Los cambios y la nueva literatura

Asistí el otro día a un discurso sobre Industria 4.0. Supuestamente, la nueva revolución en la producción y manufactura que se ha puesto muy de moda hoy en día.

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La victoria del fracaso, solo si lo permitimos

La victoria del fracaso solo puede ser posible, si nosotros y solo nosotros lo permitimos. Lo que suena a una frase cliché, es en realidad una gran verdad que sin ser el Santo Grial de la vida, es una filosofía que puede ayudarnos a seguir nuestro camino sobre todo si somos escritores o si queremos serlo. Sigue leyendo La victoria del fracaso, solo si lo permitimos

La peculiaridad de Tim Burton. “El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares”

Ir al cine siempre es una delicia y ver una película de Tim Burton lo era aún más hasta hace unos años cuando nos regaló obras maestras llenas de historia y magia como “Eduardo, Manostijeras” (de lejos  tal vez su mejor obra), “Sleepy Hollow” o incluso su versión de Batman en las dos primeras películas de finales de los ochenta y principios de los noventa.

Sin embargo algo pasó en ese difícil mundo de la creación y empezó a querer seguir el “mainstream” (disculpen las palabras en inglés), quiso ser aceptado por el sistema aun sabiendo que fue justamente esa rebeldía, esa vista especial que tenía para darnos su versión de los hechos lo que le hizo famoso. Bastaba ver a Wynona Ryder bailando en el aire al ritmo de Harry Belafonte (“Beetlejuice”), o ver a Batman (para mí una de las mejores escena del cine) descendiendo cual espectro de la noche ante dos delincuentes, o uno de los finales más trágicos, tristes, maravillosos y mágicos que nos ha dado el cine cuando una anciana, Wynona Ryder, le cuenta a su nieta porqué la nieve existe en su pueblo. Sin embargo todo eso se fue esfumando, se fue apagando y empezamos a ver el nombre de Tim Burton en películas como “El planeta de los simios” o “Big Eyes”. Cada cual tiene derecho a hacer lo que quiera pero en ese camino perdimos a un director estadounidense que hoy por hoy nos mantiene aún viva la ilusión del cine como caja de fantasía y que quiere impresionar con la historia y no con efectos especiales (que los hay pero que son usados como modo de expresión y no como fin en sí mismo).

Ahora volvemos a verlo en “El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares” su última película. Un orfanato de niños, con poderes especiales, que son cuidados por seres mágicos y que son amenazados por demonios. Tenemos al joven tímido que descubre que es especial y que tiene que tomar la decisión de su vida. Y por supuesto un villano carismático. Si bien la historia no es original de Burton, se nota que él la ha tomado como suya y ha regresado a sus origines presentándonos por momentos copias fieles de lo que conocemos muy bien del realizador. Tenemos el chico especial que no se siente parte de este mundo (paralelos con el personaje de Wynony Ryder en “Bettlejuice”, Johnny Depp en Eduardo M., o el mismo Michael Keaton como Bruce Wayne en “Batman”), y por otro lado al villano carismático y tremendamente divertido interpretado por un brillante Samuel L. Jackson (basta con conocer a “BeetleJuice”, el Guasón o incluso los marcianos de “Mars Attacks” para ver la predilección de Burton por villanos carismáticos). Una crítica al sistema estadounidense hipócrita y superficial (los suburbios estadounidense como simbolismo de una paz y tranquilidad inexistente, la relación padre hijo fría y sin base -genial la escena en la que el padre le dice a su hijo que él tiene que hablar con alguien y el  padre sugiere que sea un psiquiatra-, y un final que bien pudo ser el de “Beetlejuice” o el de “Mars Attacks”).

Sin embargo no todo es perfecto. La película por momentos nos deja con un pequeño sin sabor ya que aunque no entendemos de principio bien la historia tenemos que seguir con atención la película para no perdernos en el camino. El personaje principal no esta muy bien trabajado por el joven actor; y que nunca deje su estado letárgico y su transformación en un niño especial no despierta ninguna simpatía dado su rostro eternamente frío. Y en el comienzo de la película, si bien se toma su tiempo para contar la historia, se lo toma en demasía, logrando salvar el primer bostezo en el momento límite.

Sin embargo todo esto se le disculpa porque nos regala momentos sencillamente magistrales, como la actuación de Samuel L. Jackson (genial), de Eva Green (excelente), y una puesta en escena soberbia y momentos mágicos e incluso algo tenebrosos. El estilo Burton tal y como lo conocemos.

Quizá, para entender por qué mi admiración por Burton, cabría explicar que como mencioné es uno de los pocos directores y artistas que nos devuelve la magia del cine, que hace que ir al cine sea un placer, que nos regala historias inteligentes y llenas de aquel espíritu que sentíamos cuando leíamos nuestro primer libro y nos hace por un momento ser de nuevo aquellos niños que sentados veíamos aquellas historias que nos hacían soñar.

