Sepa usted, señora, que uno no sabe si sabe mucho. En realidad uno no sabe qué es lo que sabe porque nunca ha contado las cosas que sabe, y por eso no sabe si las cosas que sabe son muchas o pocas. Tampoco sabe cuántas cosas deben o pueden saberse, ni cuáles sí, ni cuáles no. Lo más probables es que uno no sepa muchas cosas, lo digo porque cuando hablamos con otras personas nos damos cuenta de cuánto saben, que son muchas cosas, algunas parece que todas, y la mayoría de ellas las desconozco. Puede que esas personas no sepan algunas de las que sé yo, pero eso no lo sé, puede que sí pero creo que tampoco es importante saberlo. Lo que debe saberse parece que lo saben, y eso es de mucho admirar.

Pero sepa también que esto no siempre ha sido así. En realidad no es fácil saber, creo, en qué momento de la historia acabó de inventarse todo, pero tampoco es esto algo que tenga mayor importancia. Que ya esté todo inventado da mucha paz y nos permite dedicarnos a nuestras cosas con gran donaire, que el saber que ya todo se sabe es el culmen de la sabiduría, o debería serlo, como es bien sabido. Saber lo que hay que saber nos hace vivir, o al menos estar, más relajados y transforma nuestro tiempo en materia acuosa. Cuando ya se sabe que todo es sabido solo necesitamos que de vez en cuando alguien nos recuerde lo que conviene saber, y así podemos seguir después con lo demás.

Hasta que estuvo todo inventado, los grandes hombres y las grandes damas vivían entre dudas, y era lógico que así fuera. Se diría que cuanto más estudiaban más ignorantes se sentían, y acababan sus vidas desgraciadas ahogados en el malecón de cualquier mar de dudas. Ahora ya no pasa eso. Desde que está todo inventado nuestras inquietudes son por fuerza otras, tan solo debemos prestar atención y dejarnos vivir. Antes la vida era corta y ahora es ancha, aunque dure lo mismo, y nos permite dedicarnos a lo nuestro sin más, y solo si la ocasión lo requiere sabremos qué es lo que debemos saber. Como bien sabemos, hemos pasados del estudio y las dudas al relajo y a lo importante, pues sabemos dónde están las cosas que se saben y podemos acudir a ellas cuando deseemos, consultarlas y sacar una conclusión si ese día estamos para eso, y después volvernos para esto. Ya no necesitamos estudiar, ni rompernos la cabeza o cavilar, y mucho menos cuando se presenta ante nosotros una emergencia como las que no asedian hoy día: cuando todo se sabe basta con estar preparado. Demorarnos en un estudio o plantearnos la cuestión supondría un riesgo en una situación de emergencia cuando el tiempo se nos echa encima. Gracias a que todo ya se sabe porque todo está inventado, sabremos qué hacer sin necesidad de arriesgarnos en disquisiciones.

También ha de saber que el que ya se sepa todo porque todo está inventado nos hace mejores personas. Antes de aquello la gente, los grandes señores y las grandes damas, vivían mal a fuerza de pensar por ellos mismos, y todo para llegar a la conclusión de que no había conclusión posible. ¡Y así durante siglos! Hoy no, por suerte las cosas se saben y estamos preparados para la acción, y si alguien cree algo raro, opina algo extraño o concluye algo distinto sabremos que no sabe. Sabemos que lo que sabemos es cierto porque estamos de acuerdo con lo que sabemos, nos gusta lo que sabemos y eso es algo irrefutable que no ocurre con lo que saben los demás. De ahí la importancia de que todos sepamos lo mismo, para evitar discusiones y, con ello, la caída de pelo. Sin afán de presumir sé una cosa más que Sócrates, que sabía que no sabía nada, y es que sé que él, que Sócrates, no sabía nada, y saber una cosa más que Sócrates da consuelo.

Uno no sabe si sabe muchas cosas, como le decía, porque nunca he contado las cosas que sé. Pero sé que me falta la principal, saber qué es saber, y eso da miedo. En fin, ¡a saber!

O no.

Iván Robledo

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