En mi artículo anterior, Juan Luis Vives, el verdadero autor del Quijote, escribí que El Quijote era la culminación literaria del humanismo cristiano renacentista. Lo es, a mi juicio, porque en El Quijote convergen la fe y la dignidad del hombre, la libertad y la responsabilidad, la aspiración a una justicia inspirada en el Evangelio y la herencia viva de la cultura clásica y la mirada crítica e irónica del Renacimiento. Todo ello condensado en una obra universal que revela, con igual hondura, la grandeza y la fragilidad de la condición humana.
En efecto, Don Quijote encarna la grandeza del espíritu humano, la dignidad del hombre en su capacidad de soñar, luchar, errar y levantarse, aunque el mundo lo ridiculice y desprecie. Si bien, en la novela abundan la ironía y la parodia, el trasfondo espiritual, moral y religioso es innegable: sabiduría, compasión, trascendencia; justicia, honra, virtud; fe, providencia, redención, aparecen constantemente en las acciones de don Quijote, aunque sean desmesuradas e ilusorias.

El humanismo renacentista supo rescatar la herencia grecolatina y la integró con la tradición cristiana medieval. En este sentido, El Quijote es heredero de esa síntesis: dialoga con los clásicos (Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca), parodia los libros de caballerías medievales y, a la vez, refleja un espíritu moderno en el análisis de la realidad y de la condición humana.
Asimismo, el ideal humanista defendía la libertad interior y la responsabilidad personal. Don Quijote actúa guiado por su conciencia, por encima de la opinión social. Su libertad es la de seguir el ideal de justicia, aunque la realidad lo contradiga. Esa exaltación de la conciencia libre es, ciertamente, profundamente humanista y cristiana.
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.»
El Quijote
El humanismo cristiano aspiraba a lo universal, a una visión de la vida que abarcara a toda la Humanidad. El Quijote es, de hecho, la primera novela moderna universal, porque en ella se refleja la condición humana en su totalidad: razón y locura, esperanza y fracaso, ideal y realidad. Y, finalmente, con la reconciliación y la aceptación de la muerte cristiana, se corona la visión trascendente.

En sus últimos instantes, Don Quijote pide perdón, hace testamento y declara con firmeza que reniega de los libros de caballerías que lo habían enloquecido. Las frases finales que pronuncia son de confesión cristiana y reconciliación con la verdad:
«Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios, escarmentado, las abomino.»
El Quijote
Después de esto, dicta su testamento, se despide de sus amigos y, con serenidad cristiana, entrega su alma:
«Entre compasiones y lágrimas de los circunstantes, dio su espíritu —quiero decir que se murió.»
El Quijote
El Renacimiento enseñó, además, que el hombre puede mirarse críticamente, con ironía, sin perder su dignidad. El Quijote refleja muy bien este principio, convirtiendo magistralmente la burla en sabiduría: ridiculiza la locura de los ideales imposibles, pero, al mismo tiempo, eleva esa locura a la categoría de epopeya espiritual.
Pues bien, si El Quijote supone la culminación literaria del humanismo renacentista, su verdadero autor, Juan Luis Vives, por ende, puede ser considerado, a mi juicio, la culminación del humanismo cristiano por haber sido capaz de conseguir desde sus primeros escritos una síntesis perfecta del mundo clásico grecolatino y de las enseñanzas de Cristo.

En este sentido, en su primera obra, Christi Iesu Triumphus, con solo 20 años, comparó los triunfos de los generales romanos con el triunfo de Cristo sobre la muerte al producirse su resurrección.
Antes de proseguir, debo aclarar que no he utilizado la palabra “culminación” en el sentido cronológico (último), sino como el punto más alto, el que mejor expresa y armoniza, a mi juicio, lo que significa humanismo cristiano.
Verán. El Renacimiento abrió bibliotecas y rescató manuscritos, reavivando el brillo de Grecia y Roma. En medio de aquel fervor por la cultura clásica, muchos pensadores quedaron fascinados por la belleza pagana y olvidaron que el ser humano no se comprende del todo sin su dimensión espiritual. En este contexto surgió una voz distinta, clara, serena y profunda: la de Juan Luis Vives.
Valenciano de nacimiento, europeo por vocación y cristiano por convicción, Vives supo tender un puente entre la sabiduría clásica y la luz del Evangelio. No fue un mero filólogo ni un comentarista de los antiguos, sino un pensador integral que hizo del hombre su gran pasión: el hombre siempre provisto de dignidad, necesitado de educación, justicia y compasión. Mientras otros discutían de retóricas y genealogías, Vives se preguntaba cómo aliviar la pobreza, cómo educar mejor a los niños o cómo reconciliar la razón con la fe.

