Cuando la voluntad se pone al servicio del bien, la figura mítica del ángel alado celestial, toma forma humana y se camufla entre el resto de mortales.

Irena Krzyzanowska Sendler nació en Varsovia en 1910. A los siete años queda huérfana de padre, quien contrajo el tifus por cuidar de los enfermos que el resto de colegas no atendieron por miedo al contagio. La mayoría de estos enfermos eran judíos y tras la muerte del doctor Stanislaw Krzyzanowska, la comunidad judía en agradecimiento a su entregada labor al servicio del prójimo y su íntegra ética profesional, decidieron pagarle los estudios a su hija Irena.

Irena Sendler continuó por el camino que su padre había trazado y empieza a estudiar enfermería. Durante sus estudios Irena puede comprobar por sí misma la discriminación en las aulas hacia los judíos y resuelta a no aceptar esta situación, protesta y se queja dando lugar a que la expulsen de la Universidad de Varsovia durante tres años. Aun así, llegaría a graduarse como enfermera años más tarde y esa sería su ocupación durante la Segunda Guerra Mundial y lo que hizo que se ganara el título de ángel para la posteridad.

Irena Sendler comienza su particular cruzada en los comedores sociales de Varsovia, para después internarse en el gueto de la ciudad. De nuevo el tifus aparece y los alemanes ante el miedo de una epidemia, dejan en manos de Irena y sus compañeras el control del gueto de Varsovia. Con la estrella de David enlazada en su brazo, Irena camina por las calles del gueto siendo testigo de todas las injusticias que sobre la población judía se cernía. Irena consigue pases para otras colaboradoras, atiende a los enfermos, les proporciona alimentos, dinero y ropa y lo más importante, la posibilidad de liberar a sus hijos de la condena nazi.

Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto.

Irena Sendler

Madres y abuelas se muestran inseguras de entregarle a sus pequeños y en ocasiones ni la insistencia de Irena ni de sus colaboradoras es suficiente para salvar la vida de esos niños y niñas que suben en los trenes camino a los campos de concentración como destino final.

Aún así, durante año y medio, tiempo que transcurrió mientras el gueto fue evacuado, Irena consiguió salvar a más de 2.500 niños y niñas.

¿Pero cómo fue capaz de burlar el control alemán? La imaginación jugó un papel fundamental, además de un firme propósito de ayudar al pueblo judío y sacrificar su propia vida a cada paso que daba. Todo servía para ocultarlos y sacarlos de allí: sacos, canastas, cestas, ataúdes… Todo lo que caía en sus manos se convertía al instante en una posibilidad para escapar del gueto.

Y como fruto del mejor argumento de un drama de la gran pantalla, se conserva y relata el caso de Elzbieta Ficowska, el caso de la niña de la cuchara de plata. Con solo cinco meses una enfermera viuda, Stanislawa Bussoldowa, la sedó y la metió dentro de una caja de madera con agujeros para que pudiera respirar, camuflándola entre un cargamento de ladrillos. Entre sus ropas llevaba una cuchara de plata que le certificaba su nombre y su nacimiento. La madre de la niña, segura de que era lo mejor para ella, consiente que la enfermera se la lleve. Durante un tiempo se consuela la pobre mujer escuchando los balbuceos de su hija por teléfono, hasta que ésta es asesinada y la enfermera se convierte en la madre adoptiva de la pequeña.

Irena Sendler creó un archivo con los nombres de los niños salvados, no bastaba salvarlos, quería rescatar la identidad de cada uno de ellos. Pero sus actividades fueron descubiertas y la enfermera fue detenida, sometida a brutales torturas para conseguir ese registro y condenada a muerte por no querer desvelarlo.

A punto estuvo de morir cuando un soldado con la escusa de un interrogatorio más, la puso en libertad, apareciendo al día siguiente en la lista negra del mando alemán donde se certificaba a todos los efectos su muerte. Los polacos tenían prohibido ayudar a los judíos, pero ni eso ni haber estado a un paso de la muerte la hizo desistir de su labor, continuando en las sombras y bajo otro nombre.

Irena o Jolanta como los niños y niñas judías la conocían, murió a la edad de 98 años. Su mayor reconocimiento no fue, la concesión de la Orden del Águila Blanca, ni que a un año de su muerte estuvo a punto de recibir un merecidísimo Premio Nobel de la Paz, sino el reconocimiento de todos aquellos niños y niñas que ya de mayores les hicieron llegar su agradecimiento por medio de cartas, llamadas y visitas. Según sus palabras, no hizo nada más que cumplir con su misión en esta vida.

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