La lumbre del infame hábito liberó su combustión en mi impulso por frenar tu paso y el mío. Nos habíamos perdido en un frondoso bosque dialéctico y, he de admitirlo, aquel gesto bien podría salvar de la derrota a mi orgullosa elocuencia.

Nos había detenido frente a un árbol, uno bastante feo, asfixiado por los gases de la moderna urbe. Un árbol modelo, corriente como cualquier otro, una perfecta fotografía de lo que “árbol” implicaría en la Caverna de Platón; en definitiva, la irrefutable imagen de lo mundano.

“Los árboles son grises”, me habías dicho. ¡Grises! Tu mirada confiada subrayaba cada letra: grises como el cielo plomizo, como las piedras hundidas bajo el peso del río. Grises, nada menos; como tu metálica convicción.

Tu sonrisa se burlaba de mí, de la incredulidad que pendía de mi boca abierta, ¿cómo tanta fanfarronería, de dónde tanta determinación? ¡Los árboles son… marrones! “Grises”, silabeaste. Grises, con descaro; grises, con despectiva seguridad. Y yo hinqué mi pie en los grises adoquines y señalé con férrica vehemencia a un árbol vestido de parda corteza, y te espeté: “¿De qué color es?”

Me tomaste de la cintura, sostuviste mi mano con la tuya, y me acercaste al pálido espécimen. Y así, enlazados como en un extraño tango de conocimientos cromáticos, dejaste que fuera yo quien lo descubriera. Desapareció la burla, se borró cualquier rastro de chulería. Habías alzado la sábana de aparente ironía para mostrar una calidez y amabilidad de aquel que quiere regalarle al mundo una gran verdad. Y, con tanta pasión por los colores del mundo, sus formas, sus trazos, todas esas pinceladas que sólo tú alcanzas a discernir, pintaste ante mis ojos el árbol de color gris.

Mérida Miranda

Disfruta de la obra de Mérida Miranda

Gracias por comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: