Diciembre llega desbordando los sentimientos. Es difícil no dejarse atrapar por el espíritu que nace en estos días. Las calles se adornan con hermosas figuras luminosas que nos indican certeramente el inicio de las fiestas. Los arriates de la ciudad se adornan con la típica flor roja de Pascua y raro es que no encuentren algún sitio en cada hogar como elemento típico y habitual. Los villancicos suenan por aquí o por allá, los comercios lo establecen como su propia sintonía, lo cual agrada al cliente por un rato, pero puede llevar de cabeza a los empleados que tienen que oír el mismo soniquete (gajes del oficio) durante ocho horas… o más.

Parece que la ilusión, la compasión, la alegría, las ganas de compartir y desear el bien al vecino, escaparan de una caja hermética muy bien cerrada durante todo el resto del año. Quizás esta sensación sea motivada por el final de un ciclo, por hacer un recuento de todo lo vivido en el año, por poner en orden nuestra conciencia o nuestro corazoncito, ¡a saber!

La cuestión es que aparte del sentido religioso, que se vincula a las fiestas y no al revés, la navidad es una época de gastos, muchos gastos, mucho jolgorio, excesivas comilonas y mucha reunión de amigos y de familia. El origen de la celebración no es tomado en cuenta, el mecanismo que hace que se mueva el engranaje ya está en marcha, la chispa surgió y parece que no hay intención de detenerla, más que nada porque los comercios no lo van a permitir, porque la rueda del consumismo pisotea a todo el que se deja pisotear y arrastrar por una corriente que no permite pensar, tan solo seguir la inercia establecida.

Pero en todo siempre hay excepciones, siempre están las cabezas pensantes que se detienen a valorar la situación y a corregir lo que encuentran absurdo o excesivo. También están las personas que relacionan las fechas navideñas con algún infortunio, desastre o pérdida y por eso si pudieran anularían por completo el mes de diciembre del calendario. Pero también están las que creen (entre las que me incluyo) que la navidad es la época propicia para crecer, para darnos permiso para ser mejores, soltar culpas que arrastramos como cadenas pesadas e intentar revivir los primigenios valores que al ser humano le hizo ser bondadoso y empático con sus congéneres. Ponerse en los zapatos del otro es una buena manera de ampliar el campo de visión y de hacer aflorar en el pecho, ese pecho a veces atrofiado por no saber amar, los mejores sentimientos y las mejores intenciones de que somos capaces de engendrar. Un mundo por inventar, un mundo mejor que solo está en nuestra mano hacerlo posible.

Isamar Cabeza

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