Este artículo reflexiona sobre el reciente acuerdo entre el PP y el PSOE en el Senado para homenajear a Adolfo Suárez por los 50 años de su presidencia, interpretándolo como un destello de esperanza y un regreso necesario al «espíritu de la Transición» en un contexto actual marcado por la polarización. A través del recuerdo de hitos como la Ley para la Reforma Política, los Pactos de la Moncloa y la Constitución de 1978, el autor destaca la figura de Suárez como un artífice de la democracia que encarnó valores de generosidad, diálogo y empatía para conseguir el cambio político, desde la dictadura hasta la democracia. Finalmente, el texto subraya que la Transición fue un logro colectivo —una «sinfonía coral» de libertad— y que este aniversario debe servir no solo como un acto nostálgico, sino como una invitación a recuperar la ética del pacto y la concordia como base indispensable para el futuro de España.
Un buen amigo mío, periodista de raza y de larga trayectoria profesional —uno de esos cronistas que vivió en primera línea, con el cuaderno en la mano y el entusiasmo a flor de piel, todo el devenir de nuestra Transición política— me respondió por WhatsApp con una frase que parecía un suspiro de alivio tras décadas de sequía parlamentaria. Al conocer la noticia de que el PP y el PSOE se han unido en el Senado para preparar los actos de homenaje a Adolfo Suárez por los 50 años de su presidencia, exclamó:
— ¡Hombre, por fin hay un acuerdo!
Su reacción, tan espontánea como cargada de significado, no es solo el comentario de un observador veterano; es el eco de una necesidad profunda que recorre nuestra sociedad. Como bien sabemos, aquel espíritu de la Transición no fue un regalo del azar, sino del profundo deseo de libertad, diálogo, cambio e ilusión.
Mi amigo periodista, que vio cómo Adolfo Suárez encarnaba en su propio «ADN psicológico» valores como la generosidad y la empatía para poner de acuerdo a partes antagónicas, reconoce en este gesto del Senado un destello de esa concordia que algunos daban por perdida.
En un presente dominado por el ruido y la polarización, que este homenaje nazca de la unión y no de la confrontación nos invita a recuperar la serenidad del pensamiento. Es un recordatorio de que, como dice el epitafio— «La concordia fue posible» —inscrito en la tumba de Adolfo Suárez, en la catedral de Ávila, el diálogo sigue siendo la más sólida base para construir nuestro mejor futuro.

¿Quién fue Adolfo Suárez?
Para entender el acuerdo que hoy vemos en el Senado, es imprescindible rescatar la figura de Adolfo Suárez González (1932-2014), el hombre que, desde su Cebreros natal, llegó a convertirse en uno de los principales artífices de nuestra democracia moderna.
Abogado de formación y con una trayectoria forjada en la gestión pública —fue Gobernador Civil de Segovia, director general de RTVE y ministro secretario general del Movimiento—, Suárez asumió la presidencia en 1976 con una «misión imposible»: transformar una dictadura de casi 40 años en una democracia plena y homologable a nuestro entorno europeo, respetando la legalidad vigente, asombrando al mundo.
Bajo la máxima de once palabras, «De la Ley a la Ley, a través de la Ley» de Torcuato Fernández-Miranda—otro de los grandes artífices de la Transición junto con el Rey, don Juan Carlos—, Adolfo Suárez lideró estos hitos decisivos:
✅La Ley para la Reforma Política (1976): El instrumento jurídico que permitió al propio régimen franquista «autodisolverse» para dar paso a la libertad.
✅La legalización de los partidos políticos: Incluyendo el histórico paso de legalizar el Partido Comunista para garantizar unas elecciones auténticamente plurales.
✅Los Pactos de la Moncloa (1977): Un hito de generosidad política sin precedentes. Suárez logró sentar en la misma mesa a Gobierno, oposición, sindicatos y empresarios para estabilizar la economía y consolidar la democracia. Fue la prueba de que el diálogo podía sobreponerse a cualquier diferencia ideológica.
✅La Constitución de 1978: Bajo su mandato se alumbró la norma fundamental nacida del consenso, que devolvió a los españoles la soberanía y la convivencia.

