Opinión

Equis

El escritor norteamericano Edgar Allan Poe publicó en 1849 un texto humorístico titulado X en un suelto (X-ing a Paragraph). Un relato en el cual un aprendiz de tipógrafo, al comenzar a componer un texto en la imprenta (recién entregado por el dueño del periódico para el cual trabaja), se encuentra con que los cajones de las oes mayúsculas y minúsculas están vacíos. Todo apunta a que uno de los empleados de un periódico rival le ha saboteado y decide consultar a su supervisor para ver de qué manera soluciona el problema. Y, tras un «arréglate como puedas», finalmente este le sugiere que sustituya todas las oes por cualquier otra letra. Bob, el empleado, termina optando por la “x”. Como no podía ser de otro modo, el artículo resultante fue de todo punto ilegible y los lectores, tras el desconcierto inicial, pasaron a opinar que todo fue una simple broma o un mero ejercicio de fantasía.
Siglo y medio más tarde, dudamos que fuera por influencia o a modo de homenaje a Edgar Allan Poe, los guionistas de Los Simpsons, sentaron a Homer frente a una máquina de escribir a la cual le faltaba la letra “e” para que escribiera una crítica gastronómica. TypewritersHomer salió del brete obviándola al redactar y el director del periódico que le contrató, no podía ser de otra forma, lo toma por un chiste.
Todo esto viene al caso no porque la competencia me haya saboteado el Word ni porque a mi ordenador le falte letra alguna. Viene porque me he encontrado con una palabra gastada. Muy gastada. A veces ocurre; no es muy normal, pero sucede que una palabra está en boca de todos durante demasiado tiempo, a colación de cualquier asunto o metiéndola a capón, lo mismo da. Y la palabra se gasta, se queda sin sustancia, al menos sin su sustancia original, sin su esencia… y ya cansa. Los dedos ya hasta se me agarrotan sólo con pensar escribirla y por eso he decidido escribir este artículo sustituyendo esa palabra por equis.
Y que nadie piense que me sobra fantasía o que es una broma, porque son ya muchos los años de equis y esta ha causado demasiados estragos. Además, de la equis literaria (la que nos atañe en este caso) se venía hablando incluso en los años de bonanza económica, por lo que los últimos años han sido excesivamente sangrantes en el sector. En 2014, sin ir más lejos, y según la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL), cerraron un total de 912 librerías en España (casi tres al día), aunque hay que destacar que se abrieron 226. Las causas, obviamente, son muchas y varían ligeramente según a quien se pregunte (encontrarlas y analizarlas una a una no es el objetivo de escribir este suelto), si bien en un país en el cual un 55 % de la población reconoce no leer nunca o casi nunca, tal vez no haga falta buscar mucho más lejos. Y si, pese a esto último, tenemos en cuenta que el libro es la primera industria cultural del país (aporta un 0,7 % del PIB), nos asaltan ciertas cuestiones como por qué no se apoya más a un sector que ha demostrado ser un motor económico aún en los últimos años. Y no es ya una cuestión de subvenciones, olvidémonos de eso. Se trata de fomentar la lectura por su valor cultural y económico.
Muchos lo intentan y arriesgan; cada año siguen apareciendo nuevas librerías, editoriales y escritores (esas curiosas personas que dedican horas y horas al día durante meses y más meses a escribir un libro sin saber siquiera si alguien llegará a leerlo). Y no porque ande mucho loco suelto, sino porque hay mucha gente que cree en lo que hace.
Gente que no sólo deja a un lado palabras gastadas, sobadas y exprimidas, ni se limita a sustituirlas por equis, ni confiar en que las instituciones hagan algo, sino que siguen trabajando. Y si con eso no basta, trabajan más, o de un modo distinto.
La equis está ahí, de acuerdo, y no desaparecerá mañana, pero no se quedan parados hablando de ella.

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