El pasado martes 7 de agosto, gracias al Ayuntamiento de Aguaviva, a la Asociación Cultural Caliu y a Editorial Amarante, pude presentar Dormir à la belle étoile bajo ese manto de estrellas que me ha visto crecer, madurar, sentir y… escribir. Cuando por fin cerré las páginas de mi primer poemario (hoy, día de San Agustín, hace un año) en el que vuelco mis inquietudes, mis pesares, mis filias y mis fobias, sentí que su título tenía que hacerle justicia. Dormir à la belle étoile, siempre lo he pensado, es un canto a la Naturaleza, a la soledad de la noche, a las estrellas con las que tantas veces he soñado. La estrella, igual que para una garza el agua, es mi refugio y también el espejo en el que me miro. No es casualidad que se le dediquen tantos sonetos, tantas canciones, tantos salmos…

En Aguaviva encuentro todo aquello que me ayuda a refugiarme de la noche, de la inquietud, del miedo y la razón. Como una pieza de Debussy, su cielo estrellado es calma y sosiego. Así lo he visto durante años, cuando en la noche abierta me adentraba en sus campos y me tumbaba como lagarto en la hierba y me dejaba ser. Las perseidas inundaban mi visión, los grillos entonaban su eco y, de pronto, mi mente parecía en calma, traviesa como siempre, pero pausada, lenta, suave. Sin precisar de nada más.

Creo que esta explicación ayudará a muchos lectores a entender así mis motivos, mis anhelos, mis raíces siempre tan presentes. Los paisajes, – “Súbete a la Balma”, explico en Caledonia, “Y desde allí lame con la mano las estrellas / que caen desde el cielo como perseidas”; “Recuerdo todavía esa lluvia de verano”; «Olvido cuanto he sido, lo que he hecho y lo que fui» – su belleza, – “que no sé si perteneces al mundo / o si él te pertenece”, explico en Aguaviva – sus vecinos, su río, su historia, – “y desde allí veo los pajares muertos / que demuestran que hubo vida antes de nosotros”…

Así, al título de este compendio de versos, al igual que a su espíritu, quisiera soltarlo por los aires y que volara, dichoso de él, por entre los campos aguavivanos, sus aguas cristalinas y la risa de sus gentes. Pues una vez queda libre, ya no me pertenece. Pues si una estrella es del viento, en viento se convierte.

De nuevo, gracias, Aguaviva. Gracias siempre.

Aitana Monzón


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