Iván Robledo

El peor libro del mundo

Estar sobrevalorado está sobrevalorado, resignémonos, y por más que nos esforcemosPortada cada día nos asaltan nuevas e increíbles historias de superación que nos hacen sentirnos como patanes apabullados ante tanto reto y cima alcanzada. Nos enternece asistir a esas tales superaciones entre aplausos, vítores y confetis, competiciones que a vista de sofá logran que recuperemos la fe en el ser humano, porque si hay algo verdaderamente humano es ver cómo nuestros congéneres se esfuerzan en lograr cosas increíbles que nos traen al pairo. Eso nos gusta, para qué negarlo, pero disfrutar, lo que se dice disfrutar, lo hacemos al ver cómo se estrellan tantos y tantos al estilo del patinador on the rocks sobre el hielo cayendo estrepitosamente con las piernas en alto. Es entonces cuando la diversión se vuelve sabiduría, y el filósofo hispano que todos llevamos dentro dicta su sentencia: “si yo ya lo sabía…”.

Gracias a esa gente que tanto se esfuerza por nosotros podemos conocer con periodicidad helvética quién es, por ejemplo, el hombre más rápido del mundo. Ya saben, ese momentazo atlético en el que una serie de señores corren sin motivo aparente para obsceno goce de un planeta que los observa, ¡y los anima!, desde una tasca bocadillo en mano. Podemos afirmar que correr es de cobardes, pero si reflexionamos sobre el asunto veremos que semejante fulgor en pantalón corto que bate plusmarcas en algo más de lo canta un gallo no es cuestión baladí, pues nos deja abierta la puerta a plantearnos cuestiones de gran calado como, por ejemplo, saber quién es el hombre más lento del planeta. Descartando siquiera por instinto que lo sea el último de esa carrera, cualquiera de nosotros podría ser el candidato perfecto, que méritos no nos faltan para alzarnos diligentemente con tan perezoso galardón. Y es que ser el hombre más remolón del globo, siendo reconocimiento alcanzado en buena lid, no deja de ser un título y eso, en los tiempos que corren, es mucho más de lo que cualquiera puede llegar a soñar. Sería, en los tiempos del selfie, un homenaje a la foto finish.

Peor libro 2Ocurre sin embargo que la tontería de las listas del uno al diez sobre cualquier cosa, como los atletas mencionados o lo que queramos imaginar, se nos está yendo de las manos. No parece sensato que sepamos recitar de memoria listas y más listas de las diez mejores cosas, pero seamos incapaces de recordar una sola de las diez peores que no sean de amigos y conocidos. Es lo mismo que ocurre con la mil listas que existen, todas distintas entre ellas, sobre los mejores diez libros de la literatura universal, la patria o la en comandita. De lo que sea, todos conocemos una de esas listas, y si no nos la inventamos. No hay medio de comunicación que se precie que no tenga la suya, ni crítico ni criticón que nos haga tragar con la propia generalmente adobada por criterios que también merecerían contar con su propia lista. Lo que ocurre es que, como en el atletismo, el tiempo libre que nos deja no estar en ninguna nos permite preguntarnos cómo sería una lista con los diez peores libros y, si queremos llegar al fondo del asunto, cuál sería el peor libro del mundo en la peor de las categorías posibles, la de “libro recomendado por un amigo”, ahí donde no existe perdón posible. Precisamente hablando de estas cosas conocido es el caso en el ámbito cinematográfico del director Ed Wood, considerado el peor director de la historia sin que todavía sepamos a qué se debe tal mérito viendo lo que vemos en cada festival de cine que organiza cada pueblo. Además de ignorar quiénes son los nueve que le preceden, es un hecho que el tal Ed Wood se ha convertido gracias a su demérito en seguidísimo autor de culto, creando así una gran paradoja de difícil digestión.

¿Ocurre lo mismo en el mundo abisal de la literatura? Nadie se atreve a reconocerlo, pero como ocurre con casi todas las cosas importantes de la vida, lo hablamos en la intimidad. Si somos incapaces de ponernos de acuerdo sobre qué criterios permiten afirmar que un libro es, en esencia, un gran libro, ¿cómo podremos coincidir acerca de los peores? Es el problema de que cada membrillo tenga su librillo, que no hay manera de hacernos entrar en sinrazón. Aunque sola sea por razones de salud mental, la locura de reconocer que hay libros aspirantes a engrosar la lista de los peores del mundo haría un gran bien al conjunto de la población, saber que junto a la lista de los más vendidos, o los más populares, o los mejor considerados o, en el colmo del paroxismo, los más leídos haya otra clasificación que recoja los despojos de la literatura, haría feliz a mucha gente. No por prurito científico sino por algo más parecido a la sección de los telediarios en los que vemos a gente tropezar y caer para nuestro desternille, todo un soplo de aire fresco para nuestro rencor y una caricia que sacia, hasta donde llega, nuestro resentimiento.

Pero mucho ojo con esto porque si lo pensamos bien la mera posibilidad de que esa lista existiese, el que nos fuera dado conocer qué libros son los peores del planeta, semana a semana, lista a lista, lograríamos el efecto contrario al buscado cuando el morbo endémico que nos alimenta y la maldad que atesoramos hacen el resto. Esos libros acabarían siendo los más codiciados solo por el hecho de poder verter sobre ellos nuestras frustraciones y desenmarañar nuestras pesadillas más o menos inconfesables, despertando un insano deseo por conocerlos y así darle sangre embutida a los más vendidos y admirados, pues tal es nuestra condición. Si nos permitieran conocer cuáles son los peores libros del mundo, la maldad del hombre los convertiría en los más buscados y, posiblemente, los más leídos. Es decir, en best sellers.

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