Este artículo rinde homenaje a Fernando Ónega como figura clave del periodismo español y protagonista de la Transición. Destaca su papel como portavoz de Adolfo Suárez, su contribución al célebre lema “Puedo prometer y prometo” y su influencia en la construcción del relato democrático. Subraya, además, su ética profesional, independencia y compromiso con la verdad como legado esencial para el periodismo y la convivencia democrática.
El periodismo español despide a uno de sus cronistas más ilustres. El fallecimiento de Fernando Ónega deja huérfana una obra y una vida que resultan indescifrables sin el contexto de la historia reciente de España. Su trayectoria profesional se mimetiza con los años de la Transición a la democracia, dejando un legado que trasciende la mera narración de los hechos: Ónega fue pieza clave en la construcción del relato de un país que buscaba reinventarse tras décadas de dictadura. Por este motivo la crónica actual lo consagra como la voz que narró y ayudó a construir los cimientos de nuestra libertad.
Un gallego que se convirtió en cronista de la historia
Nacido en Mosteiro (Pol, Lugo) el 15 de junio de 1947, Ónega fue más que un periodista: fue un testigo privilegiado y participante activo de los momentos más decisivos del final del franquismo y la consolidación de la democracia en España. Su vocación comenzó en la prensa local, pero pronto su trayectoria lo llevó a la esfera nacional.
En 1977, con la Transición en marcha y la incertidumbre política flotando en el aire, fue nombrado director de prensa y portavoz de la Presidencia del Gobierno bajo Adolfo Suárez, el primer presidente del Gobierno democráticamente elegido tras la dictadura. Desde ese puesto ejerció un papel clave no solo como narrador, sino como artífice de la comunicación política del nuevo régimen.

“Puedo prometer y prometo”: un lema, una era
Una de las claves para entender el impacto de Ónega en la Transición es su participación en la elaboración del discurso de Suárez que incluía la frase “Puedo prometer y prometo”, convertida en uno de los símbolos más reconocibles de aquel periodo. Lejos de ser una simple consigna electoral, ese enunciado representó la voluntad de España de dar un salto hacia una democracia inédita en su historia contemporánea, un pacto entre dirigentes y ciudadanos para apostar por la libertad, la apertura y el entendimiento.
Ese discurso marcó no solo la campaña política, sino también la forma en que muchos españoles interpretaron la política por primera vez en libertad. Ónega no solo lo escribió: puso palabras a las esperanzas y dudas de todo un país a punto de cambiar. Su pluma se convirtió en puente entre la ciudadanía y un poder que necesitaba legitimarse a través de la comunicación honesta y el diálogo.
Más allá del poder: una vida dedicada al periodismo
Tras su paso por Moncloa, Ónega no se retiró a la comodidad de lo institucional. Continuó ejerciendo el periodismo en su forma más pura y exigente: en radio, prensa y televisión. Fue director de informativos en importantes cadenas como Cadena SER y COPE, dirigió programas en TVE, Telecinco y Antena 3, y se convirtió en una voz respetada por su independencia, rigor y sentido de Estado.
Su carrera también se refirió a momentos críticos como el intento de golpe de Estado del 23-F, donde su análisis y presencia en medios ayudaron a que la sociedad comprendiera lo que estaba ocurriendo y por qué era vital defender la democracia.
En sus últimos años presidió el diario digital 65YMÁS, un medio orientado a la generación sénior, manteniendo viva su pasión por el oficio incluso en etapas más tardías de su vida profesional.

Una herencia para el periodismo y la democracia
Su figura ha sido unánimemente reconocida como la de un cronista imprescindible de la Transición, cuya mirada resultó determinante para descifrar una etapa fundacional de la España contemporánea. En este sentido, la Casa Real ha destacado su trayectoria como un referente del mejor periodismo, poniendo en valor una ética inquebrantable, su honestidad intelectual y un compromiso profundo con el análisis de los hechos
La figura de Ónega recuerda que el periodismo no es solo un oficio, sino una responsabilidad histórica. Su aproximación a la política no fue la de un simple observador, sino la de alguien consciente de que su trabajo podía influir en la percepción pública, en el curso de los acontecimientos y en la formación de un consenso social necesario para la convivencia democrática. Su legado es, en definitiva, el de un periodismo que busca entender y explicar sin simplificar, que pone nombre y sentido a los hechos, y que acompaña a la sociedad en su propio proceso de transformación.
Un faro frente al ruido informativo
En un ecosistema mediático como el actual, a menudo saturado por el ruido ensordecedor, la tergiversación deliberada y el peligro de las medias verdades, la figura de Fernando Ónega emerge como un referente ético necesario. Su trayectoria nos recuerda la urgencia de recuperar un periodismo reflexivo, aquel que no se deja arrastrar por la inmediatez vacía, sino que permanece comprometido con la verdad y es consciente de su responsabilidad en los grandes giros históricos.
La vida y obra de Fernando Ónega son el testimonio de que la Transición española no fue solo un proceso político, sino un hito cultural y comunicativo que exigió rigor y altura de miras. En definitiva, su legado nos invita a rechazar la información fragmentada para volver a una narrativa con sentido, donde la honestidad sea el único camino posible para la convivencia democrática.
Despedimos a un gallego que nos enseñó a mirar más allá de las apariencias, a escuchar con rigor y a comprender con humildad. Su pluma, su voz y sus análisis permanecen como parte viva de la memoria de una democracia que él mismo ayudó a definir.

Más allá de sus logros en las redacciones o en la gestión de la comunicación pública, la trayectoria de Fernando Ónega nos deja una enseñanza fundamental para nuestro tiempo: la ética de la responsabilidad en el uso de la palabra. En una era de promesas volátiles y mensajes efímeros, su papel en la creación del célebre “Puedo prometer y prometo” adquiere hoy un significado profundo que trasciende lo electoral.
Aquel lema no fue solo una estrategia; fue un ejercicio de honestidad política y un compromiso de lealtad con el ciudadano. Para nosotros, en nuestra vida cotidiana, esa frase representa la sabiduría de entender que la palabra es un contrato sagrado. Nos recuerda que la verdadera madurez consiste en no decir nada que no estemos dispuestos a sostener con los hechos, convirtiendo el lenguaje en un puente de confianza y no en un muro de ruido.
En fin, Fernando Ónega nos enseñó que la democracia, al igual que cualquier vínculo humano, se construye sobre la capacidad de escuchar con rigor y comprender con humildad, recordándonos que el diálogo honesto es, en última instancia, la forma más elevada de sabiduría y convivencia.

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