El hombre es criatura solaz cargada de insufribles interrogantes.

No hay nada en el universo que no se haya convertido en diana de alguna de nuestras plomizas preguntas, todo lo cuestionamos preguntándonos acerca del porqué de las cosas más inverosímiles, y no hay disensión divina o humana sobre la que el ser humano no se haya formulado alguna pregunta, por más que en ese rosario inquisitorial falte acaso la más importante, la que al menos nos diferencia de los alimoches: ¿por qué nos preguntamos el porqué de las cosas? Si conociéramos la respuesta a esta cuestión, todas las demás se nos presentarían con tanta claridad que, posiblemente, perderíamos el juicio y, tras él, la cabeza en lugar de la cartera.

Uno, que sabe pocas cosas acerca de casi nada, tiene la fea costumbre de coleccionar ese tipo de interrogantes de los que parece pender nuestro estar en el Universo, y de entre estas tales preguntas novísimas las preferidas son, por su sincretismo, aquellas que nos hacen preguntarnos quiénes somos y de dónde venimos. Sin embargo, ocurre con demasiada frecuencia que las preguntas las descarga el diablo, y por más que se hagan pasar por planteamientos inocentes son en realidad sesudas cargas de profundidad en nuestro bajo vientre que deberían hacernos reflexionar por un momento sobre el ser de nuestro estar en el mundo. O al revés. En efecto, en estos días que fueron para tantos de vacaciones más o menos solariegas nos sobrecogimos al comprobar cómo al mismo tiempo que partíamos de nuestro punto de origen, legiones de congéneres se aprestaban a allegarse al mismo lugar de donde nosotros escapábamos, especímenes que en velocípedos o en diésel se cruzaban con nuestra diligencia en dirección contraria amenazando con engullirnos. Contemplando la escena nos asaltó el temor casi racional de pensar que acudían en tropel para ocupar el lugar que acabábamos de dejar libre y expedito, franco y libre al albur de los desmanes de estos, allá donde quedaba nuestro futuro mientras marchábamos sobresaltados en busca de otro presente dejando a nuestras espaldas todo cuanto habíamos vivido, los sueños planchados y doblados delicadamente en sus cajones, y las esperanzas plantadas en tiestos cuyos primeros brotes ansiábamos ver a nuestro regreso. Y así, mientras marchábamos, decenas, puede que millones de personas, venían de frente en dirección contraria haciéndonos temer que su deseo de desear hiciera presa en todo lo que dejábamos atrás sin percatarnos de que nuestro atrás es el adelante para ellos, allí donde quedaban nuestros demonios, nuestra salmuera, la luz apagada y las velas humeantes, las persianas bajadas y la ropa tendida. Comprendimos con moderna resignación que para todo hay en la vida marcha atrás excepto si se transita por autovía.

No resulta difícil imaginar a quienes viajan por carretera en dirección contraria como un enjambre mal encarado, como una película proyectada a más velocidad de lo que nuestra vista tolera, o como un sopapo que no sabemos de dónde viene pero sí adónde va, hacia nosotros. Ocurre con estos asaltantes de nuestra tranquilidad como con las novelas vorágines, como si las cosas más intrascendentes de la vida se convirtieran en importantes si ponemos cara de velocidad al contemplarlas. Ante estas novelas fulgurantes y arrebatadoras pasamos las páginas acelerados deseando adentrarnos en el desenlace olvidando la importancia, a veces real, de lo leído. No siempre sabemos cuándo hemos de pasar las páginas con la discreta elegancia de quien aparta las hojas de sauce de un cuidado jardín, o cuando hemos de hacerlo con la furia del explorador que se adentra a machetazos en la jungla de lo que se cree leer. Necesitamos avanzar mientras vemos venir hacia nosotros, como los vehículos en la autovía, las palabras y sus hechos, las frases y sus consecuencias, los capítulos y sus decadencias. Leer, destripar cada renglón, cada párrafo, se asemeja para quien no quiera verlo a desprenderse de las ropas que nos estorban, a desnudar voraz ese libro, ese texto, para descubrir al fin que el mayor interrogante del ser humano no es, como creíamos, el saber de dónde venimos o hacia dónde vamos, sino preguntarnos adónde vas y si puedo acompañarte, vaya donde vaya usted. Todo lo demás, como se escucha en los estrados, no es novela sino literatura.

Leer, incluso los buenos libros, se asemeja en ocasiones al viajar a ese lugar donde esperamos encontrar florecido todo lo que sembramos atrás, es el ansia de un niño pequeño al que se le regala un deseo envuelto en papel de colores, con lazo, que rasga y destroza buscando el obsequio para, al final, acabar las tardes jugando con la caja ante la intenta mirada en un rincón del preterido presente regalado. Así los libros, así la vida.

El ser humano es dado a preguntarse de dónde viene y hacia dónde va, pero si algo hemos aprendido sutilmente a lo ancho de los siglos es a preguntárselo a aquellos que no sepan darnos respuesta. El hombre lleva formulándose estas dos preguntas desde que al ponerse en pie conoció el vértigo, y ni siquiera hemos aprendido dónde y cómo se escribe a dónde, adonde y cuándo, y ahí es donde deberíamos poner el acento. O no.

Iván Robledo

 

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