En mi segunda lectura de La Busca, una gran novela de Pío Baroja, bastantes años después de la primera, dos poderosas sensaciones me abordan: se trata de una obra que es un auténtico e impactante reflejo social de la época en que se publica, en 1904, y la otra es la certeza de que las décadas han pasado, en el siglo XX y en el XXI, para dar dignidad al ser humano.

Pío Baroja es escritor y de alguna forma, también sociólogo: no juzga los hechos que describe, pero su crudeza es tal que somos quienes leemos los que juzgamos: era impresionante la miseria de la época que describe.

En La Busca nos adentramos en los barrios más humildes del Madrid de principios del siglo XX, a través de los ojos de un adolescente, Manuel, hijo de la criada de la pensión Casa Casiana, primer lugar donde trabaja. Manuel sale de allí para aprender el oficio en una zapatería, que recicla calzado usado. Luego se emplea en una tahona, después colabora y vive con un trapero, junto a un vertedero de basura. En todos estos lugares y oficios encuentra compañeros borrachines, generosos, algunos de esperanzas soñadoras, otros, delincuentes, todos muy trabajadores.

A lo largo de los veintiún capítulos del libro, dividido en tres partes, los cafés y burdeles más sórdidos son descritos con precisión, así como también aparecen auténticos y tétricos caracteres: la criada y la dueña de la pensión, también los huéspedes, los vecinos de la corrala, los novios y desde luego las cuadrillas juveniles buscando camorra, entretenimiento y comida.

Asombra la falta de derechos de los individuos, la pobreza de todas las familias, las conveniencias sociales que no permiten amistades ni matrimonios entre distintas o similares clases sociales, y la falta de organismo públicos que se ocupen de los enfermos, los ancianos, los huérfanos o las personas sin techo. Aún no ha llegado al mundo la declaración de los derechos humanos de 1.948 ni el sufragio femenino ni la democracia. Las mujeres solo son prostitutas o esposas. No existe la pensión por vejez ni la remuneración por estar en desempleo, ni limpieza en las calles ni depósitos de basuras.

Madrid es una ciudad polvorienta en verano y un lodazal en invierno. Algún ómnibus de mulas transporta a ciertas personas que pueden pagar un trayecto, pero Manuel camina por todos los arrabales, cerros y descampados insalubres que hoy son barrios céntricos, desde el cementerio del Este a la montaña del Príncipe Pío. En los cuatro puntos cardinales de Madrid encontramos una ciudad sucia, cuyos habitantes son supervivientes de la lucha por el sustento diario. Solo encontramos alguna alusión a la política existe un comedor social, el María Cristina, pero la calle es la escuela y la única diversión de los menores, que trapichean, como los adultos, con cuanto tienen a mano, si son varones y con su cuerpo si son mujeres.

Pío Baroja es magistral recreando ambientes y, de puro ser objetivo, a veces resulta algo cómico. No aborda los capítulos con sentido trágico, sino que el protagonista de la novela asume la inevitabilidad de sus desdichas con resignación, y la persona que las lee, casi ciento veinte años después, las visualiza perfectamente y las cree, solidarizándose con él.

Ciertas características destacan en La Busca, para la lectora o lector de nuestros días:

  1. La violencia de género es moneda común en todos los barrios. El marido acude a casa, tras la jornada laboral, con unas copas de más, y la emprende a golpes con su mujer. Algunas veces las esposas mueren por esta causa y a todo el mundo le parece normal y de interés puramente privado. De hecho, un asesinato machista tiene lugar entre los conocidos de Manuel.
  2. La infancia y la adolescencia están abandonadas a su suerte. Las niñas apenas salen de casa y abordan las tareas domésticas desde muy pequeñas. Los niños trabajan sin apenas sueldo. Juegan los domingos entre escombros y al terminar sus actividades persiguen animales domésticos o realizan travesuras sin número. Si son huérfanos, nadie se siente obligado a ocuparse de ellos y forman pandillas que delinquen, viven en cuevas y subsisten del robo de comida o trueque.
  3. La prostitución es la única alternativa al matrimonio para las mujeres. Si son viudas, solteras y pobres, solo la opción de convertirse en vestales del arroyo es posible para ellas. Las prostitutas son maltratadas y explotadas económicamente por sus proxenetas forma sistemática.
  4. La basura casera se abandona de cualquier forma en las calles, fermentando a la intemperie, y finalmente se transporta a vertederos próximos a la ciudad. Los traperos buscan entre estas montañas de desechos objetos usados, rotos, desconchados, que puedan volver a venderse: ropa, espejos, loza, peines, muebles… Manuel llega a vivir con un matrimonio de traperos que vive junto al vertedero y parte cada día con el hombre a vender por las calles los objetos recompuestos.
  5. Falta seguridad en todas partes. La noche es peligrosa, llena de ladrones y vividores. Las personas sin techo no tienen dónde cobijarse de la lluvia, del frío o de individuos pendencieros. Nadie se hace cargo de quienes no tienen un lugar resguardado donde dormir, al ser víctimas de abusos o abandono por parte de padre o esposo.
  6. Las familias, incluidos los padres y los hermanos suelen acoger a parientes si estos pueden trabajar, pero no lo hacen si los familiares resultan improductivos. Acaso las madres se preocupan por los hijos hasta la adolescencia. Después ellos deben buscarse la vida. A lo sumo, alguna mujer con ingresos intenta que sus hijos varones aprendan a leer y escribir.
  7. Los adolescentes sin oficio ni familia deambulan por los barrios y en el caso de Manuel organizan una asociación de tres chicos: Manuel, el Bizco, y Vidal, que perpetran robos, encuentran refugios inverosímiles donde dormir y se burlan de vecinos excéntricos.
  8. El hambre es la sensación común a todos los personajes, la maestra que los incita a buscar nuevos medios de subsistencia, pues si bien es cierto que no todo el mundo está en ayunas, la verdad es que los platos suelen ser sopas aguadas de caldo de huesos, pan, queso y huevos fritos.
  9. El individuo pobre está solo con su realidad y cualidades frente a la vida en los arrabales de la ciudad, que domina y conoce ampliamente porque los recorre día a día. Las tabernas y los prostíbulos son las alternativas de ocio, así como las verbenas, multitudinarias, y las bodas, si es invitado.
  10. Los noviazgos se arreglan entre los padres de dos familias y nadie puede casarse con una persona de otra clase social. Los cotilleos y las envidias son la base de las conversaciones entre vecinos, y, con los juegos de naipes, el entretenimiento más común.
  11. Las calles se iluminan con faroles de gas y las habitaciones con velas. Todo nos sitúa en la realidad de principios del siglo XX, en el momento en que se inventa el fonógrafo, el cine, la aviación, el automóvil, la radio y la luz eléctrica, que, como vemos, tarda en llegar a los barrios pobres.

Pío Baroja utiliza algunos diálogos con lenguaje común, pero en general la novela ofrece un léxico preciso, variado, sumamente rico y descriptivo.

En este juego de comparaciones de dos siglos, advertimos ciertas mejoras y muchas analogías, como si cien años… no fueran nada, pero también un cambio drástico hacia el reconocimiento de la infancia como sujeto de derechos, hacia la cobertura sanitaria universal, hacia la higiene habitual en todas partes.

Agradezcamos a Baroja su apuesta absolutamente descriptiva del mundo de los humildes, que aún existen en muchos pueblos de nuestro planeta, y en cierta medida, desgraciadamente, en nuestro propio país.

Teresa Álvarez Olías

Disfruta de la obra de Teresa Álvarez Olías

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