Por esto, a mí me parece que en Juan Luis Vives encontramos la cima del humanismo cristiano: un humanismo que dialoga con la sabiduría de los antiguos, pero que sabe que la verdad última es revelada en Cristo.
Además de un sabio y erudito, a Juan Luis Vives debemos considerarlo como un ejemplo de virtud y humanidad. No buscó el prestigio del academicismo ni el aplauso fácil, sino que se dejó guiar por una certeza más profunda: que todo saber está incompleto si no se traduce en compasión, en ternura y en justicia hacia los demás. Su pensamiento no fue un adorno intelectual, sino un compromiso con la vida, con la dignidad de cada persona, con los más necesitados y con los que no tenían voz. Su vida fue, en fin, una vida modélica dedicada al estudio y la escritura para cambiar al hombre por dentro.
Juan Luis Vives fue un hombre excepcional en todos los sentidos. Un sabio de dimensiones colosales. Una especie de “santo laico”. Cuando Erasmo escribió a Vives sobre la búsqueda de la gloria, éste le respondió:
«El bien público lo tengo en mayor estima. A él contribuiré en la medida que pueda con la mejor voluntad, y considero verdaderamente felices a los que han hecho progresos en este punto. Considero más auténtica tu gloria y tu alabanza cuando veo que alguno se ha hecho mejor con la lectura de las obras de tu talento, que cuando uno oye aquellas palabras laudatorias: Elocuentísimo, Doctísimo, Máximo.»
Juan Luis Vives. Epistolario, pág.513
Antes, Erasmo de Rotterdam, había dicho de Vives:
«Ha conseguido Vives para Valencia esta gloria: hacerla émula de Roma.»
Erasmo de Rotterdam
Erasmo versus Vives
Algunos autores califican a Vives de erasmista. Es verdad que Juan Luis Vives, con la humildad que le caracterizaba, se dirigía a Erasmo en su frecuente relación epistolar con él como amigo y maestro. Sin embargo, entre ambos hay grandes diferencias doctrinales y altibajos en su relación personal como ha puesto de manifiesto el profesor e investigador Francisco Calero Calero en su obra Autobiografía de Juan Luis Vives.

Podemos considerar a Erasmo el gran teórico universal del humanismo cristiano, con un tono crítico e irónico, preocupado por la reforma espiritual de las élites y de la Iglesia. Y a Vives el gran pragmático y social, más moderado, volcado en la educación, la asistencia a los más necesitados y la aplicación práctica del humanismo al bien común.
Erasmo buscó una reforma espiritual desde dentro de la Iglesia, criticando abusos y supersticiones y fomentando un cristianismo interior basado en la «filosofía de Cristo». Fue ambiguo frente a Lutero. Aunque rechazó el cisma, tuvo un claro acercamiento a los reformistas. Vives, sin embargo, fue mucho más prudente. Evitó confrontaciones directas y se mostró fiel a Roma. Para él, el humanismo cristiano debía estar siempre en sintonía con la ortodoxia católica.
El cristianismo de Erasmo es eminentemente moral e interior, centrado en la imitación de Cristo, la sencillez evangélica y la libertad del espíritu frente al ritualismo vacío. El de Vives, además de la dimensión espiritual, subraya la caridad práctica y la justicia social: cómo atender a los pobres, organizar la asistencia pública o mejorar la vida de la comunidad. Su visión es menos abstracta y más concreta.
Erasmo puso el acento en la educación de príncipes y de las élites, observable, por ejemplo, en la obra De institutione principis cristiani (La formación del príncipe cristiano), convencido de que la reforma vendría desde arriba, a través de dirigentes cultos y morales. Vives, sin embargo, amplió el horizonte educativo a todos, incluidos pobres y mujeres, que reflejó magistralmente en su obra De institutione feminae christianae (La formación de la mujer cristiana). Y es que, la educación era, para él, la base de la justicia social y la integración.
El lenguaje de Erasmo era irónico, satírico, crítico y mordaz, como se puede observar en su famosa obra Elogio de la locura. Su estilo era literario y polémico, con un gran dominio del latín elegante. El de Vives, sin embargo, era más sobrio, didáctico y sistemático. No busca tanto la polémica como la propuesta concreta y el análisis riguroso, enfocado en un análisis científico en los campos incipientes de la psicología, pedagogía y sociología.
En relación con la política y la sociedad, Erasmo, aunque escribió sobre la paz (Querela pacis), su compromiso fue más teórico, moral y literario. Vives mucho más práctico: elaboró programas de asistencia pública (De subventione pauperum), asesoró a reyes y ciudades sobre cómo organizar ayudas, promover la educación y la igualdad de oportunidades y el trabajo para pobres y marginados.
Se comprueban también diferencias notables entre ambos eruditos en las visiones sobre el ser humano. Erasmo acentúa la libertad moral, la posibilidad de elegir el bien, el optimismo renacentista sobre la perfectibilidad humana. Vives es más realista. Consciente de la fragilidad humana, insiste en la necesidad de la educación, la disciplina y las estructuras sociales que apoyen la virtud.
Para finalizar este epígrafe titulado Erasmo versus Vives, no puedo pasar por alto una importante cuestión que siempre sale a relucir cuando abordo la autoría del Quijote. Algunos lectores me plantean la siguiente pregunta :
¿Si Vives escribía en latín culto, cómo es posible que El Quijote lo escribiera en castellano?

