Francisco F. Micol

Los géneros narrativos. El relato

No hay una específica definición de este género a tenor de su magnitud, hablando siempre tanto extensiva como intensivamente. Relatar, por definición, es dar a conocer un hecho empleando no muchas palabras. La prosa comienza y concluye con el relato, un género sobradamente conocido en el ámbito narrativo. Es oportuno diferenciar este género del cuento, ya que el segundo implica una estructura más extensa donde cabe hablar de exposición, nudo y desenlace, aunque no siempre en este orden.

Con frecuencia, injusta y erradamente, se considera al relato un estilo propio de principiantes, algo así como en pintura los bocetos a carboncillo. Desde luego nada más lejos de la verdad. El relato tiene personalidad propia y se asienta como un medio trascendental para ahondar en terrenos donde no pueden llegar el cuento, la novela breve o la novela. Cabe destacar su precisión, las concreciones infalibles que aporta, esa intensidad oscilante que se clava en la mente para no olvidarlo nunca. Es un estilo que han cultivado, curiosamente, todos los grandes escritores de la Historia, algunos de ellos haciendo del mismo su género por excelencia.

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Libro de relatos de Carlos Rodrigo

Permite, tanto al que comienza a escribir como a los ya curtidos profesionales, concretar una idea y desarrollarla en un espacio breve. De igual modo, perfila a un personaje, lo analiza intrínsecamente y le confiere su carácter individual que le hace merecedor de participar en una historia. Este género, ciertamente, no existe en estado puro, pues la inventiva de los narradores le ha dotado de una perspectiva más que extraordinaria, llegando a rivalizar con los denominados «estilos mayores».

Se habla de relato para determinar una narración breve y no por ello insustancial. Si analizamos cualquier obra literaria, podemos observar que está compuesta de secuencias exiguas con su matiz propio. Lázaro Carreter afirma que la unidad mínima narrativa es el parágrafo, y éste, a su vez, constituye un relato dentro del contexto donde se articula la historia genérica. Es, además, un espléndido crisol para realizar experimentos de toda índole, donde se pueden cambiar los tiempos narrativos (pretérito, presente o futuro) y a la persona (primera, segunda o tercera). La brevedad juega a favor en toda línea narrativa, pues el hábil encadenamiento de oraciones va dando lugar a la confección de un espacio y tiempo que se puede modificar a voluntad del escritor.

De ilimitadas posibilidades y temáticas, la excelencia de muchos relatos, sin embargo, se centra como ya hemos dicho en la figura de un personaje, aunque hay trabajos del género destinados a la «experimentación» escénica que incluyen conversaciones o diálogos con varios protagonistas.

Para buen ejemplo del alcance de este género, vaya el relato de Julio Cortázar intitulado

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

(Julio Cortázar; Todos los fuegos el fuego. Juego final).

La magia del relato nos envuelve en un juego de tiempos y transferencias de personajes donde los que aparecen en la novela se transforman maravillosamente en los de la vida real. Esté jugoso «rondó» narrativo bien demuestra la grandeza de un género que merece ser leído y cultivado por todos los amantes de la narrativa, alejando el desdén peyorativo que algunas personas vierten sobre el género.

Con ello, hago una invitación a lectores y escritores para que regresen o retomen este espléndido «tubo de ensayo» donde se puede hacer de todo sin límite alguno. Es la grandeza fascinante de la prosa.

Francisco F. Micol

Fotografía: Sara Facio

6 replies »

  1. Me parece un excelente artículo sobre el relato y su importancia y posibilidades literarias, tanto para el escritor como para el lector, pero hay algo con lo que no estoy de acuerdo, y es la diferencia que establece entre el relato y el cuento. Creo que pretender diferenciar literariamente un cuento y un relato corto no nos lleva a ninguna parte (ni por técnica ni por contenido), y no he encontrado aún ningún “estudio” ni “análisis” que de razones consistentes sobre esas pretendidas diferencias.
    Por lo demás, mi enhorabuena por el artículo.

  2. Estimado Antonio Blázquez Madrid.

    En general, un relato es el resultado de la inspiración inmediata (en este sentido comparte su génesis con la poesía), a diferencia del cuento donde todos los indicios deben llevar indefectiblemente al nudo y luego al desenlace, y por ende requiere un trabajo previo del autor.

    El término relato se emplea para describir aquellos textos breves donde no hay una línea argumental precisa o no lleva necesariamente a un punto de tensión, como en el cuento.

