No me quité las zapatillas negras porque se hubieran volado con el viento. Tampoco era mala opción, pero su ligereza las hubiera arrastrado al comienzo del mar y de ahí a lo inescrutable. El mar es un hogar sin tejado, sin puertas ni ventanas; abierto, como a mí me gustan las cosas. A veces pienso que esa presencia podría hacer prescindible todo lo demás y, empujando empujando ese pensamiento, llego hasta un estado de incomunicación que no me deja indiferente. Sé que ese leve temor es infundado porque el mar me ha forjado más abierta. Entonces me pasa como a D.H. Lawrence en aquel poema sobre la relatividad, y es que no comprendo ese campo de fuerzas entre el mar, mi cuerpo y mi experiencia, pero lo siento. Es ese isomorfismo dinámico entre el interior y el exterior que te hace saltar de cualquier molde.

Belén Blesa Aledo

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