A este respecto, Erasmo fue, ante todo, un latinista. Su obra se escribió casi en su totalidad en latín, porque lo consideraba la lengua universal de la cultura y la comunicación académica en Europa. No era partidario de vulgarizar en exceso el saber. Aunque defendía que el Evangelio debía ser accesible al pueblo, temía que traducirlo o enseñarlo en lenguas vernáculas sin control produjera malas interpretaciones. Por este motivo, Erasmo se distanció de Lutero y su traducción de la Biblia al alemán). Vives también escribió mayormente en latín, pero tuvo una postura más abierta hacia las lenguas vernáculas.
En su De tradendis disciplinis (1531) y en otros escritos, valoró la importancia de la lengua materna para la enseñanza, y defendió que el aprendizaje debía apoyarse en ella antes de llegar al latín. Además, compuso cartas y textos en castellano y en valenciano, y su obra pedagógica tenía un claro trasfondo práctico: que el conocimiento llegase más allá de las élites latinizadas. Por eso suele afirmarse que Vives anticipa la reivindicación de las lenguas vernáculas en la enseñanza.
Por lo tanto: ¿No les parece perfectamente verosímil que El Quijote fuera escrito por Vives en castellano?
El humanismo cristiano: un camino distinto
El Renacimiento ofreció dos senderos: uno, el del humanismo laico, enamorado de la antigüedad pagana y, a veces, distante del espíritu cristiano; otro, el del humanismo cristiano, que buscaba armonizar la razón clásica con la fe. En este segundo camino se sitúa Juan Luis Vives.
Para Vives, la sabiduría no era adorno, ni ejercicio retórico, sino alimento del alma y guía para la vida. Su ideal de cultura no se agotaba en el brillo de las letras, sino en la formación del carácter, en el cultivo de la virtud y en la práctica de la caridad.
Vives, maestro de la educación
Pocos pensadores del siglo XVI reflexionaron tanto sobre la educación como él. Creía que enseñar no era transmitir solamente datos e información, sino despertar la inteligencia, formar la voluntad y ennoblecer el corazón. Defendió la necesidad de adaptar la enseñanza al ritmo del alumno, de estimular la observación y la experiencia, de dar importancia a la comprensión, no a la repetición mecánica.
En un tiempo en que la mujer apenas tenía acceso a la instrucción, Vives defendió la educación femenina en su obra De institutione feminae christianae, adelantándose varios siglos a lo que hoy llamaríamos igualdad de oportunidades. Para él, sin educación integral, no había verdadera dignidad humana.
La compasión hecha doctrina social
La grandeza de Vives no se limita a la escuela: se extiende a la vida social y política. En De Subventione Pauperum elaboró una teoría de la ayuda a los pobres que anticipa, de algún modo, las políticas de bienestar modernas, proponiendo que la sociedad, a través de las instituciones, debía hacerse cargo de los más vulnerables, no como gesto de caridad ocasional, sino como deber de justicia social.

En De subventione pauperum (1526), Vives señala con claridad algunas ideas muy innovadoras de carácter social, subrayando la responsabilidad pública ante la pobreza. Y es que Vives tenía muy interiorizado que la asistencia social no es sólo caridad, sino una obligación de la comunidad política. También defendió que no se trata solo de aliviar la indigencia con dinero, sino de promover bienes que permitan una vida plenamente humana.
En su obra, De institutione feminae christianae (Instrucción de la mujer cristiana) del año 1523, Vives promueve el que las mujeres, incluidas las niñas, son intelectualmente capaces y deben recibir educación, resaltando la importancia de su formación práctica y moral, tanto para su bien como para el de la sociedad.

