Libro del mar 1El drama del hombre moderno es que ha sido creado para hablar con el mar, pero su tragedia es que no lo sabe. Y es que hay que ser muy niño para entender que el mar es tan extenso porque ha de contener la vida y la muerte, y asusta, ¡claro que asusta!, porque en él se guardan todas las preguntas a nuestras respuestas igual que en el cajón secreto de una madre. Del mar nos llega la vida y a él debemos rendir cuentas como hizo Manrique, que era de villa con río, a la muerte de su padre. El padre, la vida, la muerte, el hijo, siempre el eterno retorno de una existencia cuyos sueños se escriben en la arena para ser borrados por las olas.

Nadie que no haya querido meter alguna vez el mar en un agujero hecho en la arena se merece el respeto de las olas. Al contrario, solo alguien con los pies en el suelo y el grito en el cielo es capaz de adentrarse en el mar y sus arcanos, ya que a fin de cuentas el hombre es lo que quedó sobre la tierra, aturdido y embobado, después de que las aguas se retiraran al culminarse Creación, cuando tras ese primer día el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas, como nos cuenta el Génesis. Después de haber hecho lo más difícil tan solo restaba colocar los adornos, pero también el agua, el mar como vida, sabe vestirse de muerte, y así lo comprobaron trágicamente quienes vivieron el diluvio recordándonos que la vanidad a la que queremos asirnos en nuestros naufragios no flota, sino que nos arrastra a su fondo abisal. Desgraciadamente, tras esas lluviosas jornadas la relación del hombre con el mar, sellada con un arco iris firmado por ambas caras, ha quedado en papel mojado y hemos vuelto a olvidar lo que nunca seremos, y que jamás podremos atrapar el mar con nuestras manos porque, como la vida, se nos va entre los dedos cuanto más apretamos, algo que sabía muy bien El Viejo, Santiago, cada vez que salía a pescar.

El mar nos da miedo porque sabemos que su fondo alberga paciente nuestra tumba. Lo miramos y sonreímos, pero temblamos al pensarlo. Manrique nos lo recuerda desde su meseta evocándonos aquellos ríos que van a dar a esa mar que ya alberga a su padre tieso. Nos paseamos sobre su superficie como criaturas tullidas armadas con la ortopedia de una canoa, un trirreme o una carraca, ignorando que no fue la época de las catedrales, ni será la del microchip sino la era de los galeones, la que encumbra a la humanidad al permitirle conocer esa parte de los hombres que habitaban al otro lado de un mar que los siglos habían llenado de olvido salado. Poder surcar las aguas que se soñaban infranqueables nos permitió cerrar el círculo de un planeta en el que, por fin, los dos extremos se daban la mano.

Hoy suspiramos al comprobar que en nuestros mares ya no hay ‘moros’ en la costa sinoLibro del mar 2 hidropedales con jubilados alemanes, que ya no esperemos ver goletas en lontananza sino pateras, que ya no nos llegan el oro y las especias de ultramar sino hachís en fardos. En las playas, en fin, ya no se puede fumar, ya no se bebe ron sino sangría de tetra-brik, y si  buscamos en la arena un tesoro solo encontramos una sandía puesta a refrescar. A pesar de todo olvidamos que nada de esto quedará impune para siempre porque el mar se alimenta de la estéril carne humana cuando muere devolviéndola cada noche en forma de poetisa para nuestra redención. Solo ante el mar debemos callar, solo ante ese mar que nace en el Mediterráneo como de su fuente y que acaba por anegar las demás cuencas formando océanos donde antes solo había viento y rebaños….

…y entonces ocurre. Ocurre que cuando habíamos perdido la fe en la nada que conforma nuestro todo y suplicantes miramos al mar creyendo que no hay problema para nuestras soluciones, volvemos a acordarnos de Ulises y de Homero, y recordamos de dónde venimos y adónde vais, y las carabelas y los galeones, y los diez cañones por banda, y a Jack London mojando su pluma en la tinta negra de los monstruosos calamares gigantes, y a Julio Verne y a sus tropecientas leguas de viaje submarino con escala en Rande, y a los trafalgares de Galdós. Ocurre que cuando la esperanza flaquea se alza el sol, y los libros con sus leyendas de ballenas blancas vuelven a poblar el horizonte, ahora cerúleo, con cuentos del mar llenos de corsarios o de marinos mercantes, aventuras tan reales que solo pueden ser fabuladas, hazañas sobre cáscaras de nueces y calafates, de grumetes y gulliveres, de piratas cojos con cara de malo y parche en el ojo. Mientras haya alguien, basta con uno, que siga escribiendo novelas sobre el mar y los marineros, habrá esperanza para el hombre.

Hoy como entonces, mientras el mundo se derrumba y dos se enamoran en París, habrá quien escriba cuentos de viejos marineros y de mares nuevos recién descubiertos bajo la almohada. Tal vez no esté todo perdido y el mar siga siendo para los lectores la vida en lencería.

Iván Robledo

1 thought on “El mar es un libro escrito con rimel

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