Algunos, quizás, se llevarán las manos a la cabeza. Otros, quizás, los más puristas de la «alta cultura», esbozarán una sonrisa de suficiencia. Pero lo diré sin ambages: he ido al cine a ver Torrente, presidente. Y no, no lo he hecho únicamente por una suerte de deber de «cultura cinematográfica» y completar la filmografía nacional.

Sabía perfectamente a lo que iba. En la taberna de Santiago Segura no hay engaño: el menú es de sobra conocido. Nos enfrentamos a un vocabulario soez, primitivo y deliberadamente vulgar; a una galería de personajes marginales, elementales y casposos. Sus mensajes son directos, sin filtros, biológicos. Sin embargo, a mi juicio, tras esa capa de grasa de churrería y humor de brocha gorda, late algo mucho más profundo y, paradójicamente, muy nuestro.
El espejo deformante de la realidad
Para entender a Torrente en pleno 2026, hay que volver la vista atrás, hacia los callejones del Madrid de principios del siglo XX. Es imposible no entroncar esta saga con la literatura de Ramón María del Valle-Inclán y su teoría del esperpento, especialmente plasmada en su genial obra Luces de bohemia.

Decía el maestro gallego que el sentido trágico de la vida española solo puede ofrecerse a través de una estética sistemáticamente deformada. El esperpento no es otra cosa que mirar nuestro reflejo en los espejos cóncavos de la calle del Gato: una imagen que, por ser grotesca, termina siendo la más fiel de las verdades.
En este sentido, a mí me parece que Torrente es profundamente «valleinclanesco». Es ese espejo deformante que nos devuelve una imagen de España que preferiríamos no reconocer, pero que está ahí.
Por esto, la serie de Torrente ha dejado de ser una simple parodia de un policía corrupto para convertirse en una crónica ácida de nuestra propia degradación colectiva.
De Max Estrella a José Luis Torrente
Si Luces de Bohemia es la radiografía de una España que «premia el revés y castiga la virtud», Torrente, presidente es la crónica de una sociedad que ha dejado de distinguir el derecho del revés. La conexión no es solo estética, es estructural. A saber:

✔️La peregrinación por el fango: Al igual que Max Estrella recorre las tabernas y calabozos de Madrid en una noche de peregrinación trágica, Torrente se mueve por una geografía de extrarradio, despachos brillantes pero vacíos y tugurios de mala muerte. Ambos personajes son guías de un infierno nacional. Eso sí, donde Max encuentra injusticia poética, Torrente encuentra oportunidad de negocio.
✔️La deformación de los «héroes»: Valle-Inclán decía que «los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento». Torrente, en este sentido, es el reflejo cóncavo del «salvador de la patria». No es un presidente, es la caricatura grotesca de la autoridad. Representa esa «España de charanga y pandereta» que ya denunciaba Machado y que Valle-Inclán elevó a categoría artística.
✔️El lenguaje como frontera: En Luces de Bohemia, el lenguaje oscila entre el helenismo culto y el argot de los bajos fondos de golfos y pandilleros. En Torrente, el lenguaje se ha degradado hasta lo puramente visceral. Es el esperpento del habla: ya no hay oratoria, solo hay eslóganes, insultos y una falta absoluta de la sintaxis más elemental.
La vigencia del «sentido trágico»
En la duodécima escena de Luces de Bohemia, Max Estrella sentencia: «España es una deformación grotesca de la civilización europea». Santiago Segura, en este mismo sentido, con su Torrente presidente, creo que consigue actualizar esa sentencia.

La película nos interpela porque, al igual que los personajes de Valle, los protagonistas de la saga Torrente son seres elementales movidos por el hambre, el sexo o la codicia, operando en un sistema político que parece haber perdido cualquier barniz de dignidad. La risa que nos provoca la película es, en realidad, la misma mueca amarga que sentía el lector ante la muerte de Max Estrella en un portal frío: la risa de quien se sabe habitante de un país que prefiere la farsa a la tragedia.
De la bohemia al chiringuito
Para entender por qué Torrente, presidente es el Luces de Bohemia de nuestra era —pasado, evidentemente, por un filtro de aceite de freidora—, basta observar la similitud de sus arquetipos:
✔️Max Estrella es un genio ciego y arruinado que representa la grandeza caída en la miseria. José Luis Torrente, un mediocre ambicioso, representando la miseria elevada a la categoría de «grandeza» política.
✔️Don Latino de Hispalis es el cínico que explota al genio, la metáfora de la traición con cierta maestría dialéctica. El Ayudante de turno: el fiel ignorante o el marginado explotado, es decir, la lealtad basada en la supervivencia básica y el balbuceo.
✔️Los escenarios: En Luces de Bohemia, el Madrid de los callejones, las tabernas y la oficina de Gobernación. En Torrente, presidente, el Madrid de los platós de televisión, los despachos de moqueta y los polígonos.
✔️La visión de la realidad: En Luces de Bohemia, una deformación grotesca de la civilización europea. En Torrente, presidente, una parodia zafia donde la política es solo un mercado de influencias de bajo coste.
✔️El motor de la acción: En Luces de Bohemia, la búsqueda de un billete de lotería y un pedazo de pan. En Torrente, presidente, la búsqueda del poder absoluto para dar rienda suelta a los vicios más viscerales.
Una España actual «puesta en bandeja»
Lo que hace, a mi juicio, que Torrente, presidente sea especialmente punzante hoy en día es cómo nos interpela. La película nos pone «la España política actual en bandeja». Esa realidad de bajo nivel, carente de altura de miras, donde el grito sustituye al argumento y el interés personal aplasta al bien común.
✔️El primitivismo como reflejo: Lo que en la pantalla parece una caricatura de la zafiedad, en los informativos se traduce en una política de trinchera y barro.
✔️La marginalidad de los valores: Torrente no es un bicho raro; es la amplificación de los vicios que, a veces de forma más sutil pero igual de dañina, permean nuestras instituciones.

En fin, a mí me parece que ver esta película no es un placer culpable sino un ejercicio de sociología de choque. Bajo el disfraz del chiste soez y el estupor visual, Santiago Segura nos obliga a mirar el abismo de nuestra propia complacencia política. Por este motivo, la recomiendo.
Quizás lo más perturbador de Torrente, presidente no sea el personaje en sí, sino darnos cuenta de que, en la España actual, la línea que separa la ficción del telediario se ha vuelto peligrosamente delgada.
En fin, quizás el esperpento valleinclanesco siga vivo en nuestra España actual. Quizás, estemos ante un inquietante “cambio de cromos” de la imagen del callejón del Gato por la del despacho oficial; y el de la épica de la miseria por la de una estudiada estrategia de comunicación política.


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Sí señor. Es una comparación bella, vista con la grandeza de la compasión. Es triste el panorama…y los antecedentes