Si algo tienen en común meter la pata y realizar una memorable hazaña, es que ambos gestos comienzan con un pequeño primer paso.

Ese primer pequeño paso es lo que nos permite pisar la Luna o pisar la gracia que un perrito deja en la acera, y un pequeño paso nos puede llevar a la persona amada o a precipitarnos al vacío, que dejará de estarlo cuando llegamos al fondo. Lo importante es que esa primera zancada, larga o cortita, no nos pille con el paso cambiado, hay que darla teniendo los pies en la tierra o procurando no levantarnos con el pie izquierdo, que dicen ser cosa de mal augurio. Lo cierto es que de todos los primeros y pequeños pasos para el hombre, y que al parecer fueron un gran salto para la humanidad toda, solo suelen quedar unas fotos, como la del hombre en la Luna, un paso de gran peso a pesar de la falta de gravedad, como si esos primeros esfuerzos no tuviesen valor y su destino fuese quedar arrumbados como resultado de un injusto olvido.

También la vida cuando se lo propone, y a pesar de nosotros mismos, nos anima a dar esos primeros pasos que nos lleven a todo lo demás. Es los que sentimos la mayoría cuando la primavera llama a nuestra puerta, esa que nos empeñamos en ponerle a los campos, y lo hace con maneras de acreedor, de amigo importuno o de suegra cuando menos lo esperamos, y nos obliga a salir de la cama casi de puntillas con lo puesto. Entonces el aldabonazo suena a crujido parecido al de los hielos que se rompen y a las sacudidas de los plumajes de los pájaros al desperezarse. La primavera, por encima de cualquier otra cosa, huele, es nuestro primer paso, siempre pequeño, al resto de la vida, y no atenderlo merece el castigo que llevan aparejados los delitos de lesa idiotez. En primavera las nubes se hacen adultas, buchonas y soberbias, llueve sobre inundado y la tierra rezuma el aroma de las esperanzas que cuelgan en las ramas todavía desnudas en forma de brotes reventones. Cuando la primavera llama a la puerta podemos meternos debajo de la cama, donde se guarda el celemín del que hablan los evangelios, pero es tan inútil pretender escondernos de ella como poner un espejo bocabajo para vernos mejor los pies.

Primavera 2

Hay cosas que solo se pueden hacer en primavera, como estornudar cincuenta veces seguidas o saludar al vecino una vez al año, venga a cuento o no. Es la adolescencia de las estaciones, la de los despertares después hibernar como osos, es el tiempo de las hormonas trapecistas y la del todo será posible, y quizá por eso solo dura tres meses, para no enloquecer. El mundo en primavera parece despertar sacudiéndose las sábanas igual que los árboles abren sus ojos de árboles, bostezan como árboles y parecen estirarse llevando sus ramas desabrigadas hasta tocar los cielos. No es de extrañar que los pájaros se casen, dicen en Galicia, poco antes de entrar la primavera.

Mientras la primavera termina de limpiar las telarañas de los rincones del invierno, en la vida oculta de las bibliotecas ocurre sin que nos demos cuenta que nuestro inconsciente divide los libros por estaciones. No se trata de algo deliberado, insistimos, pero si en algún momento nos detenemos a examinar para entender el caótico orden que las preside veremos, no sin asombro, que hay libros para la primavera como los hay para el invierno que se fue perdonando aunque sin olvidar, o para el otoño siempre preñado de melancolía. Es como si hubiera libros que solo debieran ser leídos en primavera por más que nadie es capaz de explicar la razón. Son libros especiales, socarrones y pudorosos, y acabamos sospechando que a las noches se colocan ellos solos unos al lado de los otros, por capricho o gamberrismo. La primavera tiene sus libros como tiene sus colores y sus refrigerios, porque sí, porque nos lo pide saleroso el cuerpo. Tal vez sea por la nueva luz que nos hace abrir más o menos los ojos, o porque las páginas se ven de otra manera, o acaso porque son libros que apetece abrirlos a espaldas de la noche. La primavera nunca cumple años, siempre es la misma para nosotros, y nos aguarda con libros en los que las páginas parecieran estar recién segadas.

En primavera la vida va a la peluquería a arreglarse, se tiñe de miel y se peina los ríos que aprenden, o recuerdan, cómo cantábamos cuando éramos niños. La primavera es una nación, un deber, el primero de ellos tal vez, cuando esa misma vida nos perdona más por lástima que por méritos y solo nos pide la oportunidad de volver a darnos otra oportunidad. La tierra se abre ante nosotros como una fiesta que solo aguarda ver nuestra cara de sorpresa. La primavera es una cita con el pasado, con lo vivido, un propósito de enmienda para que olvidemos todas las contriciones auténticas. Es el usted de quienes siempre se creyeron yo.

La primavera es el único pecado que se comete si no se cae en él.

 

Iván Robledo

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