“El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares” no es la mejor obra de Tim Burton pero es sin duda una de las mejores películas que he visto este año y de lo mejor que nos a dado en esta última etapa, y solo por eso merece verse y nos devolverá la esperanza de poder seguir viendo más obras de este gran artista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Literatura y fantasía

Mientras que nuestros antepasados se esforzaban por explicar los fenómenos naturales y demás temas que no entendían mediante leyendas, sagas o cuentos; hoy tenemos un entendimiento muy claro de muchas cosas, sin ser todos nosotros científicos o investigadores, sabemos muy bien que el rayo no es el dios del trueno (Thor) ni los tsunamis son iras de Poseidón, el dios del mar. Entonces ¿Por qué seguimos con esa fascinación por lo fantástico? ¿Por qué seguimos leyendo historias de vampiros, héroes, demonios y dragones? ¿Por qué seguimos escondiéndonos en la oscuridad del cine para ver espadas láseres y naves espaciales?

Existe la teoría del “Viaje del Héroe” donde se asegura que en todas las culturas o idiomas, en la literatura o en la cultura general, existe un estereotipo clásico que se repite y es seguido con igual intensidad por todos y es la presencia de un héroe y su viaje o misión. El esquema es casi siempre el mismo: la llamada de un héroe a salvar la humanidad de un peligro inminente. El esquema nos muestra el inicio de un héroe que casi siempre muestra cierto desinterés, o no es la persona que la mayoría espera, pero que es escogido (por el destino o por un ser superior) para la tarea que nadie más puede hacer para luego entrar en una fase de aprendizaje o indecisión que lo llevará a una purificación para finalmente renacer (ya sea física o espiritualmente) como el héroe que el mundo necesita, aunque no siempre el que quiere o entiende, haciendo muchas veces que el destino de ese héroe que tanto dio por nosotros sea en sí trágico. Es algo que sin entrar mucho en el detalle psicológico,  Carl Jung llamó “los arquetipos” algo con el que todas las culturas se sienten identificadas siguiendo el mismo patrón. Desde el viaje de Gilgamesh en Sumeria, hasta Ulises en “La Odisea”, desde el Luke Skywalker de “La guerra de las galaxias” hasta el Bruce Wayne de Christophe Nolan en la última trilogía de Batman.

En la literatura actual vemos que novelas y libros sobre orcos y magos, sobre héroes y heroínas habitan las librerías en extremo, aunque muy pocos son de calidad, siendo la mayoría una repetición de lo mismo. No obstante, siempre cae en las librerías alguna joya que merece ser leída, nos gusten los relatos fantásticos o no. Vienen a mi mente solo dos ejemplos que sin llegar a ser obras maestras son una muy buena literatura de entretenimiento como “Juego De Tronos” o “Canto de hielo y fuego” y “los juegos del hambre”, si bien desde mi punto de vista este arquetipo lo reconocemos mucho antes con obras clásicas como “El Quijote” (que sale en busca de aquel sueño perdido de la razón cuando el mismo escapaba de la destrucción por medio de la locura) o de un clásico moderno como “El Sr. de los anillos” con Frodo Bolsón como personaje trágico que debe sacrificarse por el bien de todos.

¿Por qué tantos ejemplos? La fascinación por el viaje del héroe y la fantasía en la literatura (que contagia al cine de manera inevitable) radica en nuestro mismo sentimiento de impotencia ante la vida diaria y las vicisitudes que conlleva el ritmo de vida que tenemos, cada día más rápido, caótico e incomprensible ¿Por qué tenemos que hacer lo que tenemos que hacer? ¿Por qué tenemos que luchar por lo que no queremos? ¿Por qué tenemos que hacer tantos sacrificios sin recompensa visible? Muchos quehaceres diarios se quedan en el limbo de lo inexplicable y es en aquellas noches de insomnio o de pensamientos divagantes, en nuestras habitaciones a oscuras, cuando tomamos un libro y como si quisiéramos ser parte de una aventura, hacer algo importante, saber hasta dónde podemos llegar y sentir que hemos salvado a nuestro seres amados percibiendo que nuestro sacrificio no fue en vano.

La sin razón de mucho problemas actuales nos llevan a esos pequeños escapes irreales que la literatura de este tipo o la fantástica nos ofrece. No es nuevo, siempre lo ha habido. Si fue el teatro griego ayer, la novela de caballeros de la edad media, las historietas de los cincuenta o las películas y novelas de hoy, siempre hemos sentido una predilección por aquellas historias. Es curioso sin embargo saber que muchas de estas historias y pesares, alegrías y aventuras no vienen de nosotros (de nuestra lengua española) sino que crecemos sabiendo más de los griegos o romanos, de los samuráis o de los caballeros Jedi que de nuestro propio continente o leyendas. No recuerdo haber leído una sola saga de Sudamérica o España que compita en este rubro ¿Por qué? Es obra de los escritores brindarnos aquellas historias que nosotros anhelamos leer.

