Lágrimas...Aunque nos parezca increíble aún existen personas que escriben como los ángeles: con pluma. Pocas, es cierto, pero las hay, lo sabemos porque todos conocemos a alguna. Nos resulta fácil distinguirlas porque cuando escriben no nos importa tanto de qué hablan como la manera que tienen de dibujar las palabras. De entre todas las ciencias ocultadas de las que se nutre la literatura, la caligrafía es para algunos la patita fea que acaba convirtiéndose en águila ante el estupor de los cisnes.

-¿Sabes escribir?, – le preguntan.

Y entonces el artista desenmaraña sobre el papel su grafía erizándonos las pieles con la finura de un trazo que convierte cualquier frase en una panoplia. La mano que empuña la pluma es una terminación del cerebro, como lo son los ojos o las yemas de los dedos de una poetisa, el momento en el que un texto se transforma en continente y contenido a un tiempo. Escribir a mano es un acto de delicadeza por encima de cualquier otra cosa, algo que invoca nuestros sentidos más allá de nuestra naturaleza pragmática. Sabemos que existen tantas formas de escribir a mano como personas, aproximadamente, pero al igual que ocurre con nuestros congéneres, no todos los textos manuscritos nos caen bien. No se trata de la excelencia de lo que nos transmiten sino de algo más primitivo e instintivo, lo que sentimos cuando vemos un texto y nos parece feo, o desordenado, o sucio o, en el peor de los casos, funcional. Tal vez porque de entre todas las cosas que nos ha arrebatado la vida moderna sea la pérdida de la belleza de siempre la que más llanto ha causado, y la coagulación de la escritura con arabescos sea quizá uno de los casos más sangrantes.

La escritura manuscrita nos dice de una persona todo lo que no querríamos saber sobre ella, por eso resulta auténtica. No es cuestión de grafología, ese arte insensato que se vende al mejor impostor, sino de armonía. Se escribe con pluma como muestra de respeto al papel y a la persona que va leernos, una manera de decirle que además de lo allí dicho nos hemos esforzado en que le guste cómo se ha dicho lo dicho, dicho sea de paso. Y hacerlo con tinta es además cosa de supina delicadeza por cuanto implica de afán, pues no en vano decimos que alguien suda tinta (china, generalmente) para referirnos a un trabajo esforzado, y no al mero hecho de juntar pixeles.

Por desgracia estamos perdiendo los hábitos, y a las mayúsculas con filigranas las estánMaleta sustituyendo los caracteres robóticos, y al esfuerzo de doblar el espinazo y cuidar de que el renglón esté derecho le ha sucedido el prosaico ‘enter’. Debemos alegramos de no tener que comunicarnos dibujando bisontes en las paredes, es cierto, pero de ahí a reducir la comunicación a un formulario hay mucho trecho, si nos descuidamos no haremos otra cosa que rellenar casillas con una equis en la letra pequeña de los contratos, las quinielas o las declaraciones de la renta, y pronto se habrá perdido esa preciada virtud que es el vicio de escribir a pluma descubierta, sin protección. Habrá quien piense que esta deriva es tan solo fruto de los tiempos y la evolución, pero se equivoca. Si se busca el abandono de la pluma será porque la tinta es indeleble, porque no se puede borrar lo que se ha escrito y siempre nos recordará lo que éramos cuando lo escribimos, algo que no ocurre con otros sistemas de escrituras, como los digitales, donde borrar es tan fácil que, salvo los niños, cualquiera puede hacerlo. Antes éramos lo que escribíamos, y hoy somos lo que borramos. Y entre suspiros pensamos en la frivolidad que supone llamar avance o progreso a determinadas cosas cuando no sabemos cuál es la dirección correcta.

Escribir con pluma es, finalmente, un acto de amor cortés. No de quien lo hace, sino de quien mira. Pasando de la sugestión al enamoramiento, la fascinación de ver escribir a quien queremos es el último reducto de los derrotados, y basta retroceder no demasiado en el tiempo para recordar el esmero con el que se escribían cartas de amor. Si había una primera llave con la que socavar las murallas de la persona amada era la caligrafía, y después venía todo lo demás. Lo primero, lo sabe bien quien lo hizo, es una escritura envolvente que adormilara las reticencias y se ganase ese primer favor de la lectora. Las cartas de amor, escritas con pluma, no murieron porque desapareciera el romanticismo, sino porque aparecieron los procesadores de texto. Si algo hemos aprendido a la hora de escribir con pluma es a saber escuchar el sonido de los goznes del alma al volcar nuestro cuerpo sobre las palabras, sometidas por el peso del alma, y la inconsciencia de saber que cada cuartilla será única, que no hay copia de seguridad para nuestros sentimientos ni otro riesgo que el de ser rota en mil pedazos a su recibo. Escribir a mano, con pluma, es la última frontera de quienes se atreven a vivir sabiendo que un error, una tachadura o un borrón permanecerán para siempre en el mismo papel al lado de las palabras más bellas porque, al igual que nuestras noches, nos sucedieron y nunca podrán desaparecer en esa tinta que se llama vida. Por eso, hoy también, esperamos una.

Un texto escrito a mano, con pluma, es una frase con la melena bien peinada, hecha de cabello de ángel.

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