Amor por leer

Escribir aunque nadie nos lea

salingerLeo una entrevista al veterano director de cine y escritor Gonzalo Suárez quien afirma con clarividencia que

Necesitamos los libros y las películas que también conforman la realidad. Se llama cultura. Yo echo de menos en los políticos que nadie hable ni a nadie le importe, al parecer, la cultura. Sólo el dinero. Europa ha perdido su identidad cultural y así nos va. Hay que seguir escribiendo y haciendo cine aunque nadie nos lea ni nos vea.

Me resulta estimulante este alegato por la creatividad literaria. Corren tiempos en que los lectores son menos lectores y los escritores escriben menos. Quizá se avecinan tiempos tan estremecedores para la cultura del libro como los expuestos por  la película Fahrenheit 451 (F.Truffaut, 1966), en que los últimos mohicanos del placer de la lectura, ante la quema de tan peligrosas armas culturales por el gobierno, se dedican a memorizar íntegra y literalmente mente todos los libros para que perduren en el tiempo (en formato neuronal), a salvo de las llamas y de censores.

Hoy día, el calor de la tecnología, con su rapidez y servicio,  ha dado paso al incendio de la cultura bibliográfica. La eclosión de la información en internet y en dispositivos ha convertido el tranquilo estanque donde los libros eran bellos nenúfares en un siniestro pantano plagado de maleza, caimanes, motoras, algas enredadoras…

El tiempo de ocio era el oasis del humanista que le permitía leer y escribir. Hoy ese espacio de ocio, especialmente en la juventud, se ve colmado por otra forma de cultura, la cultura de lo audiovisual, del correveidile por whastapp, de quedarse pegado a los auriculares donde ritmos frenéticos llevan al aturdimiento, los encuentros de botellón o similares.

El joven tiene poco tiempo libre y el que hay se destina al consumo instantáneo, al placer efímero, a la nada.Y el adulto se deja seducir por el artilugio, el gadget de última generación, mientras su caligrafía de la adolescencia pierde trazo y legibilidad.

romance-novelasHoy día vemos con naturalidad a varios jóvenes juntos y cada uno mirando la pantallita de su teléfono de forma continuada, sin comunicarse. ¿Podemos imaginar un grupo de jovenes reunido y mirando cada uno de soslayo o con fruición una novela en el regazo?

No se trata de demonizar a internet pues su servicio a la democratización de la cultura general es incuestionable, pero tampoco de condenar la literatura al ostracismo.

Todo escritor debe llevar en la alforja como simiente de creatividad, o una experiencia singular, o la biblioteca en la cabeza, fruto de vastas lecturas, que bien sembradas y rumiadas, sean capaces de alumbrar nuevos textos con nuevas ideas. Y me temo que la biblioteca de internet está en la tecla del creador actual pero no en su cabeza, y no es lo mismo. No señor, no es lo mismo.

Sin ser pesimista, me temo que si no hay tiempo para leer ni para escribir, la cultura del pensamiento reflexivo en papel, de la ficción, de la poesía sosegada, irá quedando relegada con síntomas de convertirse en una secta de iniciados.

Por eso Gonzalo Suárez da en el clavo. Hay que alimentar el árbol de la cultura con el agua y las sales de la escritura. Y sobre todo, no desanimarse. Escribir es laborioso, pero con el sabor de lo artesano; un placer solitario, gratificante en sí mismo, que se enriquece cuando alguien nos lee lo manuscrito y se consigue establecer ese mágico contacto entre autor y lector; sin llegar, claro está, al extremo tóxico de la protagonista de la novela Misery (Stephen King, 1987), que se obsesiona con que el autor y la trama de su obra.

playa-escribirAdemás hay algo maravilloso cuando escribimos en trance, de forma impetuosa, febril o placentera (quizá al amparo de la noche,  en la soledad de la habitación, o para evadirnos de la realidad cotidiana o fruto de un incidente familiar o sentimental, eso que se llama musa o inspiración).

Pero mas maravillosa resulta la sensación si muy posteriormente rescatamos el manuscrito del cajón (o del archivo del ordenador) y lo leemos.

Frecuentemente nos quedamos perplejos. Nosotros hemos cambiado y nos asombra nuestra propia obra, lo que piensan o dicen los personajes, los derroteros de la trama, los juegos de palabras, la manera de describir y enlazar situaciones. Personalmente he publicado muchas cosas (columnas periodísticas y ensayos, en su mayoría), pero guardo celosamente inédita la única novela que escribí hace veinte años, y me asombra hojearla ahora y comprobar que sus personajes tienen vida y sus diálogos me parecen vívidos. Me siento como el padre complaciente con sus personajes, como hijos ya mayores de edad y resistentes a abandonar el hogar.

En fin, no debemos rendir cuentas a nadie de nuestro tiempo, salvo a nosotros mismos por no haber dado rienda suelta a nuestra creatividad. Escribamos por nuestro propio placer. Y sobre todo, el autor, el creador, el escribidor, debe tener presente la acertada reflexión del crítico literario británico Cyril Connolly:

Es mejor escribir para uno mismo y no encontrar público, que escribir para el público y no encontrarse uno mismo.

novela-meca

2 replies »

  1. Cuando veo a grupos de jóvenes, mirando el móvil y nada más, me conformaría con que tuviesen una conversación amena, tranquila, inteligente. Ni siquiera les pido que lean en público. El otro día marchaba en el bus y llevaba detrás dos chicas jóvenes, con los auriculares puestos, que iban gritándose memeces.

Gracias por comentar