como en el resto, encontramos lo que tan bien nos indica Octavio Paz cuando dice:
“La mayoría de los sonetos están compuestos […] por cuatro frases: el primer cuarteto es una exposición, el segundo su negación o alteración, el primer terceto es la crisis y el último el desenlace.”
en esta estructura en cuanto al contenido del soneto insiste Valencia Morales:
“Su desarrollo característico es: exposición gradual del asunto en los dos cuartetos, hasta el clímax, y desenlace, también gradual, en los tercetos. El último verso suele ser rotundo y a veces resume toda la idea del poema”
Observamos cómo se cumple en los versos de Concha Ortega:
Voz nueva
¿De quién es esa voz? ¿por qué suena
la voz que se perdió en la lejanía?
La voz que mitigó la aflicción mía
y supo atemperar cansancio y pena.
¿Qué fue de aquella voz? ¿Dónde se ha ido,
callando su sonido de campana,
la voz que hacía gozosa la mañana
dejando el corazón de amor henchido?
Se fue como una leve golondrina
que cruza el infinito con su vuelo,
se fue como una historia que termina
y deja un agridulce desconsuelo;
un vacío sin nombre que germina
en una noche oscura sin consuelo.
Exposición gradual en los dos cuartetos hasta el clímax. Preguntas retóricas que nos traen reminiscencias de la amada buscando al Amado del Cántico; amada que conoce la mañana gozosa y ha vivido de amor. Desenlace gradual en los tercetos: el amor se ha ido con el vuelo. Desconsuelo agridulce, vacío y verso rotundo del final: «en una noche oscura sin consuelo». De nuevo el carmelita en su “Noche del alma para siempre oscura”.
Carlos Edmundo de Ory escribió: “Dios hizo al hombre y el hombre hizo al soneto”.
Sobre la inmortalidad de la estrofa que comprobamos en la riqueza de los poemas de Ecos espirituales también opinó González Herrero:
“El soneto, en el jardín de la poesía, es una rosa. Pero no es la rosa que simboliza lo efímero; se ostenta en plenitud de hermosura y en su perenne esplendor”.
Rosa, efectivamente, simbolice o no en su poética lo efímero en los versos con los que enlaza Concha Ortega. Ecos juanramonianos que nos llevan hasta el prerrafaelismo del poeta, es decir, a la etapa en la que escribió Sonetos espirituales.


Juan Ramón vive estos años en la Residencia de Estudiantes (1913-1916), donde conoce a Zenobia Camprubí; época en la que atraviesa una profunda crisis formal y, en la búsqueda hacia una nueva dirección para su poesía, halla en su relación amorosa con Zenobia y en los continuos cambios sentimentales un amor concreto como fuente de inspiración. Con ecos de la Laura de Petrarca en su Cancionero y cual Rossetti sobre Elisabeth Siddal, Juan Ramón Jiménez escribiría un libro de sonetos amorosos sobre su propia historia de amor con Zenobia Camprubí.
Versos de enorme sensualidad por los que cruza la nostalgia y angustia del poeta observador que añora apresar tiempo y belleza, como indica, en la obra que presentamos, el precioso prólogo de Rocío Berrocal y la cita de Brines que acompaña:
“Las rosas se marchitan pero el olor a rosas permanece. Los cuerpos se angostan, pero la belleza perdura”.
Concha Ortega, como buena poeta, conoce este secreto. Recoge un verso del poeta andaluz, como quien escoge en un jardín la rosa más discreta y delicada, pulidísima por el poeta de Moguer y, a partir de este, desarrolla sonetos hermosísimos de enorme verdad.
La forma del soneto, dúctil por los endecasílabos, musical y de contención y medida estrófica perfectas para hilvanar la narración, sigue siendo perfectamente apropiada para captar la emoción, expresar los sentimientos y cincelarlos cual orfebre para la eternidad.

Concha Ortega, como decíamos antes, camina en brazos de gigantes al beber de las mejores fuentes literarias y culturales: corriente filosófica del neoplatonismo y cultural del petrarquismo, en la delicada y soberbia forma estrófica del soneto y el eco de los mejores poetas de la tradición, fundamentalmente en este poemario Juan Ramón Jiménez y San Juan de la Cruz.
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