Al teatro se debe ir limpio, limpio por dentro y limpio por fuera, aseado, que ir al teatro es como adquirir un espejo, solo podemos elegir dónde colocarlo, el contenido ya lo conocemos. Hay que ir limpio, decía, ir limpiados, límpidos si se puede, la limpidez. Limpio el cuerpo, limpia el alma. Oliendo bien, a ser posible. Y llegar a su hora si no se quiere perder ripio. Al teatro se va como se va a la caza del faisán, con aristocracia y denuedo, casi con temeridad y buen humor, eso siempre, como a cualquier cosa que emane del genio humano. Pero también con cuidado y con precaución, con mucho cuidado y con mucha precaución en realidad.

Uno reconoce que no va al teatro desde aquello que le pasó, y que por eso dice lo que dice. Uno llegó tarde esa noche, que es cosa de mal augurio, y se sentó donde pudo, y allí estuvo hasta que acabó la función. Hasta entonces todo fue bien, que uno antes iba al teatro porque hay cosas que no se pueden evitar, porque hay momentos que sí son repetibles y entonces, cuando pasan, uno va al teatro. Uno, para qué negarlo, va al teatro porque nunca se sabe.

-¿Qué no se sabe?

-Hombre, si lo supiera…

Uno también reconoce que desde aquello que le pasó, olvidó que función representaban, y su título. No olvidó todo, que eso es difícil, que pasa como con los malos profesores de las escuelas, pero sí bastante. Uno no recuerda qué fue a ver, pero en cambio nunca podrá olvidar lo que vio, que es cosa de mucha diferencia. Recuerda, claro, lo oscuro, y recuerda la luz de las candilejas del escenario, y cierto crujido impertinente de una tabla, y la buena acústica y el dolorcete en el cuello por estar escorado a un lado en el asiento, pero eso son cosas que pasan en los teatros de provincias. En la capital es sabido que no, que uno va al teatro para decir que va al teatro, como las malas poetas que escriben poesía para decir que escriben poesía. En provincias se va al teatro para otras cosas, y algún día, estoy persuadido de ello, se sabrá qué cosas son esas. Hasta entonces se va y luego ya se verá, que es lo que siempre ha hecho la humanidad para poder progresar.

Entonces fue cuando ocurrió lo que vengo diciendo. Llegué tarde, me senté donde pude, y desde allí asistí al resto de la función.

-Buenas noches.

-Buenas noches.

Mi vecino de butaca parecía inquieto, incómodo, se movía de continuo. Cada vez que aparecía la prima dona se retorcía, también creo que sonreía, pero de eso no estoy seguro. También recuerdo que al llegar al último acto ya me había contagiado su optimismo por la actriz, y hay que confesar que la mujer lo merecía, pero no nos dijimos nada. No al menos hasta que en la penúltima escena el galán dispuso que la bella actriz debía morir por haberle engañado con otro. Hubo un murmullo en la sala y mi vecino de butaca, por un momento, contuvo la respiración, lo sé porque carraspeaba mucho y entonces se contuvo. El actor dijo que la actriz debía morir porque le era infiel y ella, como era de esperar, trató de convencerle para que no lo hiciera, que es lo que todos hubiéramos hecho en su lugar.

-Voy a matarte.

-No, no lo hagas.

Es lo lógico. Si se ve que aun así van a matarte, entonces es cuando pedimos que por favor no lo haga, y si la cosa ya no tiene arreglo es cuando decimos que la culpa fue de otro. Así ocurrió sobre el escenario, y el actor, que en una interpretación prodigiosa mantuvo durante dieciocho minutos una pistola en el aire, cambió de opinión. Dejó de apuntar a la actriz y, entrecerrando los ojos, disparó contra el público.

Luego bajó el telón, el público aplaudió con entusiasmo entregado y nos fuimos, aunque unos nos fuimos más que otros, y mi vecino de butaca no se levantó de su asiento, no es fácil hacerlo cuando una bala te ha atravesado el corazón. Que detuvieran horas después al galán actor protagonista como autor de aquel crimen me pareció comprensible, a fin de cuentas mi vecino de butaca se estaba beneficiando a su mujer, que era la actriz protagonista, y desde que lo supe no he vuelvo al teatro. Por si acaso.

Iván Robledo R.

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