    La función del relato no es la de REPRESENTAR, sino montar un espectáculo. El relato no hace ver, no imita; la pasión que puede inflamarnos al leer una novela no es la de una visión (de hecho, nada vemos), es la del sentido, es decir, de un orden superior de la relación, el cual también posee sus emociones, sus esperanzas, amenazas y triunfos: LO QUE SUCEDE en el relato no es, desde el punto de vista referencial (real), literalmente nada; LO QUE PASA, es sólo el lenguaje, la aventura del lenguaje, cuyo advenimiento nunca deja de ser festejado.

    Le recomiendo, para un exhaustivo estudio del género, la obra: ANÁLISIS ESTRUCTURAL DEL RELATO. INTENTO DE UN ESTUDIO SEMIOLÓGICO, de Vidal LAQUIMIZ. Editorial Thesaurus, Tomo XXIV, número 1. Actualmente disponible en la librería del Instituto Cervantes.

    Gracias por su comentario y reciba un cordial abrazo.

    • Estimado amigo Francisco M. Micol: Te agradezco mucho que te hayas dignado darme una contestación personal a mi comentario sobre tu magnífico artículo. Podríamos considerar y dar por buena, e incluso por muy buena, tu explicación sobre las diferencias existentes entre un relato y un cuento, si no fuera porque son tantas y tan variadas las teorías habidas y escuchadas sobre ese tema, que hace difícil, por no decir imposible, marcar unas diferencias claras y concisas (si es que las hay).
      La penúltima vez que estuve hablando, o discrepando, sobre este asunto, fue con el escritor cubano Garzón Céspedes, que según su teoría (al parecer extendida dentro de una amplia zona de Centroamérica), el relato es producto de un hecho real que se cuenta, mientras que el cuento nace directamente en la imaginación del autor. Y entonces yo le puse el siguiente ejemplo: Imaginemos que caminando por la calle veo cómo una persona cae desde el sexto piso de un edificio, y hago un relato del tal hecho poniéndole ese punto de tensión que el propio hecho genera (Utilizo tu propia cita. Relato: “es dar a conocer un hecho sin muchas palabras. La prosa comienza y concluye en el relato”). Ahora bien, imaginemos también que yo, como autor, creo en la ficción ese hecho, y lo trascribo en el papel con su nudo y desenlace, producto de mi imaginación, y con ese necesario punto de tensión que tu citas (cuento). La pregunta es: ¿Dónde está la diferencia?

      Un cordial saludo

  3. Mi muy estimado Antonio Blázquez Madrid.

    En virtud de su exposición, muy lúcida por cierto, le expongo concretamente el hecho usado por usted como ejemplo para poder establecer la diferencia entre el género RELATO y el CUENTO.

    El hecho: una persona cae desde la sexta planta de un edificio.

    El punto de partida puede ser real o imaginario, teniendo en cuenta que si informamos de aquello debidamente tendremos una NOTICIA, algo que podemos leer cotidianamente en la prensa. Al respecto cabe explicar que muchas obras narrativas tienen elementos reales en su germen. Le pongo el caso de EL ASTILLERO (Juan Carlos Onetti). El autor uruguayo tenía conocimiento de un tipo (esto fue noticia) que se sintió estafado por la empresa que lo contrató, y para el desquite personal, se presentaba todos los días en aquella nada que había constituido la supuesta oficina donde debía realizar su trabajo.

    Del hecho real, Onetti trasladó como escritor a la mítica Santa María a un Larsen que pretendía llevar la contabilidad de una ruina en abandono sita en lo que fue un vetusto astillero, propiedad de don Jeremías Petrus. Ni qué decir tiene: le recomiendo la lectura de esta obra por su extraordinaria dimensión literaria universal.

    La diferencia entre el RELATO y el CUENTO, evidentemente, no versa en la veracidad de los hechos, sino en la estructura que el autor emplee para narrar la cosa de una u otra manera.

    Noticia sería informar del caso:

    Esta mañana, sobre las 10:22 horas, en la calle Giménez Godoy, un hombre de cuarenta años ha caído del balcón de la sexta planta al asfalto. Según fuentes policiales, el siniestro puede deberse a un accidente por parte de la víctima, ya que, según los primeros testigos, se le veía arreglar el toldo que cubre la balconada. Los restos mortales han sido trasladados al hospital provincial Virgen de la Esperanza donde se espera la autopsia preliminar.

