Solo se valoran los pequeños detalles cuando faltan. Solo se valora lo que se pierde, cuando ya no tiene remedio, cuando ya el tiempo arrasa y devora esa felicidad dosificada en mil detalles pequeños cubiertos de rutina e insignificancia.

Un paseo por la calle, un abrazo al amigo que hace mucho que no se ve o al que vimos la noche antes y nos apetece abrazarlo porque sí, porque nos nace hacerlo y nos da la gana. Sentarnos en una terraza a tomar algo, un café, una cerveza, eso es lo que menos importa, la cosa es compartir risas, charlas y vivencias, como seres sociales que somos.

La libertad es esa sensación de poder hacer lo que deseamos, solo eso, una sensación que en verdad se queda en mero intento de serlo.

Muchas veces, por un gesto de empatía, he intentado sentir lo que los presos y presas pueden sentir al estar encerrados. Tener prohibido salir a la calle, ver el mundo a través de una ventana, ahora lo sé, es algo asfixiante, es lo mismo que cortar a un pájaro las alas o las aletas a un pez.

Esta crisis, este estado de alarma es lo más parecido que yo he vivido a una guerra. Hay miedo, a lo tangible y a lo que no, a lo que sabemos y a lo que ignoramos, yo al menos así lo siento. Y pienso, e intuyo y me derrumbo imaginando mil hipótesis, mil argucias sobre el tema de este dichoso virus, tan vulgar quizás a tantos otros que nos rodena y por lo que no se monta esta paranoia tan apocalíptica. Porque la imaginación no tiene cerrojos, paredes ni llaves que la puedan encerrar, de hecho creo que la soledad y el encierro hacen que la fantasía se desborde de manera exagerada. Por poner un ejemplo, citaré el caso del maravilloso fruto que del encierro de su autor, nada menos que de don miguel de Cervantes en la Cárcel Real de Sevilla, surgió.

recreacxión de la celda de don Miguel de Cervantes Saavedra en la cárcel de Sevilla.

No creo que se pueda aprovechar mejor el tiempo que como él lo hizo. Una obra de eterna vigencia, alabada por todos los críticos más exigentes y los lectores más exquisitos, que parece escrita bajo una bendición solo concedida a privilegiados, una cada mil años.

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

Capítulo LVIII, don Quijote de la Mancha.

Mientras, hoy, en pleno siglo XXI,… tiempo de espera, control, paciencia, diálogo, embustes, desesperación, ¿manipulación? Seguro que sí.

La vida, esa única oportunidad de ser felices que se nos ofrece desde el minuto uno en que llegamos a este mundo, cubiertos con vernix y sangre. La vida, esa frágil posesión de la que a veces no somos conscientes y, otras tantas, deja de pertenecernos.

La rabia, las pataletas, la tristeza, el aburrimiento, un sinfín de sensaciones, de emociones, de sentimientos en el marco de una situación, ¿cómo llamarla?, ¿rara?, ¿atípica?, ¿anormal?… no lo sé. Cada cual la etiquetará según su sentir, supongo. Una situación, que nos deja saborear esa libertad “prestada” al sacar la basura, cuando nuestra mascota nos da el permiso para pasear junto a ella o cuando vamos a buscar el pan diario y cualquier otro alimento que nos falte, que siempre falta algo aunque hayamos llenado la despensa arrasando con las estanterías del supermercado.

Alarma, confinamiento, patrullas militares vigilando las calles de la ciudad avisando de nuestro deber de estar en casa. Palabras de argot militar en tiempos de paz, ¿o no?

Una situación que corre paralela a un reloj que descuenta minutos y que posiblemente traiga unas consecuencias que a más de uno no va a sorprender.

Isamar Cabeza

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