Cuaderno de bitácora – Página 1

Resulta curioso ser capaz de hacer realidad aquello que llevas imaginando durante tanto tiempo, es como si de alguna forma siguieras imaginándolo y por mucho que lo palpes, lo sientas o lo vivas en tiempo presente, sigue pareciéndote algo intangible; casi onírico, pero es real.

La distancia entre León y Ushuaia, al sur de Tierra del Fuego, se puede medir en kilómetros, millas o yardas, pero te aseguro que resulta más interesante hacerlo en dos aviones, 26 horas continuas de viaje, 4 cabezadas de sueño, un acompañante que no hace más que ‘tocá las pelotas’ incordiando a los que tienen alrededor y un montón de nervios que no te dejan relajarte por mucho que sepas que en 12 horas no puedes salir de una caja de metal que se dirige a lo que llaman el fin del mundo.

Empieza el viaje – Teaser Acuérdate de Viajar – Latinoamérica

De camino te surgen miles de recuerdos, y haces memoria de cada uno de los momentos que te obligaste a atesorar como si se tratase de una continua fotografía mental, porque sabes que no hay vuelta atrás, y te obligas a aprender que esos momentos son únicos como el timbre de voz de tu madre al despedirse, el abrazo de tus amigos tras tomar la vuestra caña, la cena en la que, aunque eches en falta a alguien y tengas su lugar reservado, sabes que estaban todos los que importan, la última caricia en la quijada a mi perro Krom o la imagen de tu hermano despidiéndose desde la estación mientras el tren empieza a moverse.

Y ahora Ushuaia, tan lejos y de repente… tan cerca. Llegas a una ciudad en la que nada más atravesar las puertas del aeropuerto, una ventisca fría te cubre toda la cara, y sientes ese ambiente de frío, casi de granizo, y ¡j*der!, ¡qué soy de la montaña!… ¡pero qué frío!

Frente al canal de Beagle, esta ciudad duerme bajo la base de una enorme cadena montañosa, con calles anchas y casi desérticas, y se respira un ambiente marinero.

Tras 26 horas de viaje, llegar a Ushuaia y tomar aire, dejé las maletas y salí a conocer la ciudad, conocí a Silvana, una muchacha que me llevó al mirador desde donde se veía toda la ciudad, y más tarde hasta Playa Larga -eso sí parece el final del mundo- y una vez allí el vértigo de repente desaparece, estás donde quieres estar. Al día siguiente, caminas por el parque nacional de Tierra del Fuego, donde descubres que no estás tan solo, porque te encuentras a un montón de viajeros que a pie, en bici o en moto se recorren parte del sur de Argentina, alguno de ellos, con quien pude hablar, incluso llevaba como 11 meses viajando por toda Sudamérica. Es genial cuando descubres que es cierto el dicho que leí hace años cuando un viajero entrevistó a un Touareg:

Mientras unos tiene relojes… otros tienen tiempo.

David Flecha

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