    El relato podría ser algo como esto:

    Luego del café y dos tostadas sin hambre, el tipo, cuarenta años, estuvo acodado sobre la mesa mientras evocaba el rostro persistente de Gladys. Noches atrás, la mujer gastaba su soledad en la barra del último cafetín de la avenida, sola, sin prisa, sabiendo esperar entre trago y trago alguna esperanza novedosa. Fue, de golpe, la ternura preliminar que inspiró el primer acercamiento, un saludo escueto, la media sonrisa ofrecida con caridad y una simpatía oscilando entre la curiosidad y la extrañeza.
    Ella lo miró con sus ojos brillantes, exentos de rímel y ánimo, maquinal en el gesto de salutación comedido. No debía suponer nada para después de la media noche, en aquella madrugada férvida y calurosa. Pero la sorpresa de verlo entrar en mangas de camisa, la cara sin afeitar y con un pucho en la boca, le incitó a otra suerte de inquietudes cuando se había llegado sin ninguna.
    No hubo promesas ni supuestos; ella jugó a barajar nombres al azar tratando de atribuirle alguno válido, significativo para la identidad ulterior o el recuerdo, acaso, cuando alguna otra noche regresara allí y se hiciera servir nuevamente el guindado de su preferencia, coreando las palabras del mismo barman con su monótono uniforme verde sobre la camisa que a esas horas se adivinaba blanca. (…)

    Pero el cuento, sobre el mismo hecho, requiere de otra estructura más compleja donde es imprescindible establecer exposición (Gladys y el tipo), un desarrollo y el conocido desenlace.

    La gozosa armonía de la prosa estriba en saber equilibrar lo que se narra y cómo se hace, dando lugar esto a los diversos géneros que conocemos.

    El relato literario, más o menos largo pero no extenso, difiere del cuento por su estructura. Si al caso emplea exposición, nudo y desenlace (no necesariamente en este orden), usted habría escrito un CUENTO. Por el contrario, si agrega al hecho un prólogo escueto y lo encaja en el ámbito narrativo, aun con el mismo final, tendría un RELATO.

    Recuerde que el CUENTO es el germen de la NOVELA, pero el RELATO bifurca por su propia estructura hacia otro terreno donde el resultado determina su género. Es cierto que el RELATO constituye el principio y el final de la narrativa, pues en una novela siempre hallaremos fragmentos que por sí mismos son RELATOS. Esto bien puede apreciarse en muchas novelas donde un capítulo determinado es un RELATO.

    Tomando de nuevo a Juan Carlos Onetti (no es preciso subrayar mi supina admiración por el mismo), recordamos su relato intitulado: JUSTO EL TREINTA Y UNO, que curiosa y fascinantemente, habría de insertar, palabra por palabra, como un capítulo de su novela: DEJEMOS HABLAR AL VIENTO. La pregunta, al caso, es cómo logra Onetti doce años antes escribir un texto que posteriormente encaja como pieza de relojería en su ya mencionada novela.

    En compendio. La diferencia entre RELATO y CUENTO estriba en la estructura de cada género, no más.

    Con mi mayor agrado y respeto,

    Francisco F. Micol

    • Estimado Francisco F. Micol: Creo que yo estoy en el grupo (numeroso, por cierto) de los que consideran el relato y el cuento “sinónimos”. Aunque este intercambio de opiniones me agrada y me ha parecido muy interesante, no obstante, dada lo multiplicidad de opiniones y contraopiniones que con toda probabilidad nos estaríamos dando en cada una de nuestras contestaciones, creo que debemos dejar pospuesto el tema para cuando tengamos la oportunidad de vernos de nuevo, para hablarlo tranquilamente..
      Con todo afecto
      Antonio Blázquez-Madrid

  4. Estimado Antonio Blázquez Madrid.

    Es cierto que muchos temas requieren de reunión presencial para poderlos abordar como bien merecen. Por ello me adhiero a su afable propuesta y tendremos ocasión, sin duda, de conversar largo y tendido sobre ambos géneros.

    Resulta muy genérica la idea de que el RELATO y el CUENTO son una misma cosa, pero evidentemente nos hallamos ante una cuestión de léxico que embrolla la nomenclatura de los dos géneros.

    Gracias por sus observaciones y aportación a este artículo.

    Suyo siempre, de veras,

    Francisco F. Micol

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