Pienso que la literatura fantástica debe considerar dos cosas: la primera, que existe un público ávido de historias; y segundo, que ese público no está desorientado y exige historias de calidad. Estoy convencido que hay muchísimos escritores en Argentina, Perú, España… con papel en la mano y lápiz en la otra (bueno es un decir) dispuestos a regalarnos maravillas de su mente que nos sumerjan en las páginas maravillosas de alguna fantasía o de alguna aventura que la tomemos como nuestra, identificándonos con aquel personaje que nos brinda esperanza y alegría y que nos haga olvidar por un momento que mañana hay que pagar el alquiler o reparar el auto.

Si alguna función tiene la literaria (que son varias) es la de entretenernos, mostrándonos a la vez lo maravilloso que puede ser la fantasía humana y de esa manera hacer que aquel viaje del héroe pueda ser en el siguiente libro que leamos o la siguiente película que veamos, nuestro viaje.

¿Adónde fue a parar el relato corto en la literatura hispanoamericana?

Últimamente el número de novelas ha crecido tanto que hemos dejado un poco de lado un método tremendamente efectivo para contar historias. El relato corto o cuento.

Este método, muy hispanoamericano (y aún más sudamericano) ha sido practicado por todos los grandes maestros (incluyendo dos pilares sudamericanos de la literatura como Vargas Llosa y García Márquez), para algunos fue la forma ideal de practicar su arte, para otros el método perfecto para contar una pequeña historia pero otros lograron llegar a tales niveles de perfección que nos han regalado verdaderas joyas literarias, haciendo que los recordemos no por sus novelas o poemas, sino por los magníficos relatos cortos que nos han regalado. Pongo como ejemplo dos nombres que no merecen más presentación: Jorge Luis Borges y Julio Ramón Ribeyro.

El primero no necesita presentación. Una de los regalos de la nación argentina a las letras castellanas. El segundo, quizá si necesite un poco de ayuda en la introducción. Julio Ramón Ribeyro, peruano, es sin lugar a dudas, uno de los más destacados cuentistas que ha dado el castellano dejándonos verdadera huella para la lectura; llevándonos de la mano, con solo dos o tres frases, a un mundo realista y mágico. Pues mientras Borges nos enseñaba un mundo místico, irreal, surrealista y maravilloso, Ribeyro muestra con crudeza, naturalidad y cierto toque de optimismo la realidad nacional de su época, el realismo urbano en su máxima expresión y las pequeñas historias cotidianas que en sus manos dejan de serlo para convertirse en experiencias maravillosas. Tenemos como mejor ejemplo posible El Aleph de Borges y Gallinazos sin plumas de Ribeyro.

¿Por qué es tan importante el cuento? ¿Por qué debería volver a explotarse y no dejarlo, quizás no en el olvido, en la zona de reserva en la que se encuentra actualmente? Su sencillez, su facultad extraordinaria de centrarnos en una historia, lo directo de su lenguaje y su cercanía a nosotros son los aspectos que merecen tomarse en cuenta.

La novela es la categoría real dentro de la narrativa, pero dada su extensión y el contenido de sus historias, rara vez encontramos una que profundice en hechos cotidianos, vivencias reales de una vida normal y corriente, de una forma sencilla y duradera. Nos envuelve en la historia de muchos personajes, nos muestra el tiempo y el espacio necesario, disfrutando del destino o pesares de sus protagonistas. Hay un dicho que he escuchado y me ha gustado mucho “No hay nada más difícil que explicar algo de una manera sencilla”.

El cuento por el contrario es directo, no contiene espacio y tiempo para perderse en descripciones interminables ni falsos caminos, el autor no tiene la paciencia de contarnos lo que pasó o pudiera pasar (dicho de forma muy general) y no pretende contarnos una historia épica (aunque muchos lo han hecho también de manera excelente) sino que básicamente es el relato de un determinado momento de la vida, de un determinado pestañeo de la existencia, de un determinado acontecimiento que posiblemente impactó en la vida del escritor y pueda impactar en la nuestra. Ahí es donde reside el gran valor y peso del cuento frente a la novela. Es un trazado de lienzo literario hecho con ahorro artístico exhibiendo un solo respiro en la historia de algunos personajes.

Si hacemos un repaso de la cantidad de oferta en relatos cortos descubrimos que mucho tenemos para escoger en autores de los años cincuenta, sesenta y setenta. Hoy por hoy, el cuento se ha reducido en cantidad y vemos pocos títulos que reúnan nuevas tendencias o nos presenten nuevos escritos en esta categoría. Se salta muchas veces al vació, se acelera de cero a cien teniendo los ojos listos en la nueva novela dejando de lado quizá que una historia corta represente mejor lo que queremos decir en un momento determinado en vez de mil palabras infladas en algún texto más largo.

El cuento como método de expresión debe ser el punto de partida de este universo hermoso de letras y párrafos que llamamos literatura encontrando en él la misma satisfacción y alegría que sentimos al leer una novela. Debemos animarnos y animar a otros a leer y escribir aquellas historias que se transformarán en los cuentos del futuro.