Adolfo Suárez fue mucho más que un gestor de leyes. Como sostengo en mi libro EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: CONVERSACIONES PARA NUESTRO TIEMPO, su verdadero legado residió en su «alma grande»: una fuerza interior singular, capaz de generar confianza allí donde antes imperaban la sospecha y el recelo, y de encarnar, con naturalidad y firmeza, el llamado «espíritu de la Transición».
En él destacaron:
☑️La generosidad, el servicio y la valentía: antepuso el interés general de España al de su propia posición política, demostrando con hechos que el poder es, ante todo, una herramienta de servicio y no un fin en sí mismo.
☑️La empatía, la altura de miras y la lealtad: fue capaz de tender la mano y abrazar a sus antiguos adversarios en nombre del bien común, sin renunciar a sus convicciones, pero situando siempre la lealtad al proyecto colectivo por encima de las diferencias partidistas.
☑️El valor del silencio: se retiró de la política activa sin estridencias. Como se ha dicho de él, supo elegir el silencio —profundo como la eternidad— para no herir ni parecer presuntuoso. Prefirió callar antes que darse importancia, dejando así una lección magistral de humildad, discreción y sentido de Estado en un mundo saturado de ruido y vanidad.
Adolfo Suárez no solo fue el presidente que pilotó el cambio político; fue quien demostró que la concordia es una fuerza viva, fuerte y pura que se nutre del perdón y del servicio.
Su figura nos recuerda que el verdadero carisma nace de la capacidad de generar un estado de conciencia social orientado hacia la reconciliación.
La concordia como norte: El regreso del «espíritu de la Transición»
En un tiempo en el que el ruido y la polarización parecen dominar el debate público, la noticia de que el PP y el PSOE han alcanzado un acuerdo en el Senado para organizar actos conjuntos de homenaje a Adolfo Suárez, con motivo del 50.º aniversario de su llegada a la Presidencia del Gobierno, nos invita a la reflexión y también a la esperanza.
No se trata únicamente de un gesto institucional ni de una efeméride más en el calendario político. Hay en este acuerdo algo más profundo: una evocación, quizá tímida pero significativa, de un tiempo en el que el entendimiento fue posible incluso entre quienes habían estado separados por heridas recientes. Un tiempo en el que la política no era solo confrontación, sino también construcción compartida.
Mirar hacia ese pasado no implica idealizarlo ni ignorar sus dificultades, sino reconocer que existió una voluntad firme de concordia. Aquella generación, con Suárez como figura central, comprendió que España necesitaba algo más que victorias partidistas: necesitaba reconciliación, altura de miras y un proyecto común capaz de integrar sensibilidades distintas.

Hoy, cuando el desacuerdo parece haberse convertido en norma y el adversario en enemigo, este tipo de gestos adquiere un valor simbólico extraordinario. Nos recuerdan que la política puede volver a ser un espacio de encuentro, que el respeto mutuo no es una debilidad y que la búsqueda del bien común exige, en ocasiones, ceder, escuchar y comprender.
Tal vez este homenaje compartido no cambie por sí solo el tono del debate público. Pero sí puede actuar como una señal, como una grieta de luz en medio del ruido, que nos permita recuperar —aunque sea parcialmente— ese «espíritu de la Transición» que hizo posible lo que parecía imposible. Porque, en última instancia, la concordia no es solo un recuerdo del pasado: es una tarea pendiente del presente y una esperanza para el futuro.
Una sinfonía coral de libertad
Evidentemente, como bien recordaba Francisco Tomás y Valiente, la Transición no fue la obra de un solo hombre, sino una «sinfonía coral sin partitura», en la que cada ciudadano, desde su propia posición, contribuía a un anhelo compartido: la libertad.
Fue, en esencia, un logro colectivo, casi un milagro cívico, sostenido sobre cuatro pilares fundamentales:
✔️La superación del pasado, no como olvido, sino como ejercicio consciente de reconciliación.
✔️La ilusión por el futuro, entendida como motor de cambio y esperanza compartida.
✔️El diálogo sin prejuicios, capaz de tender puentes allí donde antes solo había barreras.
✔️La credibilidad en el compromiso mutuo, base indispensable para que la palabra dada tuviera valor y eficacia.
Sobre estos fundamentos se construyó un tiempo excepcional en el que la concordia no fue una consigna retórica, sino una auténtica voluntad colectiva.
Un mensaje para el presente
El homenaje que ahora preparan las fuerzas políticas en el Senado no debe quedarse en una simple mirada nostálgica. Debe ser una invitación a recuperar la serenidad del pensamiento y a utilizar la ética de aquel pacto fundacional como un espejo frente a la crispación actual.
Tal como sostengo en EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: CONVERSACIONES PARA NUESTRO TIEMPO, necesitamos fomentar un espíritu crítico que nos permita discernir hacia dónde vamos, aprendiendo de un pasado donde supimos mirar sin ira hacia el horizonte.
Que este aniversario sirva para recordar que el diálogo es el cimiento sobre el que se construye una nación próspera.
El homenaje a Adolfo Suárez no es solo el reconocimiento a un hombre excepcional, sino también una forma de revivir el espíritu que lo hizo posible y de rendir tributo a todo el pueblo español, protagonista esencial de aquel proceso histórico.
Porque, si la concordia fue posible una vez, nuestra responsabilidad es trabajar para que siga siéndolo hoy también.

(Promocional)
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