En De subventione pauperum escribió:
Tengan los niños expósitos un hospicio en el que sean alimentados: los que tienen madres seguras sean alimentados por ellas mismas hasta los seis años, pasando después a la escuela pública, en la que aprendan las primeras letras y las costumbres y sean alimentados.
Lo mismo digo sobre la escuela de niñas, en la que deben enseñarse los primeros rudimentos de las letras, y, si alguna está capacitada e, inclinada a las letras, déjesele avanzar un poco más, con tal de que todo se dirija a mejorar las costumbres.
Juan Luis Vives.
(De subventione pauperum)
Y es que, para Vives:
- La educación debe ser accesible a todas las mujeres, sin distinción de origen ni condición social. No basta con instruir a las hijas de familias acomodadas; también las niñas nacidas en la pobreza merecen recibir formación intelectual, educación moral y la adquisición de habilidades prácticas que les permitan desenvolverse con dignidad en la vida.
- Al abrir a las mujeres y a las niñas—y de manera especial a las más desfavorecidas— las puertas del conocimiento y de la participación en la vida social, se sientan las bases de una comunidad más justa, solidaria y próspera.
- La enseñanza, unida a la posibilidad de un trabajo digno, constituye un verdadero camino de dignificación y autonomía, capaz de romper el círculo de la miseria y ofrecer a cada persona la oportunidad de realizarse plenamente.
Ciertamente, su visión intelectual sobre la vida humana brotaba del Evangelio, pero se plasmaba en propuestas concretas. En fin, Vives comprendió que el humanismo no podía quedarse en las bibliotecas; debía bajar a las calles, a las casas, a la realidad del sufrimiento humano.
Vives, cima y ejemplo
En Juan Luis Vives confluyen las corrientes más nobles del pensamiento europeo: la herencia clásica, la sabiduría cristiana y la mirada compasiva hacia el ser humano concreto. Supo que la cultura sin virtud se convierte en vanidad, que la fe sin razón degenera en superstición y que la política sin justicia acaba en tiranía.
Por eso su voz, nacida en el siglo XVI, sigue siendo actual: nos recuerda que el hombre no está hecho sólo para saber, sino para amar; no sólo para pensar, sino para servir. Vives entendió que el corazón del ser humano no está en el brillo de las ideas, sino en la hondura de la vida compartida, en la fidelidad a la verdad y en la entrega generosa al otro. Su pensamiento, lejos de envejecer, ilumina nuestros días porque señala un camino siempre necesario: el de la reconciliación entre la inteligencia y la bondad, entre la fe y la razón, entre la justicia y la misericordia.
Quizá por eso, acercarnos a Vives no es sólo un ejercicio de memoria histórica, sino una invitación a recuperar lo esencial. Él nos muestra que el hombre alcanza su verdadera grandeza cuando une la lucidez de la mente con la ternura del corazón. Y en un tiempo como el nuestro, donde sobran conocimientos y falta sabiduría y compasión, su legado se levanta como un faro para recordarnos que el destino del ser humano no es dominar ni acumular, sino amar y servir.
Un humanismo para hoy
La vida de Juan Luis Vives estuvo marcada por la persecución: de familia judeoconversa, conoció de cerca la intolerancia, la persecución y la muerte. Esa experiencia personal no le condujo al rencor, sino a una búsqueda de la paz y la tolerancia. Su pensamiento resuena hoy en nosotros porque combina tres elementos que no siempre se encuentran juntos: rigor intelectual, sensibilidad social y espiritualidad cristiana. Debemos recordar que su gran lema de vida era, «Sine querela», es decir, sin queja hacia nada y hacía nadie.
A partir de su ejemplo de vida y su extraordinaria producción literaria, el humanismo cristiano alcanzó la cima. Tristemente, después de Vives, el humanismo europeo se fue inclinando hacia la secularización, perdiendo su base de humanismo cristiano. Por eso, yo me atrevo a afirmar que Juan Luis Vives representa la culminación del humanismo cristiano.

Juan Luis Vives nos dejó un legado inmortal, que debemos retomar. A saber: Que la dignidad del hombre es el fundamento de toda vida social. Un legado escrito en el siglo XVI que resuena aún en nuestras aulas, cuando hablamos de educación inclusiva; en nuestras leyes, cuando defendemos derechos universales; y en nuestras instituciones cuando buscamos un Estado que proteja a los más débiles.
Vives nos enseñó que la educación debía ser para todos, sin distinción de origen ni de sexo, y que la asistencia a los pobres no podía depender de limosnas ocasionales, sino de una organización racional y permanente. Fue, en este sentido, un adelantado al llamado «Estado Social».
Además, al estudiar la mente y las emociones, anticipó la psicología; y, al reclamar un cristianismo interior, libre de dogmatismos, encarnó un espíritu europeo de tolerancia y diálogo, algo que hoy necesitamos cultivar.
Hoy, en tiempos de incertidumbres, de desigualdades, conflictos bélicos y de crisis profunda en las organizaciones políticas, el mensaje de Vives cobra más que nunca todo su vigor: cuidar al hombre, educarlo y liberarlo para que pueda desplegar la dignidad inherente a su propia condición humana.


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