A la hora de la verdad las cosas son como son y, si no, también. Por eso, del mismo modo que sabemos que hay noche porque existe el día, podemos aventurar con un tolerable margen de error que existe el cielo porque conocemos el infierno.

Y lo conocemos de tantas y tan variadas formas que no podríamos negar su existencia sin ser detenidos acusados de promover desórdenes públicos. Hay cielo, o paraíso, o edén, o como se lo que quiera llamar, porque no deja de ser la antítesis de cualquiera de los infiernos que conocemos en vida, y si no existiera el cielo, o el día, o la noche, nos bastaría con llamar a cualquier cosa ‘esto’, ‘eso’ o ‘aquello’ pues todo sería lo mismo a cualquier hora, en cualquier circunstancia y sin importar la compañía. Pero el ser humano en su ingravidez moral siempre ha intuido que no puede ser cierta tanta tontería, y la contradicción de estas realidades le da la razón, por una vez, a esta pandilla de gamberros que conforman apiñados lo que conocemos como humanidad civilizada. Solo gracias a esa intuición podemos afirmar que, del mismo modo que existe un infierno en la tierra, debe existir también un cielo donde vive todo aquello que alguna vez fue importante para nosotros, todo lo que fue y que, sin dejar de haber sido, ya no forma parte de nuestra vida.

Existe, para acabar de entendernos sin que nadie más lo comprenda, un cielo de las pequeñas cosas y es ahí, a ese lugar tan real que nos vemos obligados a negar que lo negamos, donde se reúnen nuestras cosas de ayer, aquellas a las que juramos amor eterno mientras durara ese amor. Cuando esas pequeñas cosas mueren de olvido se vuelven invisibles a nuestros ojos, siguen ahí pero ya no las vemos, continúan vivas pero nuestra mirada, nuestros sentimientos, han muerto para ellas. Allí está porque estorba nuestro primer reloj que un día se paró, el cuadro que descolgamos para después reubicarlo pero no lo hicimos, la bicicleta con una rueda pinchada que nunca más volvió a ver la luz de los soles, de ninguno de ellos. Esas cosas pequeñas o esas pequeñas cosas a las que Serrat les habló a nuestro oído, son las que van a ese cielo después de vivir en nuestro purgatorio. Allí nos reuniremos con ellas y volveremos a escuchar el sonido de la cuerda del juguete que dejó de funcionar, de la libreta con tres líneas escritas que iban a descubrirle al mundo todo lo que sabemos, y volveremos a reír con la raqueta de tenis que ya no tendrá que sostener más la pared que lleva aguantando durante décadas sobre su sibilina forma, y oiremos de nuevo los bordones de la guitarra que nos iba a convertir en trovadores enamoradizos.

Pequeñas cosas 2

Hasta ese reencuentro seguirán dormitando serenas a nuestro lado como sombras, como las huellas que hemos ido dejando en nuestra vida a modo de pisadas que no vemos al dejarlas atrás, a la intemperie de la prisa y la necesidad de los nuevos deseos y las esperanzas vanas que siempre están por llegar. Esas pequeñas cosas ya están en el cielo, en el suyo, allí donde nos espera el bolígrafo que dejó de escribir y nunca quisimos tirar porque con él relatamos nuestro amor y nuestra melancolía, y del que solo la tinta momificada queda. En ese cielo nos espera conteniendo nuestra respiración ese resto amorfo de goma de borrar que todavía permanece en un viejo mueble al lado del más inútil de los sacapuntas cuando los lápices se han convertido en la última especie extinguida por la manaza del hombre. Allí están junto a la entrada rota por la esquina de aquel partidazo de fútbol que cambiaría la historia, o del otro concierto en el que se decidiría el futuro de la humanidad.

En ese cielo de las pequeñas cosas es donde habita el libro con el que aprendimos a leer para después a olvidar lo aprendido. En ese libro, ¡tantos libros que son ese primer libro! permanece nuestra letra primitiva con la forma de nuestro primer garabato, del primer subrayado, del primer corazón ridículo y furtivo, auténtico y tan eterno que aún palpita si se le acaricia. Cuando vayamos al cielo de las pequeñas cosas se nos entregará en la entrada ese primer libro que leímos por primera vez hasta el final sin saber que acabaría con nosotros, y lo recordaremos con la misma pasión con la que ahora lo tenemos olvidado. Con él en la mano y rodeado de tantas vidas que creíamos muertas, volveremos a leerlo con esos mismos ojos, con ese mismo dedo que huele a merienda siguiendo sus líneas, con las mismas lágrimas al saber que lo comprendimos, y con el mismo deseo de convertirnos, como él, en inmortal para alguien.

A bordo de un cochecito de metal al que le falta una rueda que íbamos a pegarle mañana pero tampoco lo hicimos, recorreremos ese cielo de las pequeñas cosas que tenemos a nuestro alrededor y que hoy no vemos porque se volvieron puras a nuestros ojos. Allí se nos abrirán las puertas de lo que hemos sido gracias a esas pequeñas cosas, y en ese cielo oleremos, como ayer, el olor de la hierba y de las flores que un día usamos como marcapáginas.

Iván Robledo

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